domingo, 7 de agosto de 2016

Cabeza cristiana, corazón pagano

El evangelio de este XIX Domingo del Tiempo Ordinario contiene un dicho de Jesús que ha pasado al acervo mundial: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. En cada uno de nosotros resuenan de manera distinta estas palabras porque somos hijos de las experiencias vividas. Para una persona de hoy, el corazón simboliza el amor, la pasión, el deseo. Hace años que se extendió la moda de utilizar el símbolo del corazón unido a nombres de ciudades como Nueva York o Roma. Sin embargo, para un hebreo del tiempo de Jesús, el corazón es lo más radical de cada persona, el centro, su santuario, la sede de los pensamientos, afectos, decisiones, el lugar del encuentro con Dios. Usamos la misma palabra, pero nos estamos refiriendo a realidades distintas. Según Jesús, ponemos el corazón (es decir, nuestro centro personal) en aquello que de veras nos importa, en nuestro tesoro.

El drama de muchos de nosotros es que hemos sido educados desde niños con ideas cristianas, pero nuestros intereses han caminado en otra dirección. El adolescente que recibía con más o menos agrado clases de religión durante el bachillerato es el mismo joven que sueña con terminar una carrera para hacerse rico y vivir bien. De adulto, tal vez sigue creyendo que hay un Dios detrás del misterio del universo, lleva una cruz colgada al cuello, musita algunas oraciones aprendidas de memoria, pero eso no afecta mucho a sus intereses vitales. A la hora de la verdad se rige por otros valores y criterios más en consonancia con lo que hoy se lleva. La cabeza almacena creencias y convicciones de matriz cristiana, pero el corazón se deja encandilar por los ídolos que siempre nos seducen a los humanos: el placer, el dinero y el poder en sus múltiples variedades. El cristiano ortodoxo que se escandaliza porque algunos políticos legislan sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo es el mismo que no tiene empacho en lucrarse con una comisión en una obra pública. Una cosa es lo que se piensa y otra lo que se hace.

Es como si hubiera un foso entre la cabeza y el corazón. No coincide lo que decimos creer con lo que realmente nos mueve en la vida. Y ya se sabe que lo afectivo es lo efectivo. Es decir, solo lo que toca el corazón nos transforma.

¿Qué podemos hacer para evitar esta esquizofrenia que nos divide por dentro y nos roba la credibilidad? Solo encuentro un camino: enamorarnos de Jesús, dejarnos atrapar por él, estar abiertos a su irrupción inesperada en nuestras vidas. Las personas que han experimentado esta atracción pueden ser débiles, incoherentes, pero están marcadas a fuego. Su corazón, conectado con el de Jesús, es un GPS que les indica claramente el camino a seguir. Es una cuestión de amor. No bastan las convicciones. El salmo 16 lo expresa con palabras que no pasan de moda: Yo digo al Señor: Tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen... Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas”.

Os dejo con nuestro amigo Fernando Armellini para profundizar en otros aspectos del Evangelio de este domingo.


sábado, 6 de agosto de 2016

¿Olímpicos o transfigurados?

Hoy es un día cargado de resonancias. El 6 de agosto de 1945 se lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima. El 6 de agosto de 1978 falleció en Castelgandolfo el papa Pablo VI. Ambos acontecimientos tuvieron lugar el día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración. Este año, además, coincide con el comienzo de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro inaugurados ayer por la noche en la ciudad carioca. En su mensaje a los atletas, el papa Francisco les ha dicho: “En un mundo que tiene sed de paz, tolerancia y reconciliación, espero que el espíritu de los Juegos Olímpicos pueda inspirar a todos, participantes y espectadores, a combatir la buena batalla y terminar juntos la carrera”. 

¿En qué consiste esta buena batalla que debemos combatir? En el caso de los atletas, su batalla personal persigue la victoria sobre los rivales y, si es posible, el logro de nuevos récords siguiendo el lema olímpico: citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte). En el caso de los creyentes, la batalla consiste en lograr la plena transfiguración hasta que no seamos nosotros los que vivamos sino que sea Cristo quien viva en nosotros (Gal 2,20). 

Muchas personas poseen una mentalidad olímpica. A base de esfuerzo pretenden alcanzar nuevas metas, superarse, llegar más lejos. Sus objetivos son muy diversos: desde terminar una carrera hasta aprender una lengua o adelgazar algún kilo. Están convencidas de que con voluntad y constancia pueden conseguir lo que se proponen. Querer es poder, suele decirse. Con frecuencia estas batallas personales se libran en compañía de otras personas, con lo que se resalta el trabajo en equipo, tan típico del espíritu olímpico. No hay nada malo en esta manera de entender la vida como superación constante. Nos ayuda a no quedarnos estancados, a desarrollar nuestras capacidades; en definitiva, a enriquecer nuestra vida.

¿Es esto lo que Jesús nos propone? ¿Es el cristianismo un deporte olímpico? No. Jesús no nos pide conseguir metas sino que nos introduce en un lento proceso de transfiguración/trasformación en el que los cambios más profundos no se consiguen mediante nuestro esfuerzo sino a través de una actitud de docilidad. Más que en hacer, el seguimiento de Jesús consiste en dejarnos hacer. Jesús nos invita a subir fatigosamente la montaña de la vida cargados con mochilas que contienen nuestras frustraciones, tristezas, dudas, ansiedades y fracasos. Llegados a la cumbre, no nos propone un duro entrenamiento para desembarazarnos de estos pesados fardos. Nos introduce en una experiencia de luz que consiste en escuchar la voz que Dios nos dirige. Su mensaje es nítido: “Tú eres mi hijo amado”. 

No hay transformación más profunda que la que se produce cuando tomamos conciencia de lo que somos. Dios no nos dice: “Si te esfuerzas, podrás llegar a ser mi hijo. ¡Ánimo, no decaigas!”. No, la identidad no se conquista sino que se acepta como gracia. Lo que Dios nos dice es: “Cualquiera que sea tu situación, yo te quiero porque tú eres mi hijo”. 

La experiencia es tan hermosa que –como Pedro– quisiéramos hacer tres tiendas para morar en ella, saborearla hasta el final  y detener el tiempo. Pero Jesús no nos ha invitado a subir para quedarnos en la cumbre sino para bajar de nuevo al valle de la vida cotidiana con el rostro resplandeciente, como Moisés; es decir, transformados, agradecidos por haber vislumbrado quiénes somos en realidad. Los creyentes somos personas con el rostro transfigurado. Por eso, desarrollamos una extraña sensibilidad hacia los desfigurados por las pruebas de la vida.

¿Olímpicos? No, gracias. Esto lo dejamos a los deportistas de élite. Nosotros no aspiramos a medallas, no pretendemos derrotar a nadie. Aceptamos ser transformados por la palabra de Dios. Solo así podremos contribuir a la construcción de un mundo que nunca tenga que recurrir a la bomba atómica para "lograr la paz".

viernes, 5 de agosto de 2016

Hay dos lobos que andan sueltos

Estos días, en el contexto andino en el que me muevo, he recordado el cuento cherokee de los dos lobos. Es una historia conocida. Una mañana el viejo cherokee le habló a su nieto acerca de la batalla que se da en el interior de las personas. “Hijo mío –dijo el abuelo– dentro de cada uno de nosotros se libra una terrible batalla entre dos lobos. Uno es malvado: es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, soberbia, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego. El otro es bueno: es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, amistad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe”. El nieto, lleno de curiosidad, le preguntó a su abuelo: “Abuelo, ¿y qué lobo gana?”. El viejo cherokee, exhalando con parsimonia el humo de su pipa, respondió: “Aquél al que tú alimentes”.

Estos dos lobos interiores andan sueltos hoy día. A nuestro alrededor vemos algunas personas tóxicas, llenas de envidia y resentimiento. Contaminan todo cuanto tocan. Crean ambientes irrespirables. A su lado, la vida se vuelve triste, oscura, pesada.

Pero vemos también hombres y mujeres luminosos que, sin decir nada, inundan de luz los ambientes. Son personas alegres, pacíficas, compasivas, esperanzadas, serenas, humildes, auténticas, empáticas. A su lado nos sentimos bien. Potencian lo mejor que hay en nosotros, nos contagian su positividad.

¿Por qué esta diferencia? Por el diverso tipo de alimentación. Somos lo que comemos. Si nos alimentamos cada día a base de cotilleos televisivos, comparaciones publicitarias, recuerdos de experiencias negativas, rencillas… acabaremos conformando una vida superficial, insegura y agresiva. Si, por el contrario, nos alimentamos con la meditación, el ejercicio físico, el recuerdo de las cosas buenas que nos han sucedido, la conversación con amigos… construiremos una vida saludable, positiva y encantadora.

Esta es la razón por la cual muchas personas no pueden prescindir de la Eucaristía diaria: necesitan alimentar su “lobo bueno” para que el “lobo malo” no tome la iniciativa. Necesitan –necesitamos– que la Palabra de Dios vaya aclarando nuestro complejo mundo interior. Necesitan –necesitamos– que el cuerpo y la sangre de Cristo nutran nuestra vida. La Eucaristía va transformando nuestro lobo malo en lobo bueno sin que nosotros nos demos cuenta. Las personas eucarísticas acaban siendo comida para el mundo. Reproducen en su vida diaria lo que celebran: la entrega sin límites. Por eso son imprescindibles. La muerte reciente del P. Jacques Hamel mientras celebraba la Eucaristía se ha convertido en símbolo de lo que significa entregar la vida.

jueves, 4 de agosto de 2016

Mi querida España

En agosto de 1976 estaba yo a punto de terminar mi año de noviciado en Castro Urdiales, Cantabria. Apenas comenzado el mes, el lunes día 2, murió en accidente de tráfico, a la edad de 27 años, una cantante a la que admiraba. Tenía nueve años más que yo. Sus letras y su estilo –una especie de Joan Baez en la España tardofranquista– me cautivaron. También me inspiré en ella para algunas de mis primeras canciones juveniles. Quizá a muchos jóvenes de hoy no les diga nada. Han pasado 40 años desde su muerte. A mí, sin embargo, me parece que sigue conservando actualidad. Fue una voz libre. Había vivido en varios países (Reino Unido, Estados Unidos, Portugal, Argel y Jordania) antes de recalar en España, a la que amaba con algo más que las vísceras. Quería a su país, pero no era patriotera. Admiraba la historia, pero no cerraba los ojos a la realidad del momento.

Se llamaba Evangelina Sobredo Galanes. Sin embargo, todo el mundo la conocía por su nombre artístico: Cecilia, como la célebre composición de Simon & Garfunkel. Cecilia, en diez años de actividad musical, cosechó éxitos como Un ramito de violetas, Dama, dama, Amor de medianoche, etc. Su estilo se enriquece con melodías del folk norteamericano y con cuidadas letras en español. Yo quiero rescatar un tema titulado Mi querida España. Es obvio que la situación a la que alude no es la misma que la actual, pero hay chispazos de luz que pueden iluminar el esperpéntico momento político que estamos viviendo desde que comenzó 2016. Necesitamos voces frescas, con la fuerza de la poesía, que nos ayuden a despertarnos.

Os propongo, en primer lugar, la letra de la canción (sin la censura franquista):
Mi querida España,
esta España viva,
esta España muerta. 
De tu santa siesta
ahora te despiertan
versos de poetas.
¿Dónde están tus ojos?
¿Dónde están tus manos?
¿Dónde tu cabeza? 
Mi querida España,
esta España mía,
esta España nuestra. 
Mi querida España.
Esta España nueva,
esta España vieja. 
De las alas quietas,
de las vendas negras
sobre carne abierta.
¿Quién pasó tu hambre?
¿Quién bebió tu sangre
cuando estabas seca? 
Mi querida España,
esta España mía,
esta España nuestra. 
Mi querida España,
esta España mía,
esta España nuestra.
Mi querida España,
esta España en dudas,
esta España cierta. 
Pueblo de palabras
y de piel amarga,
dulce tu promesa.
Quiero ser tu tierra,
quiero ser tu hierba
cuando yo me muera. 
Mi querida España,
esta España mía,
esta España nuestra. 
Mi querida España,
esta España mía,
esta España nuestra.
Y ahora el vídeo. En él aparece una Cecilia un poco retro, pero ayuda a entrar en el alma de la canción.


De esta canción, que ha llegado a ser una especie de himno, rescato tres preguntas que siguen siendo interpelantes:
¿Dónde están tus ojos?
¿Dónde están tus manos?
¿Dónde tu cabeza?
No son retóricas. Nos ayudan a despertarnos de un peligroso letargo que consiste en dejar en manos de los políticos profesionales la marcha del país. Hemos vivido dos elecciones generales en el arco de medio año y si las cosas no cambian nos encaminamos a las terceras. ¿Cómo se puede someter a un país a este esperpento democrático? 

Y todo porque unos cuantos partidos no logran ponerse de acuerdo para garantizar la gobernabilidad. El gigante capitalista Estados Unidos y la minúscula república comunista de Cuba pueden llegar a acuerdos, pero los gallos de los cuatro partidos más votados lo consideran imposible porque “la izquierda jamás apoyará a la derecha” (o a la inversa). Vistas las cosas desde fuera (en sentido físico, pero también emocional), dan ganas de llorar. ¿Cuáles son esas diferencias insalvables? ¿La corrupción? ¡El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra! ¿La economía? ¡Todos quieren crear empleo y disminuir las desigualdades! ¿La concepción del estado? ¡Para eso existen el diálogo y la negociación! Si solo pudieran llegar a acuerdos los que piensan igual en todo, ¿qué necesidad hay de diálogo?

Confieso que este juego me resulta tan ridículo que solo advierto una verdadera razón: la defensa de los propios intereses (de liderazgo, económicos, etc.). ¿Dónde están tus ojos? Ya está bien de apelar al bien común cuando todo el mundo percibe que cada uno está asegurando su cuota de poder. ¿Dónde está tu cabeza? ¡Ojalá la legislación española previera que los que no han logrado acuerdos en unas elecciones no pudieran presentarse de nuevo a las siguientes! Otro gallo nos cantaría. No se puede someter la dinámica de un país a la incompetencia e inmadurez de su clase política.

miércoles, 3 de agosto de 2016

A ver si un día de estos (no) quedamos

En Europa agosto es un mes de vacaciones. Se supone que hay más tiempo para el ocio y menos para el negocio. Más tiempo para encontrarse y menos para conectarse. Más tiempo para los amigos de carne y hueso y menos para los amigos virtuales. En la práctica, sin embargo, las cosas no suceden siempre así. Podríamos usar las vacaciones para encontrarnos con las personas a las que decimos querer, pero hay citas que nunca se conciertan. ¿Cuántas veces le hemos dicho a un amigo o amiga que nos gustaría verlos, sabedores de que probablemente ese deseo no se cumpliría? No es lo mismo decir A ver si un día quedamos que Te espero el viernes a las 8 en mi casa. En el primer caso, expresamos un deseo genérico, a medio camino entre la cortesía y el desinterés. En el segundo, concretamos un compromiso. Los deseos genéricos casi nunca se cumplen. Los compromisos van tejiendo relaciones.

Cuando una persona repite con frecuencia A ver si un día de estos quedamos pero nunca concreta su deseo, podemos sospechar que se trata de una expresión de afecto, pero insustancial. Estas simpatías vaporosas resultan atractivas en un primer momento. Parecen abrir puertas y ventanas donde solo veíamos paredes. Inventan una ficticia intimidad. Pero, a la postre, resultan decepcionantes. Prometen lo que no van a dar. Crean expectativas irrealizables. La frase tendría que suprimirse por etérea y, en muchos casos, por hipócrita: se anuncia lo que no se está dispuesto a entregar. En el fondo, una actitud de este tipo es un indicador de ese pavor que muchas personas sienten ante el compromiso. Lo he palpado en algunas parejas de novios que no quieren oír hablar de matrimonio porque les parece que la alianza matrimonial va a suponer una responsabilidad con la que no quieren cargar. Prefieren vivir una permanente afectividad Peter Pan, sin darse cuenta de que el miedo al compromiso los sume en una inmadurez frustrante. Algo parecido he observado también en algunos candidatos a la vida religiosa o al sacerdocio. Les gusta casi todo de estas vocaciones… excepto el hecho de tener que comprometerse de por vida: A ver si un día de estos me decido.

Recuerdo ahora una frase atribuida a Teresa de Calcuta: “Dios no me ha llamado a tener éxito sino a ser fiel”. Quizá ésta es la raíz de todo. Acostumbrados a vivir en una cultura competitiva, en la que solo se valora a quien triunfa, nos parece que para ser felices tenemos que cosechar muchos éxitos, aunque eso implique ser infieles a los compromisos adquiridos. El error es descomunal, pero se vende bien. ¿Habrá que repetir muchas veces que felicidad y fidelidad son términos intercambiables? No hay felicidad sin fidelidad a nuestra vocación más profunda. No sé por qué he aterrizado en este aeropuerto cuando, en realidad, solo quería escribir unas líneas sobre esa costumbre tan extendida de concertar citas en el aire. Quizá todo esté más conectado de lo que a simple vista parece. Por cierto, a ver si un día de estos quedamos... en El rincón de Gundisalvus.

martes, 2 de agosto de 2016

Los prefijos vocacionales

Estoy en un lugar llamado Chaclacayo, a unos 40 kilómetros de Lima. En la falda de una montaña rocosa y polvorienta, sin la más mínima vegetación, se recuesta la “Casa Claret”. Es un hermoso lugar, un vergel en medio del desierto. Aquí comenzaremos hoy mismo el II Capítulo de la Provincia claretiana de Perú-Bolivia. Durante cuatro días reflexionaremos sobre el modo mejor de vivir nuestra vocación misionera. Reconozco que la palabra vocación no está de moda, pero tampoco se excluye en el lenguaje corriente. De alguien que tiene buen oído y muestra inclinación a la música solemos decir que tiene vocación musical. Es verdad que casi siempre le damos un sentido religioso (vocación cristiana, vocación sacerdotal, vocación monástica), pero eso no excluye su uso secular (vocación política, vocación artística, vocación científica). 

Entender la vida como vocación significa que nos sabemos llamados –no simplemente impelidos o inclinados– a desarrollar una misión que trasciende la mera supervivencia, que va más allá de nuestros gustos o intereses. Vocación es entender la vida en clave responsorial. Porque me sé llamado, quiero responder. El concepto se enriquece cuando a la palabra vocación le añadimos otras que, con la ayuda de algunos prefijos, sugieren significados complementarios.

  • E-vocación es la acción de traer algo a la memoria. Toda vocación supone traer a la memoria el recuerdo de lo que realmente somos: hijos e hijas de Dios. A menudo nuestra identidad más profunda se ve opacada por falsas identidades que nos comparan con los demás o que son fruto de la presión social. Cuando uno descubre su vocación en la vida, evoca, recuerda lo que realmente es.
  • In-vocación es la acción de llamar en solicitud de ayuda de manera formal o ritual. Y, más específicamente, de llamar a Dios pidiéndole que manifieste su amor hacia nosotros. No podemos descubrir nuestra verdadera vocación sin invocar el auxilio de Aquel que es el origen de nuestra vida y el dador de todo bien.
  • Con-vocación es la acción de llamar a una o más personas para que concurran a lugar o acto determinado. En realidad, toda vocación es siempre convocación porque nunca somos llamados en solitario sino como miembros de un pueblo. Ninguna misión en la vida es un asunto puramente individual. Somos miembros de un cuerpo articulado.
  • Pro-vocación es la acción de producir o causar algo y, en especial, algo que rompe con la rutina y crea novedad. Provocación es también una llamada en favor de otras personas. Cada vocación es una novedad que contribuye a humanizar el mundo, a transformarlo según el plan de Dios. Cada vocación es, en definitiva, un servicio público.
  • Ad-vocación es la denominación complementaria que se aplica al nombre de una persona divina o santa. Cuando descubrimos nuestra vocación también nosotros recibimos un nombre nuevo. Para saber quiénes somos no basta el nombre del registro civil. Nuestra advocación es siempre "hijo de Dios", porque esta es nuestra más radical vocación en la vida.

Muchas de nuestras crisis y tristezas se deben al hecho de que no vivimos la vida como una vocación sino solo como un accidente. Existimos por puro azar. Podríamos no haber nacido. ¿Quién va a disfrutar de la vida y a arriesgarla si igual que hemos venido a este mundo por azar desapareceremos un día sin dejar rastro? Solo cuando descubrimos que hemos sido creados por amor, que hemos sido llamados a la vida, encontramos sentido a todo lo que hacemos y padecemos. Pero para ello necesitamos evocar la marca de nuestra identidad (casi siempre oscurecida), invocar con humildad y confianza al Dios que nos llama, tomar conciencia de que hemos sido convocados (es decir, llamados con otros) y entender la vida como una verdadera pro-vocación (como servicio que ayuda a los demás a crecer). Casi nada.

lunes, 1 de agosto de 2016

La flor de la canela

Comienzo el mes de agosto en Lima, aunque quizá sería mejor poner la palabra en plural porque hay muchas Limas agrupadas en esa inmensa metrópoli peruana. Un día como hoy, un tipo serio como yo tendría que escribir sobre la metafísica de las vacaciones. O sobre el impacto de la hormiga roja en nuestro estado de ánimo. O sobre la homilía que ayer pronunció el papa Francisco en Cracovia. O sobre la amenaza que Donald Trump supone para la inteligencia humana habida cuenta de los desmanes que ha causado en la suya. Pero no, voy a escribir de un hermoso rincón de Lima. 

Hacía años que andaba intrigado por conocer “el viejo puente, el río y la alameda” a los que alude Chabuca Granda en su famosísimo vals La flor de la canela. Ayer, en mi largo paseo por Lima, pude disfrutar de ese rincón que resultó ser, poco más o menos, como lo había imaginado. Supongo que a los puristas les encanta la manera como Chabuca Granda interpreta su vals. No tengo nada en contra, pero yo he aprendido a saborearlo en la versión contenida y elegante de María Dolores Pradera. Os dejo con ella. Alguno preferiría un poco de reggaeton o de hip-hop, pero no están los tiempos para estos excesos.


De Lima podría contar muchísimas otras cosas, lo que pasa es que este blog no es la web de una agencia de viajes. Pasear por la Plaza Mayor (la antigua Plaza de Armas) a las siete de la tarde, alumbrado por farolas altas y discretas, con una temperatura en torno a los 20 grados, es uno de esos placeres que los dioses reservan a ciertos privilegiados. Del convento de los Franciscos es mejor no hablar. Su desmesura arquitectónica y artística exigiría parecida desmesura verbal. Y agosto –ya se sabe– es un mes rico en sensaciones pero parco en palabras. A domani.