sábado, 19 de noviembre de 2016

El vacío produce sobrepeso

Espero que este post no lo lea ningún médico y menos aún un nutricionista porque me podrían llover críticas a diestro y siniestro. Y hasta podrían denunciarme por intrusismo profesional. Pero lo que yo quiero decir va un poco más allá –o más acá, según se mire– de la ciencia médica. Proviene de la observación y del acompañamiento de las personas. Lo comentaba ayer con un compañero filipino en una conversación informal. Es verdad que los procesos metabólicos siguen en cada persona un curso particular (no se pueden hacer generalizaciones), pero hay algo que me llama la atención fijándome en la estructura física de muchos hombres y mujeres. Por lo general, cuando uno está contento con el sentido de su vida, cuando está unificado por dentro, concentra su energía en la realización de los objetivos que le parecen vitales. Estos objetivos varían según las opciones de cada persona: el avance de la ciencia, la mejora de las condiciones de vida de los más pobres, la lucha contra el cambio climático, el cuidado de la familia, la unión con Dios, etc. Esta canalización de la energía hace que uno ingiera solo el alimento que necesita y que lo metabolice bien transformándolo en energía y no simplemente acumulándolo en forma de grasa. Las personas centradas suelen ser físicamente saludables. El equilibrio vital se traduce en equilibrio físico, psíquico y espiritual. Todos los niveles están interrelacionados.

Por el contrario, cuando una persona se encuentra desorientada, no sabe cuál es el sentido de su vida, no encuentra alegría en lo que hace, tiende a compensar este vacío de diversas maneras:   

  • Consumiendo sustancias sin control (desde comida hasta alcohol, tabaco u otras drogas).
  • Abusando del sexo (en cualquiera de sus formas, incluyendo la pornografía).
  • Recurriendo a experiencias vertiginosas (conducción temeraria, juegos peligrosos, loterías, música insistente, etc.)
  • Huyendo a través de un trabajo compulsivo que no deja espacio para las relaciones personales.
  • Reaccionando con violencia hacia uno mismo o hacia los demás.


En todos los casos se trata de soluciones falsas porque no solo no resuelven el problema del vacío sino que lo incrementan y en muchos casos crean dependencias perniciosas que acaban destruyendo a la persona y contaminando su entorno. En los procesos de sanación no es suficiente con seguir una dieta personalizada, hacer ejercicio, dormir un tiempo razonable o tomar unas pastillas. Hay que ir a la raíz. Y la raíz tiene que ver casi siempre con el sentido de la propia vida. De lo contrario, las aparentes soluciones serán pan para hoy y hambre para mañana. No hay nada más saludable que una vida que ha descubierto su significado, que encuentra alegría en llevarlo a la práctica y en compartirlo con los demás. Sé que suena a boutade, pero si alguien me preguntase qué puede hacer para perder peso o ganar en agilidad, le diría con una sonrisa un poco pícara en los labios: “Sé feliz. La felicidad crea en nosotros un equilibrio que hace la vida más saludable”. ¿Se puede imponer la felicidad como si fuera una orden? Este es otro cantar. Por el momento, dejamos la pregunta en suspenso.

No creo que este post sea publicado por la revista Nature. Tampoco es necesario aducir una docena de argumentos en contra. Quizá solo es el resultado de una conversación bajo las palmeras aprovechando la serenidad de una templada tarde filipina


Os dejo con el humor y la música de Nacho Lozano.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Dejadme ser libre, please

Por si no bastaran las miles de normas y leyes que se nos vienen encima cada día (desde las normas de tráfico hasta las leyes fiscales pasando por las directivas que regulan el funcionamiento de los frigoríficos, los microondas o las transacciones bancarias), de un tiempo a esta parte me sorprenden los muchos artículos periodísticos en los que se nos dice con todo lujo de detalles lo que tenemos que hacer, vestir, comer, leer, ver, visitar y hasta pensar. Se han puesto de moda las imposiciones del tipo Diez patatas de bolsa que deberías probar, Cinco cosas que debes hacer antes de morir, Veinte lugares que hay que visitar antes de morir, Cinco comidas que nunca deberías volver a consumir, Diez cosas que debes saber sobre las mujeres (y que ellas nunca te dirán), Ocho cosas que haces mal al salir del gimnasio... La lista es interminable, pero la dejo aquí para no caer en el ridículo.

Pocas cosas me molestan más que me digan a cada paso lo que tengo que hacer y cómo debo hacerlo; en definitiva, que me traten como si fuera un niño o un retrasado mental. Por esa misma razón jamás sigo cadenas en Facebook, o copio en mi muro lo que algunos amigos me sugieren copiar o doy mi adhesión a campañas como Salvemos los osos polares del Congo, Pintemos de verde los edificios grises de Manhattan o Busquemos pareja al gorila viudo del zoo de Moscú. Confieso que tengo una aversión innata a este tipo de iniciativas que, por otra parte, respeto porque en el mundo hay espacio para casi todo. La tolerancia es un rasgo de nuestro tiempo. 

A veces me he preguntado de dónde me viene esta ojeriza. Creo haber encontrado la respuesta. Me viene de mi experiencia espiritual. Después de haber superado una comprensión estrecha de la religión, hecha a base de mandatos y prohibiciones, haberme adentrado en el ancho terreno de la libertad –“para la libertad nos ha liberado Cristo”uno desarrolla como un instinto contra cualquier forma de dirigismo o manipulación. Si hemos sido liberados de la ley –en el sentido paulino–, ¿cómo vamos a incurrir en nuevas y perniciosas dependencias? Somos personas libres y adultas. No es necesario que nos digan a cada paso lo que nos conviene hacer o evitar. Podemos tomar nuestras propias decisiones, aunque cometamos algunos errores. Agradezco propuestas y sugerencias, me gusta dejarme seducir, pero detesto las imposiciones. Estamos ya siendo manipulados de mil maneras de forma inconsciente como para encima aceptar manipulaciones burdas y directas. Se me podrá argüir que se trata casi de un juego. Sin embargo, las cadenas, por finas que sean, siempre nos atan. Prefiero vivir sin ellas. Pero, dejémoslo claro: esta es una confesión personal que puede ser acogida o rechazada, no una imposición. Por si acaso.

jueves, 17 de noviembre de 2016

SOS, necesito ayuda

Ayer por la tarde me trajeron a un lugar llamado St. Paul Center of Renewal, en Alfonso, provincia de Cavite, a casi cuatro horas de Manila. El lugar es excepcional: amplio, tranquilo, rodeado de naturaleza y con todo lo necesario para unos días de retiro, incluyendo la ausencia de conexión a internet. Así que para colgar este post tengo que servirme de algunas estrategias que bordean la legalidad. O, por lo menos, las normas de la casa gestionada por una congregación femenina de origen francés. Estaré aquí hasta el día 21 por la tarde. Esta misma mañana comienzo unos días de retiro con un grupo de 45 claretianos entre los que hay filipinos (la mayoría), vietnamitas, indios, indonesios y algunos españoles. Casi todos están por debajo de los 40 años. Trabajan en diversos apostolados: desde la educación, las parroquias o las publicaciones, hasta puestos de frontera con los más pobres. A la habitual cordialidad oriental, unen un fuerte sentido lúdico y una gran capacidad expresiva. Conozco a casi todos. Desde el primer momento me he sentido en casa, aunque hacía ya nueve años que no visitaba el país. Todo invita, pues, a la confianza y al sosiego.

¿Todo? No. A última hora ha surgido en mí un temor sordo que no es “miedo escénico” o nerviosismo de principiante. Es algo más profundo. Tiene que ver con el sentido de un retiro. ¿Quién soy yo para acompañar a estas personas en su itinerario espiritual? ¿Con qué derecho voy a sugerir unas pistas cuando muchos de ellos llevan caminando toda una vida y se han desgastado por la misión? ¿Voy a enseñar algo a Bernardo, el más veterano, que cumplirá 90 años dentro de tres días, a él, que fue secuestrado por la guerrilla musulmana de Basilan hace un cuarto de siglo y que consiguió escapar sano y salvo? ¿A los misioneros que arriesgan su vida en territorios controlados por el grupo fundamentalista musulmán Abu Sayaf? ¿A Ric, que contrajo la malaria cerebral estando en Timor Oriental, que lleva años luchando por recuperar algunas facultades y que ha venido al retiro en su silla de ruedas, acompañado por dos enfermeros que lo cuidan día y noche? Pueden parecer preguntas retóricas, pero a mí me están dejando sin palabras. No pretendo decir a nadie lo que tiene que hacer o dar directrices incuestionables. Quisiera limitarme a crear un espacio de silencio y discernimiento en el que cada uno, abierto a la verdad de sí mismo, pueda escuchar la voz de Dios. Aspiro a no interferir este proceso personalísimo de escucha, a facilitarlo al máximo. Pero hay todavía algo más para lo que solicito la ayuda de los amigos de este blog. A ese “algo más” responde el SOS que he lanzado en el título.

Un retiro implica un conjunto de objetivos, contenidos, dinámicas, celebraciones, etc. Todo esto lo he preparado con antelación. Incluso entregaré a cada participante un folleto a modo de manual de instrucciones para estos días. Cuanto más y mejor preparo las cosas, más libre me siento para improvisar sobre la marcha siguiendo los impulsos de cada momento. No tengo el menor inconveniente en alterar el programa si de ese modo se responde mejor a las necesidades de las personas y de la propia dinámica. Pero un retiro no se reduce a la puesta en marcha de un programa: es una aventura interior en la que casi todo es imprevisible. A veces hay factores externos (como el clima, la alimentación, los espacios, etc.) que juegan su papel. Pero hay, sobre todo, factores internos que condicionan el camino: temores, recuerdos, cansancios, ansiedades, distracciones, deseos… Y hay una presencia misteriosa que guía suavemente todo: el Espíritu Santo. Él es el verdadero maestro interior, el responsable de que un retiro sea una experiencia de encuentro con Dios y de transformación personal. Por eso, es preciso invocarlo con fe. Los maestros clásicos confiaban más en el poder de intercesión que en las propias capacidades o destrezas. Sin embargo, algunos retiros modernos parecen, más bien, un ejercicio profesional de counseling o de dinámica de grupos para el que no es necesario contar con ningún agente extraño. Yo me apunto sin duda a la primera orientación. Esta es la razón por la que requiero vuestra ayuda. Me siento más sereno sabiendo que un buen grupo de personas en diversas partes del mundo está orando al Espíritu Santo para que los 45 misioneros que estamos reunidos en el St. Paul Center of Renewal nos abramos a su acción misteriosa y eficaz. Gracias por colaborar conmigo en esta misión compartida.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

¡Por favor, sacadme de aquí!

¡Por fin, después de 24 horas desde que salí de casa, estoy en una de nuestras comunidades de Manila! Todo transcurrió muy bien… excepto la última etapa. El viaje del aeropuerto internacional Ninoy Aquino a la comunidad claretiana de Quezon City se demoró casi tres horas. Hacía tiempo que no padecía un tráfico tan congestionado y caótico. Quizás solo en Lagos y Calcuta he visto algo semejante. Nuestro conductor, conocedor de los intríngulis de Manila, asumía la situación con paciencia oriental. Yo, cansado de muchas horas de avión, no mostraba una actitud tan obsequiosa, pero, al final, tuve que plegarme a la realidad. Hasta que ajusté mis expectativas a lo que estaba viendo por la ventanilla del coche, me dieron ganas de gritar: ¡Por favor, sacadme de aquí! En un momento dado tres ambulancias lograron abrirse paso en la jungla de vehículos a base de hacer sonar las sirenas como si fuera a estallar la tercera guerra mundial. Se me acabaron los temas de conversación. Opté por echar una cabezadita para hacer más soportable el infierno. ¡Menos mal que hacía unos minutos que había dejado de llover! De lo contarrio, el caos hubiera sido soberano.

El tráfico de las grandes ciudades me parece un símbolo de la trampa en la que nos encierra la sociedad del consumo. Hemos inventado los vehículos para desplazarnos con más rapidez y comodidad, pero, superado el umbral razonable, se vuelven en contra de nosotros. Nos hacen perder tiempo, ponen a prueba nuestros nervios, sacan de nuestra bodega nuestros peores sentimientos y encima contaminan el ambiente. Encerrado en el coche blanco que me transportaba, rodeado por centenares de vehículos de todo tipo (incluidos los famosos yipnis), me sentí como un prisionero que no tiene escapatoria. Imagino que habéis tenido a veces esta misma sensación cuando os habéis quedado entrampados en un atasco. No hay nada que hacer. No es posible avanzar pero tampoco girar a la izquierda o a la derecha o retroceder. Uno se deja llevar por la marea con la confianza de que, más tarde que temprano, llegará a su destino. Quienes nos enfrentamos a estas experiencias de vez en cuando lo pasamos mal. Quienes las padecen a diario han desarrollado mecanismos de supervivencia. Sintonizan en la radio un programa de su agrado, aprovechan para hablar por el teléfono móvil (modelo manos libres, se entiende) o, si llevan compañeros, se enzarzan en una conversación divertida.

¿No es la vida actual –urbana, masificada, consumista– una especie de ejercicio de resistencia en medio del embotellamiento vital? Podemos estresarnos, desesperarnos, protestar... o desarrollar estrategias positivas de resiliencia. Podemos volvernos agresivos con los demás o tratar de hacernos cómplices para sobrellevar del mejor modo las circunstancias adversas. Y, desde luego, podemos aprender de la experiencia para no cometer los mismos errores. En fin, esta es la primera lección que me deparó Manila entre las 5 y las 8 de la tarde de ayer martes. El efecto romántico de la superluna se esfumó pronto. Bueno, en realidad, hubo otra novedad, aunque relativa: en Manila ya es Navidad desde el pasado mes de septiembre. Todo está decorado como si estuviéramos en plenas fiestas. Es bien sabido que en Filipinas la Navidad comercial abarca los cuatro meses que terminan en er en inglés; o sea, September, October, November y December. Para el comercio no existe el Adviento. Lo que importa es vender cuanto antes. Que sea en nombre de Jesús, de Buda o de Mahoma es secundario. Casi me entraron ganas de cantar: Pero mira cómo beben los peces en el río. ¡Ver para creer!

martes, 15 de noviembre de 2016

Enamorado de la luna

Es la una de la madrugada en el aeropuerto internacional de Doha. Hay un trasiego constante de gentes de todas partes. Dominan los orientales. Yo he cubierto ya los 4.635 kilómetros que separan Roma de la capital de Catar. Me quedan todavía 7.282 hasta Manila. Se agradece la pausa de un par de horas, que aprovecho para escribir el post de hoy. Por desgracia, encerrado en la mole de este modernísimo aeropuerto catarí, no puedo disfrutar de la superluna que luce esta noche. Me contentaré con ver algunas fotos en los periódicos digitales. Pero, a pesar de no poder contemplarla de cerca, me siento atraído por ella. No sé qué tiene la luna que, incluso a los que tenemos un temperamento más bien solar, nos seduce y enamora.  Mirándola a ella, nos preguntamos quiénes somos nosotros. Es como si la luna tuviera la virtud de revelarnos nuestra verdadera identidad. Así lo expresa el salmo 8: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, / la luna y las estrellas que has creado, / ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, / el ser humano, para darle poder?”.

Creo que, en el fondo, la vida de los creyentes se parece un poco a la luna. Tenemos dos caras: una oscura y otra luminosa. La cara oscura esconde nuestros secretos, incluso nuestras pequeñas o grandes mentiras y, sobre todo, el inmenso espacio de lo desconocido. Pasan los años y a menudo me sorprendo de lo poco que me conozco. Hay siempre reacciones de mí mismo que me sorprenden. Lo mismo me sucede con respecto a las otras personas; sobre todo, a las más cercanas. El paso del tiempo no disminuye el espacio desconocido sino que lo incrementa, como si a mayor amor creciera el misterio y la distancia. Quizá es la manera de preservar incontaminada, libre de toda dominación, la dignidad de cada ser humano. No somos un enigma que puede ser despejado con la ayuda de la ciencia (por más que no falten quienes así lo creen) sino un misterio indomesticable que solo puede ser respetado. En el fondo, me gusta no poder conocer del todo a una persona y que tampoco a mí me conozcan del todo. Destruido el misterio, se acaba el encanto de una relación, se aborta el crecimiento.

Pero, como la luna, tenemos también una cara luminosa que experimenta fases crecientes y menguantes y que algún día alcanzará la plenitud de la luna llena. Es bueno aceptar la alternancia de las fases, incluso la existencia de una luna nueva completamente oscura. No siempre estamos en condiciones de emitir luz con la misma intensidad. Por otra parte, la luz que reflejamos no procede de nosotros. Nos limitamos a reflejar la luz del Sol de Dios en la noche de la existencia. Esto nos hace humildes y, al mismo tiempo, nos anima a ser testigos. Jesús mismo nos ha dicho: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). La luz no se puede esconder porque no es propiedad privada sino bien de utilidad pública. Dios no es un tesoro reservado a unos privilegiados, sino el Sol que ilumina a todo ser humano: a veces, de manera más directa; otras, a través del reflejo de esas pequeñas lunas que somos cada uno de nosotros. El canto del Benedictus lo expresa así: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, / nos visitará el sol que nace de lo alto, / para iluminar a los que viven en tinieblas / y en sombra de muerte, / para guiar nuestros pasos / por el camino de la paz” (Lc 1,78-79).

Bueno, todo esto lo escribo bajo el influjo de esa superluna que no consigo ver a través de los ventanales de este inmenso aeropuerto, pero que intuyo y de la que estoy enamorado. O sea, que el post de hoy es un pelín lunático.




lunes, 14 de noviembre de 2016

Ex Oriente lux

Tras un paso fugaz por Roma, dentro de unas horas emprendo un nuevo viaje que me llevará a Oriente. Esta vez el destino es Filipinas, el primer país asiático que visité en el ya lejano 1991. Mientras preparaba la maleta me ha venido a la mente un dicho medieval que ha recibido muchas interpretaciones: Ex Oriente lux (es decir, la luz viene del Oriente). Se puede entender en un sentido puramente astronómico: cada mañana sale el sol por el este. Pero hay un nivel más profundo. Oriente simboliza la luz de la sabiduría y la espiritualidad. No es un tópico. Todavía hoy se experimenta cuando uno visita la India, Indonesia o Filipinas. El dicho medieval tenía una segunda parte: Ex Occidente lex (o sea, la ley y el orden vienen de Occidente). Se aludía así al papel singular del derecho romano en la configuración de Europa y, más tarde, de los pueblos de América. La combinación de lux (luz) y lex (ley) nos permitiría vivir en equilibrio y armonía. Sería un antídoto contra la ceguera y la injusticia que nos corroen. Pero, como denunció hace años el escritor polaco Stanisław Jerzy (1909-1966), la frase referida a Occidente ha mutado. A pesar de la crisis económica que padecemos, hoy tendríamos que decir más bien: Ex Occidente luxus (o sea, el lujo viene de Occidente). Basta observar la publicidad. Cuesta admitir que para muchas personas lo más importante no sea la sabiduría o el orden sino simplemente el disponer de dinero para vivir lo más cómodamente posible. Esto, que en principio puede parecer una conquista, acaba secando las fuentes del alma. Siempre pagamos un precio. Las crisis de civilización suelen venir cuando el estilo de vida se hace sofisticado y muelle. 

Filipinas es un país maravilloso en el que malviven millones de pobres. He tenido la oportunidad de visitar en otras ocasiones los squatters en muchos lugares de Manila; es decir, las infraviviendas en terrenos ocupados ilegalmente en las que se hacinan muchas personas. Pero, a diferencia de lo que puede pasar en lugares semejantes de Occidente, las personas suelen mostrar una gran humanidad y un profundo sentido de fe. En medio de la pobreza se vislumbra la luz. Es el tesoro de Oriente. Espero que este nuevo viaje me ayude a percibirlo con más claridad. Recuerdo que hace años san Juan Pablo II decía que las grandes catequistas de los niños romanos no eran sus mamás sino las empleadas domésticas de origen filipino que unían a su trabajo competente la educación en la fe de los pequeños de las casas. Eso significa que su fe está bien arraigada y que no la pierden por el mero hecho de salir de su país y vivir en condiciones difíciles. Buscan ciertamente escapar de la pobreza y lograr un mejor nivel de vida, pero eso no se traduce en olvido de la fe. En Occidente tenemos que aprender esta lección. Sí, creo que el adagio es cierto: Ex Oriente lux.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Esto se acaba, ¿sí o no?

En el reciente viaje a Israel, uno de nuestros guías –joven cristiano palestino– nos repitió varias veces que él estaba convencido de que el fin del mundo estaba próximo. Por todas partes veía señales de esta inminencia. Hablaba del “nuevo orden mundial”, del calentamiento del planeta y de conspiraciones de diverso tipo. No lo decía con rabia sino esbozando una sonrisa, como si, en el fondo, estuviera deseando que esto acaeciera cuanto antes. Lo interpretaba como una liberación y como el triunfo definitivo del Señor Jesús. ¿Quién puede saber cuándo se producirá el fin del pequeño planeta tierra y del enorme universo? Alguna vez leí que los científicos le calculan todavía –salvo intervenciones humanas desgraciadas– unos 500 millones de años, lo cual no es mucho teniendo en cuenta los larguísimos períodos evolutivos.  Pero, ¿habla de este final cósmico la liturgia de este XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario? Creo que no. Jesús nunca se pronuncia sobre plazos y fechas. Él, con un lenguaje apocalíptico muy propio de la época, se refiere a otro final que se produce cuando él llega. No fue fácil entender su mensaje para las primeras comunidades cristianas (basta ver las confusiones que reinaban entre los Tesalonicenses, como lo atestigua la segunda lectura de hoy) ni nos resulta fácil hoy.

La semana pasada, estando en Jerusalén, tuve oportunidad de ver lo que queda del grandioso templo de Herodes que contempló Jesús. En realidad, muy poco: algunas enormes piedras del muro de contención en el lado occidental. Todas las excavaciones en curso no han logrado hallar nada significativo. Se ve que Tito, en el año 70, y los posteriores invasores de Jerusalén hicieron una destrucción en toda regla. Pero, viendo la superficie inmensa sobre la que estaba asentado y leyendo textos de Flavio Josefo, uno se hace una idea aproximada de su magnitud. Por eso los rabinos solían decir que “quien no ha visto el templo de Jerusalén no ha contemplado la más bella de las maravillas del mundo”. Cuando se escribe el Evangelio de Lucas (hacia mediados de los años 80 del siglo I) el templo ya ha sido destruido por los romanos, así que no es extraño que los cristianos apliquen algunas palabras enigmáticas del Maestro a una realidad contundente. Quieren mostrar que él ya había previsto la destrucción.

Pero Jesús no se refiere tanto a hechos cósmicos o históricos sino al final que se produce cuando uno, en medio de los avatares de la historia (siempre complejos), se decide a creer en él. Entonces, acontece un final que anticipa el final definitivo. La fe es la experiencia de vivir en Jesús en un mundo corrupto, injusto y peligroso, en un mundo en el que hay terremotos, guerras, calamidades, persecuciones, injusticias. ¿Cuándo el mundo de los hombres no ha sido así? Lo ha sido siempre… y siempre lo será porque llevamos dentro el virus de la destrucción. La fe cristiana nos cura de todo optimismo absurdo, de toda confianza vana en que nosotros solos vamos a arreglar los desaguisados y crear un universo maravilloso. El comunismo quiso mejorar las cosas y acabó empeorándolas de manera cruel. El capitalismo prometió un desarrollo humanizador y las desigualdades siguen siendo abismales. Los revolucionarios de todo signo siempre creen que con ellos llega un mundo nuevo. Ahora es el turno de la ciencia. Es el último mito en salir a la palestra. También algunos científicos prometen acabar con el hambre, las enfermedades y la muerte. ¡Ojalá se consigan victorias parciales, pero resulta pueril creer que la ciencia va a resolver todos nuestros problemas!


¿Qué hacer mientras tanto, en este intervalo que, en realidad, dura toda la historia? La respuesta de Jesús es neta: creer en él y vivir como él. Cuando un ser humano da este paso, ya está anticipando el final. Se puede vivir un mundo nuevo entre las ruinas de lo que destrozamos. El Reino ya ha comenzado a modo de simiente, levadura, sal. Por eso, la invitación es a la esperanza y a la alegría, a pesar de las pruebas y persecuciones que padezcamos, incluso por parte de los más allegados: “Cuando comience a suceder todo esto, poneos de pie y levantad la cabeza, porque ha llegado el día de vuestra liberación” (Lc 21,28). Hay dos actitudes más que Jesús nos pide cultivar en este larguísimo tiempo intermedio: la confianza absoluta en que a Dios no se le escapa la historia de las manos porque su Espíritu la guía (Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro) y la perseverancia en medio de las contradicciones (“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas).

Fernando Armellini nos ayuda a seguir explorando este fascinante lenguaje apocalíptico que la liturgia nos propone al final del año litúrgico: