miércoles, 7 de diciembre de 2016

Venid e id (o vengan y vayan)

Esta mañana, al filo de las 6, cuando hacía el ejercicio diario de lectio divina, me he encontrado con uno de los textos evangélicos que más me gustan. Jesús nos invita a todos a acercarnos a él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Ese venid –que tiene un eco en el evangelio de Juan: “Venid y ved” (Jn 1,39)– es, en realidad, el primer movimiento de un itinerario que comienza con la invitación que Jesús nos hace a estar con él (venid), pero que enseguida se transforma en mandato misionero (id). De hecho, el evangelio de Mateo se cierra con este envío: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Hace varias décadas, el obispo norteamericano Fulton Sheen (ver biografía más amplia en inglés) decía que la dinámica del evangelio podría resumirse en estos dos imperativos: venid e id. O –dado que muchos lectores de este blog son latinoamericanos– vengan y vayan. En realidad, esta dinámica reproduce el movimiento respiratorio (inhalación y exhalación) y también el movimiento del corazón (sístole y diástole). Si queremos respirar de verdad y si queremos amar en serio, necesitamos continuamente acercarnos a Jesús y ser enviados por él. Así es como la vida cobra sentido y ritmo.

Jesús nos invita, en primer lugar, a ir a él (venid). En el texto de Mateo precisa más: “Venid los que estáis cansados y agobiados”. Este cansancio y agobio reviste hoy muchas formas. Para algunos se trata de una experiencia de estrés que los lleva a estar quemados. Para otros, el agobio no se refiere tanto a la avalancha de ocupaciones y responsabilidades cuanto a la falta de sentido. Han perdido las motivaciones. No saben por qué hacen las cosas. Funcionan con el piloto automático. En otros casos el cansancio viene provocado por el tipo de sociedad invasiva en la que vivimos. No hay que excluir que, como en los tiempos de Jesús, algunos se sientan también cansados por una religiosidad agobiante, vivida como una carga más que como un camino de libertad y felicidad. Jesús no nos sugiere que hagamos un curso de mindfulness –como yo hice en el post de ayer– sino que nos invita a estar con él, a disfrutar del poder transformador y reparador de su presencia. Y también “a cargar con su yugo suave y su carga llevadera”, que no es sino una manera metafórica de referirse al amor. La sola carga que Jesús nos propone es la del amor. Estando con él, casi sin darnos cuenta, vamos aprendiendo en qué consiste “el arte de amar”.

Pero no se trata de “hacer tres tiendas” –como proponía Pedro en la cumbre del Tabor– para quedarnos siempre en una especie de nido confortable.  Jesús ha venido para que tengamos vida. Por eso, enseguida nos lanza: “Id y anunciad”. Quienes solo buscan el propio bienestar acaban deprimidos. Es como vivir en una cárcel, aunque sea cómoda. La dinámica del amor es siempre expansiva. Jesús nos invita a salir a la calle, a compartir la experiencia con otros, a poner un poco de aceite y vino en las heridas de muchas personas afligidas. El papa Francisco lleva años hablando de una Iglesia “en salida” que a veces se accidenta en las carreteras del mundo pero que, al menos, no se vuelve neurótica por quedarse encerrada en las cuatro paredes de la sacristía. Estos verbos (ir, salir, anunciar) no son verbos proselitistas. No salimos para ofrecer un producto como si fuéramos vendedores de alfombras o lavadoras. Ni tampoco como “testigos de Jehová” que quieren hacernos ver lo malísima que es la Iglesia católica y lo bueno que sería pertenecer al grupo de los 144.000 salvados después de leer la revista Atalaya. Salir significa, sobre todo, compartir una experiencia, ayudar a tomar conciencia del Espíritu que ya está actuando en el corazón de cada hombre y mujer.

No hay que romperse la cabeza. Todo es bastante sencillo: Venid e id. O –dicho con la dulzura latinoamericana, que suena más persuasiva que imperativa– vengan y vayan. Feliz día a todos en la memoria de san Ambrosio, un santo que prolonga su influjo a lo largo de los siglos, sobre todo en la iglesia de Milán.

martes, 6 de diciembre de 2016

Estar a lo que estamos

Dicen que muchos niños de hoy tienen problemas de atención. Son tantos los estímulos visuales y auditivos que reciben que no pueden concentrarse durante mucho tiempo en una sola cosa. Internet nos está haciendo a todos un poco dispersos y perezosos. Si un post como éste, en vez de unas 500 palabras, tuviera 2.000, estoy seguro de que lo leerían poquísimas personas. Un vídeo que dure más de cinco minutos nos resulta largo. Nos hemos acostumbrado a los cambios constantes y rápidos. Nos cuesta prestar atención. Esto hace que nuestros diálogos sean cada vez más cortos y dispersos, incluso banales. Y, por supuesto, la falta de atención impide profundizar en algún asunto: todos los despachamos como despacha cafés un camarero en un bar atestado de gente. Admiro a las personas que saben concentrarse en lo que hacen, que “están a lo que están”. Cuando hablan contigo son todo oídos. Ni por asomo se les ocurre consultar el teléfono móvil o pensar en lo que tienen que hacer después. Saben escuchar con atención y hablar con orden. No saltan de una cosa a otra. Por desgracia, estar a lo que estamos se está convirtiendo en una empresa ardua y rara.

Desde hace unos días estoy siguiendo un curso de Mindfulness (atención plena) en internet. Se trata de diez minutos cada día. No exige mucho esfuerzo. Es un complemento de la meditación de la mañana. Su objetivo es claro: ayudar a vivir atento, a aprovechar al máximo las posibilidades que nos brinda cada jornada. 

Todo esto conecta con el espíritu del Adviento. De diversas manera la liturgia nos repite durante este tiempo el mismo mensaje: “Atención, estad vigilantes, no durmáis, el Señor llega”. No es una amenaza sino una llamada a “estar en lo que estamos”, a no dispersarnos en nimiedades, a vivir desde el centro. Por eso, el Adviento es también un tiempo mariano: porque nos ayuda a “guardar todo en el corazón”, como María. Y, desde el corazón, dar sentido y unidad a los fragmentos de vida que forman parte de nuestra jornada.

Hoy están de moda los ejercicios de Mindfulness, pero, en realidad, no son sino modalidades de algo que las personas equilibradas siempre han practicado: atención al propio cuerpo (comenzando por la respiración), atención a las ideas y sentimientos que nos bullen dentro, atención a la naturaleza que nos circunda y, sobre todo, atención exquisita a las personas con quienes nos encontramos y atención al Misterio de Dios que nos habita. Creo que uno de los rasgos que hacía atractivo a Jesús en su tiempo es que sabía tratar a cada persona con atención, como si no tuviera otra cosa que hacer, deteniendo el reloj, sorbiendo sus palabras. Quizá este tiempo previo a la Navidad,  a menudo acelerado por los compromisos que nos hemos ido creando (compras, citas, arreglos, etc.), podría ser una oportunidad extraordinaria para hacer nuestro curso personal de “atención plena”. Se trataría de algo tan simple como “estar a lo que estamos” sin querer demasiadas cosas a la vez. Basta con que de vez en cuando nos preguntemos: ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué lo estoy haciendo? ¿Cómo lo estoy haciendo? Si te ha picado la curiosidad, puedes practicar un poco con este vídeo: 



lunes, 5 de diciembre de 2016

El tiro por la culata

Según el célebre diccionario Oxford, uno de los términos que el inglés ha incorporado en este año 2016 es post-truth (la posverdad, en traducción literal). También Matteo Renzi lo ha usado en su breve discurso de despedida, tras haber perdido clamorosamente el referéndum en Italia. ¿Estamos en la era de la posverdad? ¿Se ocultan los hechos para defender los intereses? ¿Dominan las emociones sobre los argumentos? El referéndum se celebró ayer, segundo domingo de Adviento, cuando la liturgia nos proponía la figura de un hombre fuerte, Juan el Bautista, enamorado de la verdad; más aún, embajador de la Verdad. 

Quizá el gran error de Renzi –como en su día lo fue de David Cameron– ha sido el haber identificado un asunto objetivo (la reforma de la Constitución en el caso del primer ministro italiano, la permanencia en la UE en el caso del primer ministro británico) con un interés subjetivo (la necesidad de afianzarse en el cargo). En ambos casos, les ha salido el tiro por la culata. Ambos perdieron los respectivos referéndums y tuvieron que dimitir. El caso italiano es sintomático. Desde hace años se viene hablando de la necesidad de reformar el sistema político para hacerlo más ágil y para garantizar la gobernabilidad de un país que cambia de gobierno como se cambia de coche: 63 gobiernos en 70 años de democracia. Pero cuando llega la hora de la verdad se invoca el viejo principio de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. El gattopardismo es un modo de ser muy italiano: cambio de apariencia para seguir manteniendo incólumes los privilegios de siempre. Matteo Renzi ha confiado demasiado en sí mismo, ha vinculado la necesidad de una reforma deseada por muchos con su permanencia en el poder; en otras palabras, ha transformado un referéndum en un plebiscito. A la vista del resultado clamoroso no ha tenido más remedio que dimitir. Lo que en otro país hubiera sido una crisis, en Italia se ve como normal. Los casi mil días de gobierno del político florentino son, en el fondo, todo un récord cuando se examina la lista de gobiernos efímeros de las últimas décadas.

El resultado del referéndum italiano ha seguido la estela del referéndum británico (junio) y del referéndum colombiano (octubre). En todos ellos el resultado ha sido el contrario del que buscaban sus convocantes. Se suele decir que un político experimentado solo convoca los referéndums que está seguro de ganar. Tanto David Cameron como Juan Manuel Santos y Matteo Renzi han calculado mal. O conocen poco a sus respectivos pueblos o han supervalorado sus logros y habilidades. Es siempre el peligro de todo político ambicioso: confundir sus deseos personales con lo que el pueblo desea o necesita. Un verdadero ejercicio de escucha y de discernimiento hubiera evitado estos fracasos. Porque lo paradójico es que muchos británicos deseaban seguir perteneciendo a la UE, muchos colombianos querían la paz y muchos italianos anhelaban una reforma constitucional. Pero, por diversos motivos, en ninguno de los tres casos han considerado que las propuestas de sus políticos satisfacían sus expectativas. Tenemos muchas cosas que aprender. Es evidente que una forma tradicional de hacer política está pasando. Habrá que echar mano de personas no profesionales, precisamente hoy que se celebra el Día Internacional de los Voluntarios.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Un hombre fuerte para tiempos débiles

Aquí en Italia hoy no se habla de otra cosa que del referéndum que el primer ministro Matteo Renzi ha convocado para aprobar cambios en 44 de los 139 artículos de la Constitución. Se vota desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. Los partidarios del sí y del no están muy divididos. Todo puede suceder. Siguiendo la tendencia antisistema de los últimos meses (Brexit, Colombia, Trump), es probable que gane el no. Sería un duro golpe para el primer ministro florentino, digno heredero de su paisano Nicolás Maquiavelo. Pero Renzi es un tipo con suerte. Siempre se las arregla para salir airoso a base de labia y desparpajo, así que también es probable que esta vez gane. Mañana saldremos de dudas. La incertidumbre forma parte de la aventura política.

Supongo que a los que no vivís en Italia no os interesa mucho este referéndum, pero sí el mensaje del II Domingo de Adviento. En el camino de preparación a la Navidad, hoy sobresale la figura de Juan el Bautista. Durante años tuvo mala fama. Se lo presentaba como el intransigente, como un hombre veterotestamentario en contraste con Jesús, el mensajero de las buenas noticias. Parecía que había que denostar un poco al Bautista para ensalzar al Maestro de Nazaret. Hoy vemos las cosas de otro modo. Juan fue una figura de primer orden en la iglesia de los primeros siglos. En los iconostasios ortodoxos siempre aparece, junto con María, lo cual da a entender su importancia. Solo de Jesús, María y de Juan se celebra la fiesta del nacimiento. De todos los demás se celebra el día de la muerte, el verdadero dies natalis. Jesús admiraba a Juan. Llegó a decir: “Os digo que entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan” (Lc 7,28). A lo largo de dos milenios de historia cristiana, Juan ha entrado en el corazón del pueblo. Hay centenares de pueblos y ciudades que llevan su nombre. El 24 de junio es una fiesta grande en muchos lugares.

Hay dos actitudes de Juan el Bautista que me resultan proféticas para hoy: su fortaleza y su humildad. En una sociedad injusta y corrompida, tiene el coraje de denunciar con claridad los males y de no echarse atrás ante los poderosos, ni siquiera ante Herodes que, finalmente, acaba con su vida. Se atreve a llamar raza de víboras a los fariseos y saduceos que viven una religiosidad de fachada más que de corazón. Su mensaje puede sonar duro, pero nace de la fe y del celo. Hoy vivimos tiempos blandos. Para no molestar, todo tiene que ser soft y light, desde las bebidas refrescantes hasta el tabaco, la leche y otros muchos productos. La suavidad se extiende al pensamiento débil (Gianni Vattimo dixit), lo políticamente correcto y, por supuesto, la llamada espiritualidad light. Parece que no soportamos las verdades fuertes, tenemos miedo a que nos digan las cosas de frente, buscamos siempre matices, recelamos de los “grandes relatos” porque nos parecen amenazadores. Pero esto mismo nos va debilitando hasta volvernos personas sin convicciones que pueden ser fácilmente manipulables por los medios de comunicación, por quien sepa gritar una mentira más veces y con más volumen. Frente a esta tendencia imparable, Juan el Bautista representa al hombre íntegro, de una pieza, que no se casa con la impostura.

La segunda actitud que admiro es su humildad. La fortaleza de Juan no lo encierra en sí mismo, no lo convierte en arrogante y autosuficiente. Él es un buscador. Cuando comprende que “el que había de venir” es Jesús de Nazaret lo declara sin miedo: “He aquí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Sabe ser voz para que resuene la Palabra. Su misión consiste en preparar el camino, en llevar las gentes a Jesús.  En una sociedad en la que somos educados para tener éxito, ser los protagonistas, llegar a ser un number one, Juan el Bautista representa la victoria de la verdad. Si humildad significa “andar en verdad” –como decía la Santa de Ávila– entonces Juan es humilde por la misma razón por la que es fuerte: porque busca la verdad y se abre a ella. Esta pasión de verdad es una bocanada de aire fresco en los ambientes contaminados que vivimos. Quien busca la verdad sabe dar un paso adelante cuando es necesario (como lo hizo Juan con respecto a Herodes) y un paso atrás cuando la verdad se impone (como lo hizo con respecto a Jesús). Es evidente que en los primeros años del cristianismo hubo pugnas entre los discípulos de Juan (que siguieron su camino) y los discípulos de Jesús. Los textos de los evangelios reflejan también estas tensiones, pero esto mismo nos ayuda a valorar más la figura del Bautista. La iglesia primitiva nunca lo excluyó para que “brillara” Jesús sino que supo integrarlo en una dinámica de revelación progresiva.

Hoy os dejo con dos vídeos: el habitual de Fernando Armellini, que siempre apunta a detalles interesantes:


Y otro de mis amigos de Brotes de Olivo que recrea la invitación de Juan el Bautista a allanar los caminos del Señor. Es impresionante cómo cantaban estos niños en el ya lejano año 1974.




sábado, 3 de diciembre de 2016

¿De qué aprovecha?

Este sábado ha amanecido nublado y frío, como corresponde al final del otoño romano. Hoy celebramos la fiesta de san Francisco Javier, co-patrón de Navarra. Murió tal día como hoy, 3 de diciembre, del año 1552, en la isla de Sanchón, a las puertas de China. Tenía 46 años. De su apasionante vida, quiero fijarme solo en una etapa: los once años que vivió en París siendo joven. Estoy convencido de que las vidas de los santos son el mejor comentario al Evangelio. Lo que voy a contar, sirviéndome de la página web de Javier, gira en torno a un solo versículo del evangelio de Mateo. Es un versículo que cambió la vida de Francisco Javier y que ha cambiado la vida de otras muchas personas, incluyendo la de san Antonio María Claret, cuando se encontraba trabajando y estudiando en Barcelona. Os invito a entrar en la historia como cuando de niños escuchábamos un cuento de boca de nuestros padres. Podríamos comenzar así:


“Había una vez un joven que se llamaba Javier. El capellán del castillo familiar le había dado lecciones de gramática y latín. Más tarde, asistiría a otras clases en Sangüesa, donde su familia tenía una casa, y en Pamplona. Con 19 años estaba preparado para la universidad. Soñaba con ser un sabio y ganar mucho dinero para rehabilitar a su familia. Era de buena estatura y esbelto. Su hermoso rostro irradiaba inocencia. Siempre alegre, jovial y afable. Un día de 1525, acompañado de un sirviente, pasó a caballo los Pirineos, camino de París. Iba a estudiar en La Sorbona. En la célebre universidad francesa bullían tres o cuatro mil estudiantes de todas las partes del mundo, incluso árabes y persas. Vivían repartidos en cincuenta colegios mayores, en las estrechas, húmedas y malolientes calles del barrio latino, a orillas del río Sena. Esos colegios formaban la universidad. Eran autónomos, con su propio claustro de profesores. 




Javier vivía en el Colegio de Santa Bárbara, que estaba bajo la protección del rey de Portugal. Dejó el traje de gentilhombre y se vistió de universitario. Profesores y alumnos se levantaban a las cuatro de la mañana. Un estudiante, campanilla en mano, recorría los dormitorios. Después de rezar las oraciones, iban a las salas de estudio, a la incierta luz de las candelas. La primera clase empezaba a las cinco. Todos se sentaban en el suelo, que estaba cubierto de paja en invierno, y de fresco heno en verano. A continuación, misa y desayuno. A los estudiantes más jóvenes se les daba un panecillo y agua para desayunar, y medio arenque y un huevo para comer. Los mayores recibían un arenque y dos huevos, un poco de vino y un guisado de verduras con algo de queso. Entre las ocho y las diez era la clase principal, seguida de una hora de ejercicios. A las once, comida de profesores y estudiantes en el mismo comedor. Se leía la Biblia o vidas de santos; luego, recreo. De tres a cinco, la clase de la tarde. La cena era a las seis, seguida de un resumen de los estudios del día. Luego venían las oraciones de la noche. Y a las nueve, toque de silencio. Dormían en jergones de paja. 


Los días de vacación, martes y jueves, iban a la isla del Sena a hacer deportes. Javier era de los campeones. Todos los profesores llevaban bastón para castigar a los estudiantes. Esto suscitó a veces rebeliones. Entre los jóvenes había un estudiante llamado Pedro Fabro. Había sido pastor de ovejas en las montañas de los Alpes. Era un joven angelical. A los doce años había hecho voto de castidad. Javier tuvo la inmensa suerte de hospedarse en la misma habitación de Fabro. Este libró a su impulsivo amigo de graves peligros. Porque Javier se escapaba de noche, con otros compañeros, en busca de aventuras. Un día llegó a París un hombre algo pequeño, que cojeaba un poco. Llevaba un borriquillo lleno de libros y papeles. Algo especial irradiaba de su persona. Tenía una simpatía irresistible. Había escrito en Manresa, el libro de los Ejercicios Espirituales, que ejercería en el mundo una profunda influencia religiosa. Se llamaba Ignacio de Loyola

Residía en un hospital y vivía de limosnas. Las reuniones piadosas que organizaba produjeron tumultuosas protestas, aun por parte de los profesores. En una ocasión casi lo azotan públicamente. Entonces se limitó al cultivo espiritual de pocos y escogidos. Consiguió, al empezar sus estudios de filosofía, ocupar la misma habitación de Fabro y Javier, que ya estaban a punto de terminar la carrera. Javier recibió con hostilidad a Ignacio, recordando que había luchado contra sus hermanos. Ignacio pronto se ganó a Fabro, que le repetía las lecciones oídas en las clases. Este se entusiasmó con la idea de ir a Jerusalén y consagrarse allí a la salvación de las almas. De sus limosnas daba a Javier lo que necesitaba, ya que sus hermanos no querían mandarle más dinero. “No hagáis tal –les había dicho su hermana Magdalena– porque tengo entendido que Javier será un gran siervo de Dios y columna de la Iglesia”. 

Cuando Javier obtuvo brillantemente una cátedra, Ignacio le buscó muchos y buenos alumnos. Ignacio comprendió que, si ganaba a Javier, ganaría medio mundo para Cristo. Por eso empezó a decirle las palabras del evangelio: “¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”. Javier le escuchaba con disgusto. Pero Ignacio le repetía machaconamente lo mismo, hasta que un día se rindió: “¿Qué quieres que haga?”, preguntó Javier. “Quiero que hagas los Ejercicios Espirituales”, respondió Ignacio. Los hizo durante cuarenta días, bajo la dirección de Ignacio. Entre sus grandes penitencias se pasó cuatro días sin comer... Salió de los Ejercicios convertido en un volcán de amor a Cristo”.

Hasta aquí la película de París. Lo que vino después –la increíble aventura misionera en Oriente– no es más que una consecuencia. ¿Será verdad que la Palabra de Dios puede cambiar la vida de una persona, incluso cuando ya la tiene encaminada? No hay argumento más convincente que una vida entregada.



viernes, 2 de diciembre de 2016

Creer es hermoso

Ayer leí que el cristianismo se tambalea en Alemania. Algo semejante está ocurriendo en otros países de Europa. Ante este panorama, que se puede comprobar sin necesidad de muchos estudios estadísticos, más de uno estaría tentado de decir: “El último, que apague la luz”. Iglesias transformadas en centros comerciales, parroquias suprimidas, disminución de sacerdotes, práctica sacramental en declive, apostasías silenciosas, jóvenes alejados… En algunos países de Europa hay una correlación clara entre el menguante número de cristianos y el aumento de musulmanes. Caminamos hacia sociedades multirreligiosas en las que será preciso aprender a vivir la fe cristiana de otro modo: en minoría, en diálogo, respeto mutuo y colaboración. Las estadísticas que hablan de disminución parecen claras, ¿pero bastan para interpretar el presente y, sobre todo, para pronosticar el futuro? ¿Debemos limitarnos a aceptar los hechos con resignación? ¿Se trata de uno de esos “signos de los tiempos” contra los que no se puede hacer nada?

En mi entorno observo algunas actitudes de personas inteligentes y buenas que me desconciertan un poco por su parcialidad. Piensan que, después de todo, no es tan importante creer o no en Dios, que lo que cuenta es ser una persona honrada, preocuparse por el bien común y servir a los pobres. Aducen argumentos históricos y hasta bíblicos. Lo de Dios, al fin y al cabo, puede ser solo una página de la historia –hermosa en algunos casos, lamentable en otros– que está a punto de pasar. Me duele que el ángel malo se disfrace de ángel de luz porque entonces la confusión es total: estamos perdidos.  No hay peor mal que el autoengaño con argumentos que parecen impecables. Ya hace años me compré un sacapuntas con esta inscripción atribuida a Woody Allen: “Dio è morto, Marx è deceduto ed io mi sento molto stanco” (Dios ha muerto, Marx ha fallecido y yo me siento muy cansado). ¡Pues eso!

No he notado actitudes semejantes –tan derrotistas y nihilistas fuera de Europa. Desde luego no las he observado ni en África ni en Asia. Quizá un poco en algunos lugares de América. Es como si este viejo continente en el que he nacido se hubiera cansado de creer, como si le pesara demasiado su propia historia y, al menos por un tiempo, quisiera verse libre de ella, navegar a la deriva. A la falta de fe le sigue irremediablemente la falta de esperanza. El signo más elocuente es el envejecimiento progresivo. Una sociedad que renuncia a tener niños (las razones que se esgrimen son de muy diverso género: económicas, psicológicas, ambientales, etc.) está diciendo con el lenguaje contundente de los hechos que no tiene confianza en el futuro, que prefiere disfrutar del presente hasta que llegue el fin. 

Una reciente película británica –Me Before You– es un botón de muestra. Un joven brillante de familia rica queda paralítico tras un accidente de tráfico. A pesar de todos los intentos por parte de sus padres y de la cuidadora que lo atiende por mantenerlo vivo, él decide trasladarse a Suiza para poner fin a su vida “legalmente” en una clínica especializada en suicidios asistidos. Las cosas se presentan de tal manera que el espectador, inicialmente en contra de esta solución drástica, acaba convencido de que el suicidio es lo mejor que podía hacer, lo más razonable y digno. Me parece que algo parecido le está pasando a nuestro continente: un suicidio a cámara lenta con el envoltorio de la autosuficiencia y la dignidad, una pérdida de vigor intelectual y moral,  una falta de entusiasmo por la vida. Cargo un poco las tintas para que el dibujo sea nítido. Algunos de mis compañeros me tildan de pesimista, pero no puedo cerrar los ojos a lo que me parece cada vez más claro. Esto no significa que no vea signos de vida, pero necesitan ser cultivados.

¿Se puede creer en un contexto así? ¡Claro que se puede! ¿Quedan todavía espacios respirables? ¡Claro que quedan! ¿Hay personas que están redescubriendo el valor de la fe? ¡Claro que las hay! Estamos viviendo un desierto de profunda purificación. Se nos ofrece un nuevo futuro, pero para ello es necesario que la fe vuelva a percibirse como una experiencia de belleza casi irresistible, no como un feo residuo del pasado. Como una forma de vida dilatada, no como realidad mortecina y castradora. Jesús nos ha dicho: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Como un oasis de confianza en medio de un desierto de programación y de temor. Jesús nos ha dicho: “No tengáis miedo, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Y, sobre todo, como una vida de amor en medio de tanta soledad y abandono: En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros” (Jn 13,35).

Os dejo con un vídeo en el que la voz candorosa y enérgica de una niña nos ayuda a redescubrir la belleza de creer


jueves, 1 de diciembre de 2016

¡Ojalá estuvieras aquí!

Diciembre se abre con el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA. Y precisamente hoy los claretianos a quienes acompañé hace tres semanas en la peregrinación a Tierra Santa inician una experiencia de servicio a enfermos de SIDA en las comunidades de la asociación BASIDA. Forma parte del programa de renovación claretiana llamado La Fragua. Tendrán la oportunidad de vivir con personas que padecen esta enfermedad. Hoy la situación no es como hace 23 años cuando comenzamos. Recuerdo que entonces dominaban los prejuicios y temores. Hoy en día se ha convertido en una enfermedad crónica, pero siempre es necesario ir más allá para encontrar al ser humano que se esconde detrás de la etiqueta “enfermo de SIDA”. Hoy se cumplen también 100 años de la muerte de Charles de Foucauld, el “hermano universal”, acaecida en Tamanrasset (Argelia) a la edad de 58 años.

De todos modos, mi post de hoy tiene el sabor del Adviento. Quiero hablar de las veces en que hemos deseado que Jesús hubiera estado presente en las encrucijadas de nuestra vida para poner serenidad, sentido y alegría. Recuerdo el suave reproche que Marta de Betania le dirige al Maestro a propósito de la muerte de su hermano Lázaro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11,32). Ese condicional –“Si hubieras estado aquí”– se puede transformar en un deseo ferviente: ¡Ojalá estuvieras aquí! ¿No es verdad que en momentos de dificultad y de peligro hubiéramos deseado una presencia más eficaz de Jesús a nuestro lado? ¿No es verdad que a menudo tenemos la impresión de creer en un Amigo invisible, que parece huir en los momentos en los que más lo necesitamos? Hoy, en pleno tiempo de Adviento, nos puede ser útil componer nuestra propia letanía de deseos:
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando me levanto cada mañana sin saber por qué o para qué, cuando me parece que me aguarda otro día rutinario, vacío, insignificante!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando me canso de sonreír a los demás y no recibo nada a cambio, solo reproches, críticas y exigencias!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando siento que por creer en ti me señalan con el dedo, como si fuera un residuo de tiempos pasados!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando quiero reconocerte en algunas personas que veo por la calle, pero prefiero mirar para otro lado, como si me estorbaran tus ojos de mendigo!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando me siento derrotado por tantos mensajes que me hablan de violencia, envidias, celos, presiones y amenazas!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando pierdo la esperanza en el futuro, cuando tengo la impresión de que, hagamos lo que hagamos, todo va a ir de mal en peor!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando me miro en el espejo y no me reconozco porque me parece que mi rostro no refleja mi corazón!
  • ¡Ojalá estuvieras aquí cuando, sin palabras, me dirijo a Alguien para que se haga cargo de mi angustia, para que escuche mi pena!
Uno de los temas musicales que forman parte de la banda sonora de mi vida es precisamente el famoso Wish You Were Here (¡Ojalá estuvieras aquí!) de la banda británica Pink Floyd. Podéis ver la traducción de la letra al español. Hace poco me encontré con una versión bellísima hecha por el grupo gallego Ele. Os la dejo para afrontar esta jornada con la dosis de belleza y deseo que necesitamos.