miércoles, 19 de octubre de 2016

Eloísa sabe sonreír

Eloísa es una mujer que pasa de los 80 años. Hace de sacristana en un pueblo pequeño de Castilla. Lo mismo lee las lecturas en la misa de siete de la tarde -a duras penas, eso sí- que plancha los purificadores o visita a los enfermos de la parroquia. No sabe música, ni habla inglés ni entiende una palabra de ordenadores. Tampoco sabe conducir. Pero todos los que se encuentran con ella quedan encantados de su alegría. En cada pequeña cosa que realiza se entrega ella misma. Y lo hace sin pasar factura, porque dice que "a la gente hay que quererla ... y punto". Estas dos últimas palabras las ha añadido hace poco, se ve que muy influida por lo que escucha de vez en cuando en televisión. 


En la vida nos encontramos con personas cargadas de talentos; es decir, de cualidades y destrezas encaminadas a la realización brillante de tareas. Hay hombres y mujeres a los que admiramos por su capacidad para cocinar o para hablar idiomas o para dirigir un grupo. Cuando vemos a un muchacho que a los seis años toca el piano, decimos: "Este chico tiene talento". Los medios de comunicación social nos presentan continuamente a personas que han destacado por sus talentos en el mundo de la política, de la ciencia, del deporte. Sus nombres están en boca de todos. Con frecuencia, nos gustaría tener alguna de sus mejores cualidades. En algunos países se ha hecho famoso el programa de televisión Got Talent.  Y, sin embargo, no siempre las personas con muchos talentos nos ayudan a vivir mejor. A veces, personas de nuestro entorno, como Eloísa, personas con pocas capacidades y destrezas, logran comunicarnos la alegría y la esperanza que necesitamos para sentirnos bien, para descubrir un sentido a la vida. Y es que una cosa son los talentos y otra los dones. Los talentos son destrezas para la acción. Los dones son estímulos para la vida. Con los dones expresamos no sólo lo que sabemos sino, sobre todo, lo que somos, nuestra capacidad de comunicar la propia vida: intimidad, cariño, sonrisa, compasión. A la gente con talentos la admiramos. A las personas con dones las necesitamos. No todos poseemos muchos talentos, pero todos sin excepción hemos sido enriquecidos con muchos dones para hacer más feliz la vida de la gente que nos rodea. 


No es raro que muchas personas se sientan mal porque no pueden lograr el éxito que observan en otras. Les gustaría ser guapas, inteligentes y habilidosas como las estrellas que aparecen en televisión. O, por lo menos, como los hombres y mujeres más brillantes de su entorno familiar o de su barrio. Viven amargadas porque, a pesar de sus esfuerzos, nunca logran estar a la altura de sus ídolos. ¿No sería mejor dedicar nuestra energía a sacar partido de nuestros dones? No todos pueden ser profesionales de primera línea, pero todos podemos regalar una palabra de estímulo al que vive con nosotros. Poner en juego nuestros dones es una manera de agradecer a Dios la vida que nos ha regalado. Y es también lo mejor que podemos ofrecer a los demás. La gente necesita buenos científicos, buenos médicos, buenos fontaneros, buenos profesores, pero, por encima de todo, lo que toda persona valora, sin excepción, es un poco de cariño, un tiempo gratuito de escucha, un detalle delicado. Está bien que haya muchos como Einstein, Claudia Schiffer o Cristiano Ronaldo, pero para vivir cada día son imprescindibles personas como Eloísa. 


Demos un paso más. Todos nosotros hacemos muchas cosas en la vida. Pero no todo lo que hacemos es fructífero. Porque una cosa es producir frutos y otra muy distinta fabricar productos. Producto es todo lo que hacemos para cambiar algo: barrer la casa, fregar los platos, ir al mercado, escribir un libro, arreglar una tubería o conducir un taxi. De una persona que es capaz de hacer muchas cosas solemos decir que es muy productiva. Hasta tal punto damos importancia a esta capacidad de producir que con frecuencia cuando nos referimos a la gente lo hacemos subrayando sus cualidades de producción: "Te presento a Luisa, que es la jefa de marketing en su empresa", "Tienes que conocer a mi hijo Luis, que ha conseguido la plaza de adjunto en la universidad". Da la impresión de que somos lo que hacemos. Quien no produce está condenado a vivir al margen. Hasta las relaciones personales entre esposos, padres e hijos, amigos, etc. están envenenadas por la productividad. Conozco a muchos evangelizadores que no paran en todo el día (reuniones, charlas, celebraciones). Son grandes productores de pastoral, pero eso no significa que su acción sea fructífera.



Jesús no nos ha pedido que produzcamos muchas cosas sino que vayamos y demos fruto abundante y duradero (cf Jn 15,16). No sólo eso, nos ha indicado con claridad la condición básica para ser fructíferos: "El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). Estas palabras nos obligan a preguntarnos por la calidad de lo que hacemos en la vida. Por una parte, el ambiente en el que vivimos nos impulsa a ser productivos: tanto produces, tanto vales. Estimula continuamente nuestra capacidad de hacer cosas en una imparable carrera competitiva. Por otra, la experiencia nos dice que no por mucho hacer nos sentimos mejor y contribuimos a mejorar este mundo. Hay verdaderos enfermos del trabajo que necesitan huir de sí mismos pasando continuamente de una actividad a otra. Hacer un producto es fácil si se conoce la técnica y se dispone de tiempo. Producir fruto implica hacer de nuestras obras una expresión de amor. Esto sólo es posible si nos mantenemos unidos a Aquel que nos ha dicho con claridad que la única obra decisiva es ésta: "que os améis los unos a los otros" (Jn 15,17).

No estoy seguro de que Eloísa pase a la historia como una mujer muy productiva, aunque hacendosa sí es. Pero no me cabe la menor duda de que cada vez que ofrece gratuitamente los dones que Dios le ha dado está produciendo un fruto que no pasa y que crea felicidad.


martes, 18 de octubre de 2016

Siento una corazonada

Hoy se celebra la fiesta de san Lucas, el autor del tercer evangelio que lleva su nombre. Es el evangelio de la misericordia, de la oración, de la alegría, de la misión… y también de la madre de Jesús. En varias ocasiones hace referencia a su corazón: “María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (2,19); “Y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos” (2,35); “Bajó con ellos a Nazaret, y vivió bajo su tutela. Su madre guardaba todos estos recuerdos en el corazón” (2,51). Naturalmente, no voy a hacer ahora una exégesis de estos versículos. Si los cito es porque tienen que ver con el nombre de la congregación misionera a la que pertenezco. En muchos países nos conocen como Misioneros Claretianos o, de manera abreviada, como Claretianos. Pero, en realidad, el nombre que nos dio nuestro fundador, san Antonio María Claret, fue el de Hijos del Inmaculado Corazón de María. Resulta largo, suena como pasado de moda, pero a mí me encanta. Más aún: creo que es más actual que nunca. La referencia al Corazón de María está llena de sentido. 

Sin abandonarme al pesimismo, me parece que hoy mucha gente vive descorazonada; es decir –siguiendo el diccionario de la RAE– desanimada, acobardada, amilanada. Son tres palabras que describen no solo un estado de ánimo bajo sino algo más profundo: una vida sin corazón, una existencia perdida. Si la nuestra es una cultura en buena medida descorazonada, es necesario poner corazón. Aquí es donde adquiere sentido nuestra identidad cordimariana. Los claretianos queremos vivir una espiritualidad del corazón, como María. Esta no es una frase sonora para uso de personas sentimentales o románticas. Es el estilo de vida de muchas personas que ponen corazón en todo lo que hacen, que se entregan de verdad. Podría contar historias concretas que más de una vez me han dejado boquiabierto, pero ahora evoco a los padres que se desviven por sus hijos pequeños y a los adultos que se desviven por sus padres ancianos. ¡Cuántos ejemplos de entrega generosa, de desprendimiento, de abnegación! Mirándolos, comprendo mejor que vivir desde el corazón significa:
  • Vivir desde el centro, desde la más profunda interioridad, sin dejarse dominar por la cultura superficial que quiere reducir todo a mera apariencia.
  • Vivir en actitud de escucha para percibir el misterio que somos cada uno, el misterio de los demás y, de forma especial, el misterio de Dios.
  • Vivir con una actitud cordial, que pone el bálsamo de la compasión y la ternura en las heridas de la soledad, la injusticia, la tristeza, el abandono y la desesperación.
  • Vivir volcados a los demás, poniendo corazón en todo lo que hacemos, sirviendo a los que necesitan ser atendidos.
  • Vivir con serenidad el dolor que tarde o temprano nos visita y estar cerca de las personas que sufren porque no saben en quién apoyarse.


Esta es la corazonada que me ha venido al evocar hoy la figura de san Lucas. En realidad, fue preparada por un precioso diálogo que ayer mantuve con mis compañeros del gobierno general. Me alegro de haber sido llamado a vivir la espiritualidad del corazón para acompañar las noches de los que por diversas circunstancias viven descorazonados. Naturalmente, la espiritualidad del corazón es –sobra decirlo– una espiritualidad muy mariana.  En el corazón de la madre de Jesús veo un modo concreto de vivir que responde a nuestras inquietudes y necesidades actuales. No se trata de una mera devoción sino de una forma nueva, valiente, de afrontar la existencia. 
El fruto más visible de una existencia con corazón es la alegría. Las personas que viven desde el centro, que no se pierden en las múltiples seducciones de una vida superficial, encuentran dentro de sí todo lo que necesitan para ser felices. Irradian alegría de vivir, descontaminan con su sola presencia los lugares tristes, desesperanzados. Pueden entonar de corazón el mismo canto que María: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador". 

lunes, 17 de octubre de 2016

Los siete magníficos

Recuerdo el impacto que me produjo la película Los siete magníficos, un western estrenado en 1960 que vi cuando era adolescente. El grupo formado por los actores Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, James Coburn, Horst Buchholz, Robert Vaughn, Eli Wallach y Brad Dexter parecía invencible. Hace mucho tiempo que no veo películas del Oeste americano, ni siquiera como diversión, pero ayer me acordé de la película clásica de John Sturges cuando vi colgados de la fachada de la basílica de san Pedro los tapices de otros “siete magníficos”. Son los nuevos siete santos canonizados por el papa Francisco. He aquí sus nombres: José Sánchez del Río; Manuel González García, José Gabriel del Rosario – el cura Brochero– ; Salomón Leclerq; Alfonso María de Fusco; Ludovico Pavoni e Isabel de la Santísima Trinidad. En este grupo hay un mexicano, un español, un argentino, dos italianos y dos franceses (un Hermano de las Escuelas Cristianas y una Carmelita Descalza). Casi todos ellos han vivido en los siglos XIX y XX.

Para la mayoría de la gente, casi todos son unos perfectos desconocidos. Hoy por hoy, no pueden competir con Leonel Messi, Lady Gaga o Adele. Aunque ayer consiguieron llenar la plaza de san Pedro, no tienen el tirón mediático de las estrellas del deporte, la música o el cine. Pero es muy probable que, dentro de unos años, muchas de las estrellas de hoy languidezcan. De estos “siete magníficos” se seguirá hablado. Mucha gente los invocará como intercesores. Algunos tratarán de imitarlos. Si no fuera por hombres y mujeres como ellos nos costaría creer que el Evangelio es algo vivible. Caeríamos en la tentación de pensar que es un cuento de hadas o una manera de entender la vida tan extrema que está reservada para un selectísimo club de gente rara. Pero no, las vidas de estos “siete magníficos” nos hablan más y mejor que cualquier introducción al cristianismo. En ellos podemos comprobar algunos de los muchos matices con los que se encarna el Evangelio. Esto, en sí mismo, es estimulante. Por eso cuando me preguntan qué se puede hacer para reavivar la fe mortecina, siempre respondo que uno de los medios mejores es leer las vidas de los santos: de los de ayer y de los de hoy. Las ideas convencen, pero solo los ejemplos arrastran. Desde ayer, tenemos siete nuevas vidas que la Iglesia nos propone como modelos. No estaría mal acercarse a alguna de ellas. 

En 1978 mis amigos de Brotes de Olivo dedicaron todo un disco a san Manuel González, fundador de las Religiosas Nazarenas. Las voces de los niños de entonces ponen candidez a una vida entregada a la Eucaristía.


domingo, 16 de octubre de 2016

Orar para creer

Mi comunidad de Roma es muy numerosa. Somos 30 misioneros provenientes de quince países diversos. Los viernes por la tarde, divididos en cuatro grupos, hacemos un ejercicio de lectio divina comunitaria. Tomamos el evangelio del domingo siguiente y lo meditamos juntos. Esto nos prepara para la eucaristía domincal. En la lectio del pasado viernes leímos el evangelio de este XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. En mi grupo hubo varias cosas que nos llamaron la atención. En primer lugar, que al evangelista Lucas le gusta mucho hablar de la oración y, sobre todo, del Jesús que ora, que pasa tiempo en diálogo íntimo con su Padre. Por eso mismo, en este evangelio se subraya tanto la misericordia. Es como si oración y misericordia fueran las dos caras de la misma moneda. También nos llamó la atención el modo exagerado como Jesús presenta al juez inicuo para poner de relieve, por contraste, la bondad ilimitada de Dios. Si un tipo, al que no le importan ni Dios ni los hombres, es capaz de escuchar a una pobre viuda insistente, ¡qué no hará Dios por sus “elegidos” –notemos la fuerza de esta palabra– que lo invocamos “día y noche”! Esta última expresión manifiesta la actitud de oración constante. Al fin y al cabo, según Lucas, Jesús cuenta esta parábola de la viuda y el juez “para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”.

¿Por qué tenemos que orar siempre y sin desanimarnos? ¿Por qué Jesús se pregunta, al final, si encontrará esta fe (es decir, la fe de quien no se cansa de suplicar, de estar abierto) cuando vuelva? Porque sin perseverancia no hay verdadero amor. Nosotros vivimos en la cultura de la inmediatez. Si introduzco una moneda en una máquina que expende bebidas, obtengo en pocos segundos una lata de Coca-Cola o una botella de agua. A través de la mensajería electrónica y de las redes sociales envío a cualquier parte del mundo un texto, una foto o un vídeo instantáneamente. Queremos que la secuencia causa-efecto sea lo más breve posible. Time is money se dice en el mundo de los negocios. Pero esto no funciona en las relaciones de amistad y, mucho menos, en la relación con Dios. No estamos en el mundo de la eficiencia o de la magia. El amor no se mide por algunos destellos románticos que duran lo mismo que el paso de un cometa. Es una actitud paciente, constante, sosegada. Y como la fe es, sobre todo, una cuestión de amor, Jesús pide a sus discípulos que mantengan esta actitud de perseverancia. Dios no es un juez sordo. Es un Padre atento. Orar es el modo de mantener nuestra fe despierta para estar abiertos al amor de este Dios que nunca se olvida de nosotros.

También este domingo Fernando Armellini explora otros rincones de esta rica enseñanza de Jesús. 


sábado, 15 de octubre de 2016

Nada te turbe

Tengo la impresión de que santa Teresa de Jesús ha regresado en el día de su fiesta para poner un poco de cordura en medio de este mundo loco. Es como si el quinto centenario de su nacimiento se hubiera reducido a unos pocos segundos. Vivimos acelerados. Nos cuesta interpretar los cambios. No sabemos bien en qué dirección caminamos. Nos sorprenden acontecimientos no previstos. Acabamos mareados, prisioneros en medio de un torbellino de noticias y opiniones. ¿Qué puede hacer un pobre ser humano para sobrevivir, para no acabar víctima de esta locura colectiva? Solo alguien que haya experimentado algo semejante puede echarnos una mano. 

Teresa de Jesús, mujer del siglo XVI, vivió tiempos convulsos. No solo sobrevivió sino que su magisterio ha traspasado la barrera del espacio y del tiempo. Como mujer con los pies en el suelo, nos habla en román paladino. Entendemos bien lo que quiere decirnos. Como mística embebida en Dios, nos regala la clave de la fe para interpretar lo que estamos viviendo y a menudo padeciendo. 

Las palabras del poema que transcribo parecen pensadas para cada uno de nosotros, habitantes de este “mundo loco”. Son una invitación a no perder la calma, pase lo que pase, y a centrar nuestra vida en Dios. Podemos carecer de todo, pero quien tiene a Dios tiene todo lo que necesita porque solo Dios basta. 

Os invito a leer el poema con calma, a degustarlo en silencio. No importa que sea muy conocido. En cada situación puede resonar con un timbre nuevo. Y luego, si tenéis tiempo y ganas, os sugiero escuchar las tres versiones musicales que os pongo como regalo en la fiesta de esta santa abulense y universal.
Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,

la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta:
solo Dios basta. 
La primera versión es la conocidísima de Jacques Berthier, interpretada por los monjes de la comunidad de Taizé acompañados por cientos de jóvenes.


 La segunda es una versión juvenil con acento latinoamericano


 La tercera es de fray Nacho


viernes, 14 de octubre de 2016

¿Está el mundo un poco loco?

Ayer a mediodía recibí un WhatsApp de un amigo mío que vive en París, pero que en ese momento se encontraba en Londres por motivos laborales. Terminaba así: “¿Cómo has vivido estos momentos en los que el mundo está un poco loco (Colombia, Trump, Brexit) que últimamente se dan con bastante frecuencia?”. Todavía no le he respondido. Quizá el post de hoy sea mi respuesta. Me parece que la pregunta de mi amigo está en boca de muchos de nosotros: ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Qué nos está pasando en este siglo XXI que esperábamos fuera más racional, pacífico y justo? La verdad es que no sé responder. Los periódicos impresos y los medios digitales están saturados de análisis y opiniones, pero yo me siento bastante confuso. 

Creo que lo que ha sucedido en Colombia no tiene que ver mucho con la campaña presidencial en los Estados Unidos ni con el Brexit, a no ser el hecho de que los resultados no se correspondieron con lo que parecía previsible (o deseable para muchos). Veo quizá otro factor común, aunque con bastantes matices: el miedo a lo desconocido y el deseo atávico de aferrarse a lo que parece más seguro, a lo que garantiza mejor la supervivencia de la tribu. Yendo más allá de los tres fenómenos recientes a los que aludía mi amigo, veo también la dificultad de liderar proyectos políticos por falta de valores comunes. Vivimos en un mundo tan plural, hemos subrayado tanto la importancia del individuo, que resulta casi imposible compartir ideales, aunque sean tan atractivos y urgentes como la paz y la justicia. Llegamos al extremo de procurar la eutanasia cuando estamos "cansados de vivir". 

No quiero ponerme demasiado filosófico, pero esta locura colectiva está ligada, en el fondo, al desprecio de la verdad. Da la impresión de que todo vale con tal de vencer. La mentira ya no es un asunto moral sino una simple estrategia política que puede ser usada siempre que convenga a los propios intereses. Hubo muchas mentiras en el Brexit, hay muchas mentiras en la campaña de los Estados Unidos y quizá las hubo también en el referéndum colombiano, aunque carezco de suficiente información para hacer una afirmación taxativa. Cuando no se busca la verdad, todo puede suceder porque no hay un criterio objetivo de discernimiento. Si no sé qué es verdadero y qué es falso, qué es bueno y qué es malo, si no dispongo de referencias éticas humanizadoras, ¿en qué me baso para tomar una decisión? ¡En factores emocionales inducidos y manipulados por los medios de comunicación social o en puros intereses egoístas! Ya sé que el descubrimiento de la verdad es arduo, que hay diferentes perspectivas, que nuestra aproximación es siempre parcial, pero no es lo mismo ser un humilde buscador de la verdad que despreciarla olímpicamente. No es lo mismo buscar el bien, aunque uno se equivoque, que hacer el mal a sabiendas. 

Estoy convencido de que si no descubrimos una visión ética de la vida como fruto de la búsqueda personal y colectiva de valores o guiados por aquellos hombres y mujeres que son como faros en medio de la oscuridad (profetas seculares), acabaremos descubriéndola por contraste doloroso con respecto a lo que ahora vivimos, como reacción defensiva. En otras palabras, tendremos que tocar fondo para que se nos abran los ojos y caigamos en la cuenta de la sima de inhumanidad en la que hemos caído. Solo entonces empezaremos a reaccionar, aunque puede ser demasiado tarde. En cualquier caso, el ser humano no puede convivir con el absurdo mucho tiempo. Está hecho para la verdad y el amor. Tarde o temprano acaban abriéndose paso.

Os dejo con una de las más famosas canciones de Bob Dylan, que ayer recibió el Premio Nobel de Literatura. Un amigo mío, seguidor entusiasta del cantante-poeta norteamericano, estará como unas castañuelas. ¡Enhorabuena! El estribillo de la canción parece pensado para el post de hoy: The answer, my friend, is blowing in the wind. ¿Será el viento del Espíritu?





jueves, 13 de octubre de 2016

La esperanza de la victoria definitiva

Han pasado ya siete años. El recuerdo no desaparece. Pero el dolor de los primeros momentos se ha transformado en una alegría suave, en una esperanza sostenida. Hay una nueva forma de presencia que es menos imponente que la física, pero más profunda. Cuando presidí el funeral de mi padre el 13 de octubre de 2009 en la centenaria iglesia de Nuestra Señora del Pino de Vinuesa sentí que se cerraba una etapa de mi vida y que se inauguraba otra. He dudado mucho antes de compartir la homilía que pronuncié ese día. Siento un pudor especial. En realidad, no leí ningún texto. Hablé desde el corazón. Solo después transcribí lo que había dicho, aunque sin la emoción del momento. Si hoy, siete años después, comparto aquel texto es porque algunas personas cercanas están atravesando experiencias parecidas. Tal vez puedan sentirse comprendidas, acompañadas y animadas. Tarde o temprano, todos experimentaremos lo que significa la muerte del padre o de la madre, la enfermedad, los cuidados intensivos, el desgarro de la separación. Todo esto se puede vivir derrotados por la nada, resignados a lo incontrolable o acogidos a la esperanza que Jesús nos ofrece. Solo encuentro sentido pleno en la tercera posibilidad.


HOMILÍA EN EL FUNERAL DE MI PADRE

Vinuesa, 13 de octubre de 2009

El 10 de enero de 2010 mi padre hubiera cumplido 80 años. Su edad se sitúa algo por encima de la expectativa de vida de los varones españoles. Sin embargo, parece inevitable recordar el salmo 90: “Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan”. ¿Ha sido una fatiga inútil la vida mi padre? ¿Han volado sus años sin dejar huella?

Contempladas las cosas superficialmente, la vida de mi padre es la historia de una derrota. A lo largo de los últimos quince años la enfermedad le ha ido arrebatando todo lo que era y tenía. Ha borrado del disco duro de su memoria el recuerdo de lo vivido, lo ha inhabilitado civilmente y lo ha apartado de la vida social. Desde el pasado mes de abril el declive se hizo más patente. Entraron en crisis las tres facultades que mejor conservaba: caminar, comer y dormir. El 29 de julio hizo su último paseo diario; poco después se negó a ingerir alimento y convirtió las noches en un mar de alucinaciones. Perdió peso, dejó de comunicarse y, sentado en su butaca roja o postrado en la cama, probó en sus carnes un intenso dolor que apenas calmaban los muchos analgésicos que los médicos le suministraban. En cierto sentido, se quedó sin nada. Haciendo suyas las palabras de Antonio Machado, el poeta que cantó a nuestra tierra soriana, murió “ligero de equipaje, casi desnudo”:

            Y cuando llegue el día del último viaje
            y esté al partir la nave que nunca ha de tornar
            me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
            casi desnudo, como los hijos de la mar.

La enfermedad también ha sido cruel con las personas que lo rodeábamos. Ha contaminado nuestra alegría de vivir. Nos ha robado tiempo, proyectos, humor. Ha alterado nuestras previsiones. Nos ha colocado frente a las cuerdas de nuestra propia consistencia como seres humanos, como si quisiera probar hasta qué punto podíamos resistir su embate.

Recostado en la cama de la habitación 104 de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Virgen del Mirón de Soria, atravesado por la sonda nasogástrica, con el oxígeno inundando sus pulmones, mi padre entró en el amplísimo club de las personas desposeídas, reducidas a la mínima expresión. Millones de seres humanos mueren a causa del hambre, las catástrofes naturales, las enfermedades endémicas, las guerras. Son todos los que, a los ojos del mundo, pierden la batalla de la vida: el club de los perdedores. Nunca se comprende bien el dolor humano hasta que no llama a las puertas de tu propia casa.
           
En medio de esta noche oscura la Palabra de Dios proyecta una luz de esperanza: no hay realidad alguna que pueda separarnos del amor de Dios. En la primera lectura hemos escuchado las palabras de San Pablo: “Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39).
           
Nosotros no logramos vencer los males de este mundo, y mucho menos la muerte, que siempre llega de sorpresa. Pero Dios sí puede. Por eso, en esta celebración, confesamos que ni el desenganche neuronal causado por la enfermedad de Alzheimer, ni los tumores renales, ni las metástasis pulmonares, ni los miedos que nos atenazan cuando nos enfrentamos a los límites, ni la rabia que brota en nosotros ante la impotencia, ni las preguntas sin respuesta aparente, ni las dudas… nada podrá separarnos del amor de Dios. Pero no de un amor blando y a la medida de nuestros deseos infantiles, sino del amor fuerte y paradójico manifestado en la cruz de Jesucristo.

Desde esta fe podemos confesar que la muerte de mi padre es la esperanza de la victoria definitiva. Su despojo no le ha hecho perder la dignidad, por más que haya roto lo que solemos entender por “calidad de vida”. Lo ha convertido en un niño indigente, necesitado de cuidados. A lo largo del mes que lo hemos acompañado en el hospital, mi madre, mis hermanas, mi hermano y yo nos hemos sorprendido usando con él palabras y actitudes reservadas a los niños. Hemos multiplicado los diminutivos, lo hemos acariciado, limpiado, alimentado. Le hemos dicho cosas que en otros momentos quizá nos hubiera avergonzado un poco pronunciarlas. Pero era lo que nos pedía el corazón que nunca se equivoca. ¿Cuánto tiempo tarda un ser humano en hacerse niño? ¡Toda una vida! Ahora se nos hacen más comprensibles y diáfanas las palabras de Jesús: “Si nos os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Sí, la enfermedad ha convertido a mi padre en un niño. Ha conseguido lo que él no pudo lograr con sus solas fuerzas. Ha doblegado su orgullo, saneado su carácter, preparado su alma para recibir el don de la salvación. Lo ha dispuesto para el encuentro definitivo. Es como si el ángel de Dios hubiera colocado en sus labios las palabras de rendición de Charles de Foucauld:

            Padre, me pongo en tus manos,
            haz de mí lo que quieras;
            sea lo que sea, te doy las gracias.
            Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
            con tal que tu voluntad se cumpla en mí
            y en todas tus criaturas.
            No deseo nada más, Padre.
            Te confío mi alma, te la doy
            con todo el amor de que soy capaz,
            porque te amo y necesito darme,
            ponerme en tus manos sin medida
            con una confianza infinita
            porque Tú eres mi Padre.
           
Este anticipo de victoria se ha producido también en todos y cada uno de nosotros. Hemos perdido algo –es verdad– pero hemos ganado lo mejor. A lo largo de estos meses hemos aprendido a relativizar muchas cosas a las que solemos otorgar una importancia excesiva: el tiempo, nuestra agenda, el dinero, el prestigio. ¡Qué ridículas resultan estas preocupaciones cuando nos encontramos en la frontera entre la vida y la muerte!
           
La enfermedad, por paradójico que resulte, no solo ha producido rabia y desconcierto. Nos ha obligado también a sacar de nuestra bodega interior los mejores vinos. Hemos descubierto que dentro de nosotros hay una gran capacidad de ternura, de aguante, de cuidado. A veces ni siquiera sabíamos que podríamos ser capaces de hacer lo que hemos hecho. Cuando todo parece ir bien, estos dones quedan en letargo. Las circunstancias difíciles hacen que afloren.

Asimismo este largo proceso nos ha hecho vivir una hermosa experiencia de familia y de compañía. Gracias a la inmensa red de familiares y amigos, no nos hemos sentido nunca solos. Visitas, llamadas telefónicas y mensajes han sido la expresión visible de este cariño.

Esta experiencia de victoria se ilumina desde la Palabra de Dios. El relato de la muerte de Jesús, tal como lo hemos escuchado en el evangelio de Juan, nos ofrece claves para vivir de otra manera la enfermedad y la muerte. La muerte de Jesús se produce en la colina llamada Gólgota. A lo largo de estas últimas semanas, la habitación 104 ha sido el Gólgota particular de mi padre. Jesús estaba en la cruz; mi padre yacía en la cama articulada de enfermo, rodeado de sondas. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y algunos amigos. En torno al lecho de mi padre ha estado mi madre, hemos estado sus hijos, hermanos, sobrinos, cuñados y numerosos amigos. Pero ha estado también, de una manera entrañable, María, la madre que Jesús nos ha entregado: “He ahí a tu madre”. Por eso me parece una gracia particular que mi padre haya muerto en los primeros minutos de la fiesta de la Virgen del Pilar, no porque él fuera particularmente devoto de esta advocación, sino porque se ha cumplido lo que tantas veces habíamos rezado juntos en el Avemaría: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Ella ha salido a su encuentro al filo de la medianoche, no como ladrón que asalta sino como Madre que acompaña a la casa del Padre.
           
La muerte de Jesús, a ojo del mero espectador, fue un fracaso estrepitoso. También la de mi padre parece una victoria de la enfermedad sobre la vida. Pero Dios estaba ahí, y transformó en triunfo lo que parecía una derrota, sacó vida de las entrañas de la muerte, infundió esperanza a los que estaban desanimados. Nosotros creemos que esto mismo se ha producido con la muerte de mi padre.

Durante meses lo hemos cuidado con cariño. Dentro de unos minutos depositaremos su cuerpo en la tierra. ¿Qué nos queda por hacer? Nos queda lo más importante: entregárselo a Dios, porque de Él vino y a Él retorna. Si quisiéramos retenerlo como posesión nuestra no experimentaríamos que él vive ya en Dios y acabaríamos prisioneros del dolor y la ausencia. Mi padre no nos pertenece: es hijo de Dios. El Padre Dios es su pastor, nada le va a faltar, como hemos cantado en el salmo responsorial. Por eso “habitará en la casa del Señor por años sin término”.

Esta entrega se expresa y realiza en la eucaristía que estamos celebrando. El cuerpo de mi padre –toda su persona– se une al pan y al vino para ser transformado en cuerpo de Cristo. Unido a Él, vivirá siempre con nosotros en una comunión que traspasa el espacio y el tiempo. Su ausencia física se transformará en presencia espiritual. Siempre lo tendremos al lado: apoyando, intercediendo, amando. Y algún día podremos sellar definitivamente esta comunión.

Da igual que uno viva setenta u ochenta años. Todos los días de nuestra vida pueden ser una victoria sobre el sinsentido y la muerte cuando se los entregamos al Señor de la Vida. Por eso, nosotros los creyentes no solo aceptamos la muerte sino que la celebramos como el tránsito a la vida plena. Os invito, pues, a disfrutar de esta celebración: “Somos un pueblo que camina y juntos caminando podremos alcanzar otra ciudad que no se acaba, sin penas ni tristezas, ciudad de eternidad”.