sábado, 7 de enero de 2017

Gracias (al Dios de la) vida

Siempre me ha gustado la canción Gracias a la vida, de la cantante chilena Violeta Parra (1917-1967). En los años 70 se convirtió en un himno de una generación rebelde y soñadora que no renunciaba a la fuerza revolucionaria de la poesía. Hay innumerables versiones, algunas muy logradas, como la de la argentina Mercedes Sosa, que difundió la composición de Violeta Parra en el mundo hispanohablante, la de Cecilia o la de Joan Baez. Incluso Raphael ha hecho suya esta canción en numerosas ocasiones. Hoy quisiera proponer mi versión. Me limito a unos mínimos, aunque decisivos, retoques redaccionales: la sustitución del artículo la que precede a la palabra vida por el nombre Dios; y la sustitución de el hombre por el Señor. Sé que es una temeridad alterar la obra de un poeta, pero esta pequeña cirugía –que no supone una falta de respeto– responde a mi forma de entender la vida a la que la canción da gracias. Solo explicito mi fe. Para mí, “la vida” es Dios. En Él “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). El hombre por antonomasia es Cristo, el Señor: “He ahí al Hombre” (Jn 19,5). Para mí, hoy, la canción suena así:

Gracias a Dios-vida, que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros, que cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo, su fondo estrellado,
y en las multitudes, al Señor que yo amo.

Gracias a Dios-vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que en todo su ancho
graba noche y día grillos y canarios,
martillos, turbinas, ladridos, chubascos
y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a Dios-vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario.
Con él, las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a Dios-vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados.
Con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos
y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a Dios-vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano,
cuando miro el bueno tan lejos del malo,
cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a Dios-vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto,
así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto
y el canto de ustedes que es el mismo canto,
y el canto de todos que es mi propio canto.

Gracias a Dios-vida, gracias a Dios-vida.

El paso del tiempo nos ayuda a entender que “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor 15,10), que no hay nada valioso en nuestra vida que no lo hayamos recibido como don. Cuando somos niños jugamos a menudo el papel de víctimas para conseguir nuestros deseos. Un buen llanto abre muchas puertas. Cuando somos adolescentes y jóvenes nos volvemos reivindicativos, queremos comernos el mundo. Nos sentimos protagonistas de más cosas de las que hacemos. Es normal. Sin esa energía no emprenderíamos proyectos de futuro ni llegaríamos a ser responsables de nuestra vida. La responsabilidad juvenil y adulta sustituye a la dependencia infantil. Llega un momento –creo que estoy entrando en él– en que nos hacemos más conscientes de nuestros límites. Entonces caemos en la cuenta de que no lo podemos todo, de que necesitamos ayuda, de que siempre la hemos necesitado. Nos volvemos agradecidos. La etapa de la gratitud (a Dios, a nuestros padres, hermanos y amigos, a la sociedad, a la vida) es una etapa eucarística. Le ofrecemos a Dios nuestra pobreza y también nuestros pequeños logros para que transforme todo en cuerpo de Cristo.

La canción de Violeta Parra me estremece por su belleza, pero adivino en ella un toque melancólico y quizá desesperanzado. Por eso, les pido prestadas a mis amigos de Brotes de Olivo otras palabras que no solo transmiten gratitud sino que confiesan al destinatario: “Hoy, Señor, te daré las gracias por mi vivir”. Refuerzan la alegría y la esperanza. Gracias de corazón, amigos.


viernes, 6 de enero de 2017

La estrella es Jesús

Mi carta de ayer a los Reyes Magos no pasaría el control de un exégeta aficionado. Siguiendo la tradición popular, me atreví a calificar de reyes a quienes el evangelio de Mateo llama simplemente magos (magoi, en griego), di por supuesto que eran tres (quizá por aquello de los tres dones: oro, incienso y mirra) y hasta osé utilizar los nombres clásicos de Melchor (europeo), Gaspar (asiático) y Baltasar (africano), que tampoco aparecen en ningún evangelio canónico. En fin, que di más crédito a la tradición popular que a la exégesis pura y dura, así que hoy tengo que purgar mi atrevimiento con algo más de doctrina y menos de tradiciones. El papa Benedicto XVI, en su obra sobre la infancia de Jesús, nos da una clave para entender el trasfondo de este relato de Mateo que se lee en en el evangelio de hoy: 
«Así como la tradición de la Iglesia ha leído con toda naturalidad el relato de la Navidad sobre el trasfondo de Isaías 1,3, y de este modo llegaron al pesebre el buey y el asno, así también ha leído la historia de los Magos a la luz del Salmo 72,10 e Isaías 60. Y, de esta manera, los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en el pesebre los camellos y los dromedarios». 
De todos modos, no quiero enfilar esta senda apasionante de la investigación histórica. Prefiero centrarme en el significado litúrgico de la solemnidad de hoy. La Iglesia no celebra el 6 de enero la fiesta de los Reyes Magos sino la solemnidad de la Epifanía, si bien en muchos países se ha trasladado al domingo siguiente. Aunque sea un poco larga, os recomiendo la explicación de nuestro amigo Fernando Armellini sobre las lecturas del día. Quizá a alguno os pueda desconcertar, pero creo que tiene un sólido fundamento. En el fondo, lo que celebramos es la manifestación (epifania) de Jesús a todo el mundo. Es como si lo que celebramos de forma velada el día de Navidad hoy se revelara en toda su universalidad. El hecho de que los magos vengan de Oriente simboliza que Jesús no es patrimonio del pueblo judío sino el don de Dios para toda la humanidad.

Como estoy en Perú, los Reyes Magos no me han traído ningún regalo. Aquí no existe esa tradición. Por otra parte, la vieja italiana Befana (nombre que deriva de la palabra epifanía) tampoco suele visitar estas tierras de Occidente. O sea, que me he quedado a dos velas. Bueno, quizá me he precipitado al decir que no he recibido nada. Ayer, en mi carta a los Reyes Magos, les pedía que me trajesen la estrella que les había guiado a ellos a Belén. Hoy he descubierto que esa estrella es Jesús mismo y que se me regala en la fe. No me ha podido corresponder regalo más grande y hermoso. Él es la superestrella. Hace cuatro décadas tuvo mucho éxito el musical Jesus Christ Superstar. Jesús se ha manifestado (epifanía) como luz de las gentes para todo el mundo. En él se cumple la profecía de la primera lectura de Isaías: “¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” (60,1). Y algo semejante había profetizado Balaán hace unos 3.200 años: “Lo veo, pero no es ahora; lo contemplo, pero no será pronto. Avanza la constelación de Jacob y sube el cetro de Israel.” (Num 24,17). 

En un día como hoy me alegro de contemplar a Jesús como luz que alumbra a todo ser humano. Ante esta Luz que ilumina pero no deslumbra, quisiera –como los magos– postrarme en adoración. Acabo de pronunciar una palabra proscrita en nuestro diccionario. ¿Quién habla hoy de adoración en el lenguaje corriente? Tal vez algún bolero perdido siga usándola. A mí me resulta cada vez más significativa, quizá por el mensaje que el papa Francisco nos dirigió a los claretianos el 11 de septiembre de 2015 y que podéis ver y escuchar en el vídeo que figura abajo. El Papa nos invitaba a conjugar tres verbos: adorar, caminar y acompañar. Respecto del primero (adorar), nos decía: 
Adorar. Nosotros en el mundo de la eficiencia hemos perdido el sentido de la adoración. Incluso en la oración, ¿no es cierto?, rezamos, alabamos al Señor, pedimos, agradecemos. Pero la adoración, ese estar delante del único Dios, de aquello que es lo único que no tiene precio, que no se negocia, que no se cambia… Y todo lo que está fuera de Él es imitación de cartón, es ídolo. Adorar. En esta etapa hagan un esfuerzo por crecer en este modo de oración: la adoración. Adoren, adoren a Dios. Es una carencia de la Iglesia en este momento por falta de pedagogía. Ese sentido de la adoración que vemos en los primeros capítulos de la Biblia: adorar al único Dios. “No tendrás –acuérdate Israel– no tendrás otro Dios más que el único” y adorar, “a Él sólo adorarás”, ¿no? Ese perder tiempo sin pedir, sin agradecer, incluso sin alabar, solamente adorar, con el alma postrada. No sé por qué siento decirles esto, pero siento que se lo debo decir, me sale de adentro.  
Me impresionó mucho su repetición: “Adoren, adoren a Dios”. Es como si se sintiera en la obligación de recordárnoslo a nosotros, que somos misioneros, anunciadores de la Palabra. Durante el tiempo de Navidad en muchas iglesias se hace la adoración del Niño al final de las misas. He comprobado que a muchas personas, incluso a aquellas que no se acercan a la comunión, les gusta besar la imagen del Niño. Puede haber un trasfondo supersticioso, pero yo rescato lo mejor. A través de un beso quieren expresar su respeto y amor a un Dios que ha querido hacerse uno de nosotros. Solo cuando nos postramos ante el Misterio de Dios sabemos quiénes somos. Ante Él no nos sentimos humillados sino dignificados. No hay nada más hermoso que descubrir nuestra identidad cuando adoramos a Quien nos ha dado la vida. La espiritualidad de la adoración nos previene contra las muchas idolatrías que hoy consumen nuestras fuerzas y nos roban el corazón: la política, el patrioterismo, el deporte, el dinero, etc. Os dejo con las palabras del papa Francisco. 




jueves, 5 de enero de 2017

Carta a los Reyes Magos

Carta a los Reyes Magos


Chaclacayo (Perú), 5 de enero de 2017

Queridos Reyes Magos:

Creo que la última vez que os escribí fue hace más de 50 años, así que tendréis que disculpar mi falta de tacto al dirigirme a vosotros (¿o debo escribir ustedes?), mi lenguaje un poco descreído y mi tardanza en enviar esta carta. Pero que conste que, a pesar de todos los reveses de la vida, sigo siendo un entusiasta defensor de vuestras graciosas majestades en la versión más tradicional. Jamás me ha caído en gracia ese barbudo cocacolero que responde al nombre de Papá Noél, inunda los centros comerciales y hasta se arriesga a trepar por los balcones de las casas con su abultada barriga. Quiero que vosotros seáis tres, que forméis un equipo multicultural, que os llaméis Melchor, Gaspar y Baltasar, que Baltasar sea negro y que vengáis en camellos, no en feos tractores o en plataformas de circo como si fueseis payasos. Es probable que a vosotros os guste renovar el vestuario y los medios de transporte, pero yo me he quedado anclado en mis recuerdos infantiles, ¡qué le vamos a hacer! Os confieso que la emoción que yo sentía el día 5 de enero por la noche cuando tenía cuatro, cinco o seis años no la cambio por nada. Es quizá la única etapa de la vida en la que uno cree a pie juntillas que sus sueños se harán realidad. Y –¡oh milagro!– el 6 de enero por la mañana comprueba que, con alguna variante más o menos disgustosa, todo lo que soñaba se cumple y hasta se desborda. Es tal la fe que tenía entonces en vosotros (¿o debo escribir ustedes?) que si algún niño malévolo y sabidillo me hubiera dicho –cosa que no sucedió– que los Reyes no existían, que eran los padres, casi le hubiera dicho que los que no existían eran los padres. Juzgad vosotros si no era cabal la confianza que depositaba en vuestra glamurosa existencia.

A estas alturas de la película de mi vida no puedo recordar todos los regalos que depositasteis al pie de mi cama (entonces no acostumbrabais a dejarlos en el salón), aunque luego os mencionaré un par de ellos que marcaron mi vida. Yo, por mi parte, siguiendo las indicaciones de mis padres, solía agasajaros con una copita de coñac y un plato de cebada que dejaba junto a mis zapatitos. La copita era para que vosotros y vuestros pajes aliviaseis el rigor de la fría noche visontina; la cebada era para los camellos y demás jamelgos de la caravana. Bien sabía yo que mis pobres viandas no eran suficientes para vuestras ingentes necesidades, pero estaba convencido de que otros niños harían lo mismo, así que entre todos cumpliríamos a cabalidad. Aunque todos los años montaba guardia para ver si lograba sorprenderos en el momento de vuestra llegada, nunca lo conseguí. El sueño acababa derrotándome. O quizá vosotros entrabais en mi cuarto con tanta sutileza que no percibía vuestra presencia. ¿No es maravilloso que sea así? ¡Solo lo invisible, lo que no controlamos, consigue hacernos felices! Cómo os las arreglabais para visitar tantos hogares en una sola noche era un misterio para el que ensayé varias explicaciones que no acababan de convencerme. Diríamos que este era el punto más controvertido, el agujero por el que comenzó a erosionarse mi fe en vosotros, pero eso no interesa en un día como hoy.


Los dos regalos que más recuerdo son un coche Mercedes de color rojo con mando por cable (lo cual era un lujo de niños ricos en aquella época) y una pequeña guitarra eléctrica con la que pude haberme electrocutado (cosa que, gracias a Dios, no ocurrió). El primero encendió en mí la pasión por los coches y quizá por los viajes; el segundo me introdujo en el mundo de la música. Ambas pasiones me han acompañado desde entonces. De los libros que alguna vez me trajisteis no me acuerdo. Y las prendas de vestir (bufandas, abrigos, calcetines, guantes, gorros), aunque necesarias, no despertaban mi fantasía infantil, las cosas como son. No os recrimino esta preocupación por lo útil –entendedme bien– pero en lo que menos piensa un niño de cinco o seis años es en lo que a sus padres les parece más necesario.

¿Qué regalos os pido este año? Debo confesar que he procurado portarme bien, pero en varias cosas hubiera merecido un buen saco de carbón. De todos modos, confío en vuestra comprensión y largueza. Para empezar, os pido un poco de equidad: que no atiborréis a algunos niños de cosas innecesarias y dejéis a otros a verlas venir. A los primeros les hace mal tanto derroche (regalos en su casa, en las de sus abuelos y tíos, en la de los vecinos del quinto); a los segundos les vendría bien que fueseis un poco más espléndidos. Si queremos un mundo más justo, no empecéis vosotros haciendo tantas discriminaciones, que ya se encargarán otros de hacerlas a su debido tiempo. Bueno, a lo mejor soy un poco atrevido, pero con vosotros no quiero ser zalamero.

Por lo que a mí respecta, tengo algunos sueños que no sé si está en vuestras manos satisfacerlos, pero por pedir que no quede. Voy a empezar con lo que no considero necesario. No me parece imprescindible que me traigáis tabletas, teléfonos inteligentes, colonias de marca, bufandas de lana virgen, una estilográfica Montblanc, un reloj suizo o una colección de CDs de música clásica. Empiezan a cansarme los libros, tanto impresos como electrónicos: ya no tengo tiempo ni ganas para leer todos los que tengo en mi biblioteca o en mi Reader.

Tampoco estoy ya para pediros esos deseos navideños que tanto se prodigan en los mensajes publicitarios: paz, amor, bienestar, salud, armonía, etc. No me he vuelto budista ni navego en un mar de vibraciones positivas. Ni siquiera me atrevo a pediros los grandes sueños de siempre y por los que sigo luchando: un mundo más justo, un planeta limpio, la paz universal. No es que no los valore o no los considere urgentes, pero, si os soy sincero, no creo que esté en vuestra real mano concedernos unos regalos que tenemos que lograrlos comprometiéndonos más. Por otra parte, escuchadas de labios de algunos, me suenan a palabras vacías que apenas tienen repercusiones en la vida cotidiana. Demasiado vaporosas para ser creíbles. Diréis que me he vuelto escéptico, exigente y hasta raro. Puede ser. Ya os advertí al principio de mi carta que mi lenguaje iba a ser un tanto descreído.


Bueno, dejémonos de vueltas y vayamos al grano. Lo que yo quiero pediros no sé si está en el mercado, aunque sí a vuestro alcance porque vosotros mismos habéis experimentado su efecto benéfico. De pequeño quería la luna. Ahora aspiro a un poco menos. Me conformo con la estrella que os guio hasta Belén. No quiero un simulacro o una reproducción en fibra de vidrio, sino la estrella auténtica. Iba a decir “de carne y hueso”, pero me parece un despropósito.  Entendámonos: no os pido un asteroide que no sabría dónde meter sino esa estrella brillante, tangible e intangible, que siempre nos indica la dirección correcta en las encrucijadas de la vida. Puede que os suene un poco extravagante, pero este es mi sueño de niño grande. Al abrir la ventana de mi cuarto en medio de la noche, necesito divisar un punto luminoso sobre el fondo oscuro del cielo. Necesito saber dónde se oculta ese Niño que es la alegría del mundo. Necesito adorarlo con el alma postrada. Necesito no perder el tiempo en búsquedas superfluas. Necesito ir hacia donde el corazón me lleve y no solo adonde la ciencia me empuje. Necesito compartir la marcha con muchos más, sintiéndome pueblo en camino. Sin una luz en la noche, ¿a dónde vamos a dirigir nuestros pasos, cómo sabré que no me he equivocado?

Hace años, cuando era adolescente, Pablo Milanés cantaba: “Yo no te pido que me bajes una estrella azul, solo te pido que mi espacio llenes con tu luz”. Yo, por mi parte, sí os pido que me bajéis una estrella orientadora. El color me da igual. No soy supersticioso. Tampoco hace falta que llene el espacio con su luz. Basta que me indique dónde está la Luz verdadera. Lo demás vendrá por añadidura.

En espera de que esta carta llegue a vuestras manos y de que mi sueño pueda cumplirse, me despido muy afectuosa y agradecidamente de vuestras andariegas majestades.


Gundisalvus




miércoles, 4 de enero de 2017

Latidos del nuevo año

El silencio de este lugar, el paisaje un poco amenazador y la temperatura suave provocan en mí reflexiones inquietantes. Os pongo algunas fotos de esta Casa de Retiros para que os hagáis una idea más precisa del escenario en el que me muevo y del efecto que produce en mí. La última foto corresponde a la casita donde vivo. Lejos, en el norte de esta América inmensa, los estadounidenses se preparan para despedir a Obama y saludar a Trump. Parece que no hay mucho entusiasmo, pero la gente lo votó. La policía turca busca al autor de la masacre de Estambul. En muchos lugares, incluyendo Perú, ha pasado ya el “efecto Navidad”. Se vuelve a la rutina diaria. En España queda todavía la última meta volante: la Epifanía. O, como se dice popularmente, los Reyes Magos. Los niños están ultimando sus cartas con peticiones variopintas. Me pregunto cómo late el corazón de cada uno de los que diariamente os acercáis a este blog, con qué preocupaciones y expectativas habéis comenzado el nuevo año.

Uno puede quedarse en la crónica diaria o intentar otear un horizonte más amplio para descubrir las tendencias de futuro. La crónica nos brinda sucesos más o menos atractivos o deleznables, carne de conversación y de tertulia. Hoy parecen cuestiones de vida o muerte; mañana se esfuman. Las tendencias, por el contrario, apuntan a cambios significativos que afectan a nuestro estilo de vida y que pueden modificar incluso nuestra comprensión del ser humano. A mí no me preocupa demasiado que decline la supremacía de los Estados Unidos y que el centro de gravedad se desplace al Pacífico. Me duele el fundamentalismo islamista, pero intuyo que es coyuntural. Soy consciente de muchas consecuencias negativas de la globalización, pero veo que es un fenómeno imparable. Percibo la crisis de la democracia, pero confío en que seremos capaces de encontrar mejores formas de organizar la vida pública. Me sigue quemando el problema del hambre y las desigualdades, pero, en conjunto, vamos dando algunos pasos en la justa dirección, aunque aparecen nuevas formas más sutiles de dominio y explotación.

Lo que de verdad me causa inquietud es el futuro de la raza humana en cuanto tal, la emergencia del transhumanismo de consecuencias imprevisibles. De esto no se suele hablar en las conversaciones entre amigos, ni siquiera en las tertulias radiofónicas o televisivas, pero sí en los debates científicos y filosóficos. Un reciente artículo de prensa –con el expresivo título de B(it) + Á(tomo) + N(eurona) + G(en)= ¡Bang!– aborda esta cuestión con tono divulgativo. En síntesis, “Bang es la conjunción de bits, átomos, neuronas y genes y representa el potencial de las llamadas tecnologías convergentes como la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) o las ciencias cognitivas, entre otras. Es difícil saber a dónde nos llevará esta aceleración o si se mantendrá en el tiempo. Hace tiempo que se debate cuándo la tecnología superará al ser humano y entraremos en la era de la Singularidad Tecnológica, otro big bang en ciernes”. La convergencia de tecnologías informáticas, atómicas, neurológicas y genéticas –agrupadas en la nanotecnología– puede crear un tipo de hombre que no sabemos si será el controlador de este inmenso desarrollo científico-tecnológico o, más bien, su producto e incluso su víctima. Raymond Kurzweil, ingeniero de Google, defiende una Ley de los Rendimientos Acelerados. Según esta ley, la constante aceleración de la potencia tecnológica y la integración de las diferentes ramas llevarán a un punto de ruptura en la historia de la humanidad en el que la inteligencia artificial superará a la humana. Kurzweil calcula que eso puede ocurrir en torno al año 2045.

Uno tiende a despreocuparse de estas cuestiones porque intuye que no le van a alcanzar de lleno, que pertenecen a un futuro lejano y, por tanto, inofensivo. Pero no es cierto. Ese futuro está ya aquí en buena medida. Estamos siendo sutilmente preparados, mediante etapas bien pensadas, para aceptar como normal la robotización de la vida humana y después… Ese después es una incógnita. ¿Podremos seguir hablando de ser humano en el sentido en que hablamos hoy? ¿Qué significado tendrán conceptos como conciencia, libertad y dignidad? ¿Seguirá teniendo algún sentido la “hipótesis Dios” en un mundo transhumano? ¿Qué criterios éticos deberían guiar este inquietante desarrollo, por otra parte fascinante? Creo que muchas preguntas me las ha provocado la contemplación de la montaña rocosa que parece precipitarse sobre el recinto en el que me encuentro (ver foto superior). El contraste entre la amenazante masa gris y el césped verde del jardín es solo una metáfora de mi estado de ánimo. En fin, mañana será otro día.

martes, 3 de enero de 2017

Diálogo de sordos

Hoy la mesa está cubierta con un mantel color marfil. Las servilletas son rojo burdeos sin ningún motivo bordado. La vajilla almacena piezas de distintos tamaños en perfecto orden. Hay una mano delicada que sabe de estas cosas. En el centro de la mesa se alza un discreto motivo floral. Hay también velas bajas que no producen humo. Todo está dispuesto armoniosamente para favorecer el encuentro. Los comensales van llegando con puntualidad. Los anfitriones de la casa evitan la rigidez. Aunque la hora de la cena estaba fijada de antemano, es mejor ser flexibles, dejar que la gente se salude antes de sentarse a la mesa. No siempre es fácil reunir a familiares y amigos para una cena de fiesta. Muchos tienen las agendas repletas de compromisos. Cuando todos están sentados, comienzan a servirse los aperitivos. Junto a los platos, a veces a la derecha, otras a la izquierda, comienzan a aparecer unos extraños aparatos rectangulares de diversos colores, aunque dominan el negro y el plateado. Ningún manual de protocolo dice nada al respecto. La conversación enseguida enfila temas trascendentales:

- Por cierto, la otra noche me mandó mi cuñado un WhatsApp que te partes de risa. Ya sabes, uno de esos gifs en los que aparece un reno borracho.
- Disculpa, me está entrando un mensaje. Es que ya no le dejan a uno ni cenar tranquilo.
- ¿Os importa que nos hagamos un selfie antes de ponernos a cenar en serio? Luego, os lo cuelgo en Instagram para que lo veáis todos.

El primer plato está ya a punto. Huele bien. 

- Pues resulta que el enlace que puse el otro día en Facebook ha recibido ya más de 200 me gusta. La verdad es que esto de las redes sociales es una maravilla. Antes, para publicar algo en un periódico necesitabas Dios y ayuda. Ahora, cualquiera puede convertirse en periodista.
- Sí, pero tienes que reconocer que se ponen muchas tonterías.
- Por cierto, este consomé sabe a gloria. Hacía tiempo que no probaba un caldo tan rico. Por mucha cocina de fusión, donde estén los sabores de siempre, que se quite todo.
- Mira lo que me manda mi hijo por WhatsApp. Espera un momento que lo agrando. Se ve que le ha salido bien la actuación.
- Mándamelo a mi cuenta.
- No sé si has leído algo sobre el último modelo de Samsung. Parece que el Galaxy S8 será casi como un ordenador. Se podrá conectar una pantalla, teclado y ratón de forma similar a la propuesta del Continuum de Microsoft.
- Me parece que los ordenadores tienen los días contados.
-¡Otra vez el pesado de mi suegro reenviando los chistecitos malos que le manda su hermano! Te digo que parece un chiquillo con zapatos nuevos.

La cena llega a su ecuador. Los anfitriones se miran sin comprender bien lo que está pasando. Todavía creen que es posible hacer de la cena un encuentro. La esposa lanza una pregunta centinela. Se hace un breve silencio.

- ¡Fíjate qué chula ha quedado la foto que nos hicimos el otro día en la oficina! Hasta parezco más joven.
- Acaba de marcar el Barcelona. Te dije que había que esperar a la segunda parte. Siempre atacan al final.
- Por cierto, mira a ver qué temperatura marca tu teléfono en el exterior.

A los postres, casi todos los comensales están tecleando con dos dedos pequeños mensajes vaya usted a saber a quién. Interrumpen brevemente para el brindis de rigor. El anfitrión toma la palabra, se levanta y con voz un poco engolada dice:

- Ha sido un placer teneros esta noche con nosotros. Da gusto encontrarnos y compartir esta interesante conversación. Esperemos que se repita pronto. Pero no pasaría nada si la próxima vez os olvidáis el móvil en casa.




lunes, 2 de enero de 2017

Bienvenidos al primer lunes del año

En algunos lugares de Europa hoy es un día festivo porque ayer, 1 de enero, cayó en domingo. Aquí en Perú es un día laborable, así que toca empezar el nuevo año arremangándose. Yo también comenzaré mi trabajo después del almuerzo. Quiero hacerlo con espíritu alegre, pero sin ningún propósito especial ya que –si se me permite un pequeño exceso– los Capricornio no necesitamos rompernos la cabeza con muchos planes porque somos sencillamente los mejores. Como veis, he comenzado el año con la autoestima por las nubes. Se ve que todavía me duran los efectos de los brindis de Nochevieja. Bromas aparte, es bueno comenzar el año con energía y un tono positivo. 

Ayer, después de celebrar la Eucaristía matutina, viajé de Lima a Huacho en compañía de tres claretianos: uno peruano, otro boliviano y el tercero indonesio. Formábamos un alegre grupo multicultural. Recorrimos los 150 kilómetros que separan la capital de Huacho por una autopista de reciente construcción que atraviesa la franja desértica que hay entre el océano Pacífico y la cordillera andina. El objetivo de nuestro viaje era visitar la cripta de la catedral que acoge los restos del P. Eusebio Arróniz, un claretiano navarro que evangelizó la región de Huacho y que murió el 1 de noviembre de 1959 con fama de santidad. La gente del lugar sigue conservando su memoria. Incluso ha montado un pequeño museo que recoge fotografías, objetos y documentos relacionados con él y su actividad pastoral. Os confieso que me emociona conocer las historias de los misioneros que en diversas partes del mundo han consagrado su vida al servicio de Dios y de la gente. Necesitamos conocer testimonos de personas de carne y hueso que han sabido vivir la fe con profundidad y entrega en medio de muchas dificultades. Si no fuera por ellas, acabaríamos desanimándonos, pensaríamos que creer, esperar y amar son empresas imposibles. 

De regreso a Lima, dediqué un tiempo a repasar los muchos mensajes (escritos y grabados) que recibí con motivo del Año Nuevo. Más allá de su contenido (casi todos expresan deseos de salud, bienestar, éxito, paz, bendición, etc.), me alegra pensar que en determinados momentos del año recordamos de manera especial a las personas que más queremos y les expresamos nuestra estima sin pudor. Uno de los mensajes terminaba así: “Que sigas disfrutando acompañando a tus hermanos del mundo entero. Ya sabes que te quiero”. Reconozco que me sorprendió un poco el final. No es fácil prodigar ese “Ya sabes que te quiero”, pero admiro a las personas que saben expresar sentimientos así con espontaneidad. Algunos mueren sin haber pronunciado jamás un te quiero y sin que nadie se lo haya dicho con sinceridad.

Quizá nuestro mundo sería muy distinto si todos nos atreviéramos a manifestar nuestro cariño a las personas que nos rodean. A menudo, lo damos por supuesto, lo dejamos entrever mediante gestos de servicio, pero no se hunde el mundo si, en el momento oportuno, lo expresamos también con palabras. Evitaríamos que muchas personas sucumbieran a sentimientos negativos de soledad, uno de nuestros demonios contemporáneos. Repasando los mensajes recibidos, sintiéndome en comunión con tantas personas amigas alrededor del mundo, pensé en los millones de personas que no son significativas para nadie, que podrían desparecer y nadie sentiría su ausencia. ¿Cómo viven la Nochevieja y el Año Nuevo los solitarios de nuestro mundo, los que nunca reciben una carta o una llamada telefónica, los que no tienen parientes o amigos con quienes compartir la alegría de la fiesta? La otra cara de la amistad es siempre el desamor. Yo no me olvido de estas personas. Para ellas el Año Nuevo no representa una invitación a la novedad y la alegría sino solo la prolongación de un estado deplorable que quisieran dar por terminado más pronto que tarde.

En fin, solo me queda pedir vuestra oración por el fruto de la semana de ejercicios que hoy comienzo con un grupo de claretianos de Perú y Bolivia en nuestra casa de retiros de Chaclacayo, a unos 30 kilómetros de Lima. Es un lugar tranquilo, hermoso, ideal para una experiencia de silencio y recogimiento. Comenzamos los ejercicios en la memoria de los santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, doctores de la Iglesia y excelentes amigos. Espero que desde Chaclacayo me sea posible seguir colgando los posts de los días siguientes, pero no puedo asegurarlo. Muchas casas de retiro no tiene conexión a internet para facilitar que los usuarios se dediquen a la oración y el silencio. 

Os dejo con un tema de Gaudea que lleva por título “Vamos Be Happy”. No vendrá mal una invitación como ésta en el primer lunes de este nuevo año 2017.


O una versión cómica del famoso Concierto de Año Nuevo en Viena a cargo del cuarteto español  Golden Apple Quartet.


domingo, 1 de enero de 2017

Empecemos el año con María

Verter un poco de champán sobre una copa, chocarla con otras copas y levantarlas todas en señal de buen augurio puede parecer algo ridículo y banal. ¿Vamos a tener mejor salud o a mejorar la economía por brindar mientras el reloj marca la transición al año nuevo? ¿Qué añade a la felicidad personal comer doce uvas al tiempo que el reloj de la Puerta del Sol de Madrid da las doce campanadas? ¿Sirve de algo vestirse de rojo o comer lentejas, como se suele hacer en Italia? Estas y otras parecidas son las preguntas del hombre racional y moderno. Incluso el 1 de enero quiere aparecer como alguien sensato, ajustado a los hechos, parco en sus expresiones y contenido en sus sentimientos. Pero la mayoría de los seres humanos –que no somos tan sensatos y tan parcos– nos abandonamos a algunos ritos que rompen la rutina y nos abren a otra dimensión. El inexorable cronos se vuelve imprevisible kairós. Y que me perdonen quienes prefieren que todo se ajuste a un orden establecido. Los seres humanos necesitamos los ritos. Sin ellos, el tiempo se convierte en un túnel que nos devora. Los ritos nos despiertan, introducen otro ritmo vital, saldan nuestros lazos tribales y fraternos, recrean la esperanza, nos ayudan a proseguir el camino de la vida.

Brindar con champán u otra bebida espumante, lanzar fuegos artificiales o petardos, disfrazarse y bailar hasta el amanecer se han convertido, por arte de los medios de comunicación, en ritos casi universales para celebrar la llegada del Año Nuevo. Pero hay otros muchos ritos locales (comer doce uvas, vestirse de rojo, bañarse en agua helada, escuchar un concierto sinfónico como el de Viena, etc.) que enriquecen el panorama y nos hacen ver que el tiempo vuela. Cuando los ritos son puramente mecánicos expresan nuestra vaciedad, pero cuando nos salen de dentro se convierten en símbolos de lo más noble que hay en cada uno de nosotros. 

La Iglesia católica no tiene un rito particular para este primer día del año porque el año litúrgico no coincide con el año civil. Para nosotros, el año litúrgico comenzó el primer domingo de Adviento, pero eso no significa que el 1 de enero pase sin pena ni gloria. Hoy, a ocho días de la Navidad, celebramos la solemnidad de María, Madre de Dios. El evangelio de este día nos ofrece una clave mariana que podemos aplicar a todo el año que empezamos: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. No sabemos lo que van a depararnos los próximos doce meses. Algunas cosas dependerán de nuestra voluntad; otras muchas nos vendrán sugeridas o casi impuestas por los acontecimientos. De algunas captaremos enseguida su sentido; otras nos resultarán incomprensibles. Habrá personas que nos harán disfrutar y reír; no faltarán también quienes nos hagan sufrir o llorar. María nos enseña a no precipitarnos, a “guardar todo en el corazón”, a rumiarlo con calma, a preguntarnos por su significado profundo, a aprender de todo lo que nos suceda. Fernando Armellini nos ayuda una vez más a profundizar en el sentido de las lecturas y, sobre todo, del evangelio.

Hay una antigua antífona mariana que hoy, 1 de enero, suena de manera especial:
Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.
Desde hace 50 años, hoy se celebra también la Jornada Mundial de la Paz. El mensaje del papa Francisco para este año 2017 se titula «La no violencia: un estilo de política para la paz». En un mundo fragmentado y herido como el nuestro, el Papa cree que “cuando las víctimas de la violencia vencen la tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles en los procesos no violentos de construcción de la paz”. Convencido de esta fuerza profética, formula un deseo: “Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas”. Para que el deseo no se vea como un sentimiento vacío, el Papa lo ilustra con ejemplos tomados de nuestra historia reciente: “La no violencia practicada con decisión y coherencia ha producido resultados impresionantes. No se olvidarán nunca los éxitos obtenidos por Mahatma Gandhi y Khan Abdul Ghaffar Khan en la liberación de la India, y de Martin Luther King Jr. contra la discriminación racial. En especial, las mujeres son frecuentemente líderes de la no violencia, como, por ejemplo, Leymah Gbowee y miles de mujeres liberianas, que han organizado encuentros de oración y protesta no violenta (pray-ins), obteniendo negociaciones de alto nivel para la conclusión de la segunda guerra civil en Liberia”.

¿Dónde aprendemos de manera profunda y eficaz la gramática de la no-violencia? ¡En la familia! El papa Francisco lo tiene claro: “La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges, padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón”. Cada vez estoy más convencido de que las semillas que se plantan en nuestros primeros años de vida condicionan mucho -casi determinan- lo que seremos después. A veces, el trigo o la cizaña tardan en llegar, pero siempre acaban apareciendo. ¡Ojalá 2017 sea un año más pacífico y menos violento que el que acabamos de terminar!

Como regalo para este primer día del año os dejo con mi amigo carmelita Miguel Márquez. Él nos introduce a la bendición irlandesa, en un día en que se nos invita a bendecir, no a maldecir. 


Feliz Año 2017 

para todos los amigos de “El rincón de Gundisalvus”