sábado, 16 de julio de 2016

Seis más uno

El día está a punto de acabar en Kinshasa, la capital extensa de un enorme país como es la República Democrática del Congo. Estoy cansadísimo. Esta mañana he participado en la ordenación presbiteral y diaconal de algunos jóvenes claretianos de la Delegación del Congo. La ceremonia ha durado solo cinco horas. En el Congo es inconcebible una eucaristía festiva sin danzas y mensajes de todo tipo. Después ha seguido una comida para unas 400 personas, un baile a la africana y un embotellamiento descomunal hasta llegar a la comunidad donde me hospedo. Así que con estos antecedentes no tengo muchas ganas de escribir sino de acostarme cuanto antes después de haber colocado "como Dios manda" mi red antimosquitos. 

Pero, por otra parte, no puedo pasar por alto la fecha de hoy. Los claretianos de todo el mundo nos hemos enviado mensajes de felicitación. La razón es sencilla. Hoy, 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, los misioneros claretianos celebramos el 167 aniversario de la fundación de nuestra congregación religiosa. Todo comenzó en Vic (Barcelona) el 16 de julio de 1849 con un grupo de seis personas: el catalán Antonio María Claret más cinco compañeros. El más joven no había cumplido aún los 27 años. Las condiciones eran precarias (tuvieron que reunirse en la habitación de un seminarista que estaba de vacaciones porque no disponían de casa propia). El futuro era incierto (no sabían cómo podrían desenvolverse en un tiempo en que las órdenes religiosas estaban suprimidas en España). Lo único que tenian claro es que el Señor era su pastor (meditaron el salmo 22/23) y que María era su fundadora (comenzaron a llamarse Hijos del Inmaculado Corazón de María). Es muy probable que Claret les explicara también su "hoja de ruta": la definición del misionero. Hace años compuse una meditación sobre uno de los cuadros que reproduce ese momento fundacional. Lo pintó el pintor italiano Conti. Desde el punto de vista artístico no es gran cosa, pero adquiere para nosotros un fuerte significado simbólico.

Hoy, desde este rincón africano en el que me encuentro, vuelvo a recordar la escena que tantas veces he meditado. Ahora me siento menos poético que hace algunos años. Soy testigo de la expansión de aquel pequeño grupo inicial  (de 6 hemos pasado a unos 3.050), pero también veo nuestros apegos a lo propio y nuestras dificultades para cambiar. Estamos rodeados de gente extraordinaria, pero también la mediocridad nos mina. La verdad es que no me siento con muchas ganas de lanzar las campanas al vuelo. Por naturaleza, soy muy reacio a los elogios excesivos. Lo que más me llama la atención no es que seamos extraordinarios sino que Dios siga haciendo su obra con gente ordinaria y limitada como nosotros. O sea, que somos lo que somos por el impulso misterioso del Espíritu de Dios. Los primeros fueron seis (Claret y sus compañeros) más uno (el Espíritu que los movía a la evangelización). Hoy sigue pasando lo mismo. Animados por él, podemos seguir siendo testigos y mensajeros de la alegría del evangelio, a pesar de nuestras debilidades. Sin él, no somos más que una pequeña multinacional que presta algunos servicios con mejor voluntad que competencia.

Felicidades de todo corazón a mis hermanos claretianos (especialmente a los que celebran sus aniversarios de profesión u ordenación), a los carmelitas (entre quienes tengo algún amigo muy cercano) y también a todas las personas que llevan el nombre de Carmen. Que María del Carmelo nos acompañe a todos en la travesía por esta vida complicada y hermosa.

viernes, 15 de julio de 2016

La colina de la paz

Por primera vez desde que empecé este blog, no me ha sido posible ser fiel a mi cita diaria en el momento justo. Una agenda apretadísima y dificultades para la conexión a internet me lo han impedido. Pero, aunque sea con un poco de retraso, quiero colgar el texto previsto para este día. El pasado jueves 14 de julio cené con madame Marie Madeleine Mborantsuo, presidenta del Tribunal Constitucional de Gabón y de la federación de tribunales constitucionales de África. Los claretianos llevamos la capellanía católica de la institución “Berthe et Jean” que ella ha fundado en memoria de sus padres. En un momento de la cena le pregunté si había asistido a la recepción organizada por la Embajada de Francia con motivo de la fiesta nacional de ese país. Me dijo que se había excusado ante el embajador porque para ella era más importante cenar con nosotros y hablar de algunos asuntos relacionados con la institución. Lo que no podíamos imaginar es que a esa misma hora un fanático, aprovechando una concentración de gente con motivo de la fiesta nacional francesa,  había cometido un salvaje atentado en Niza con el resultado de 84 muertos y numerosos heridos. 

Yo me enteré al día siguiente por la mañana, horas antes de visitar el Monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles de las Hermanas Clarisas, el único monasterio contemplativo de Gabón. Situado en la cima de una colina desde la que se divisa el mar, el monasterio parece un faro que orienta e ilumina a las gentes del valle. La comunidad la forman una veintena de religiosas de varias nacionalidades, incluyendo dos francesas. A la oración se unen a veces algunos vecinos, huéspedes o visitantes ocasionales. Como buenas africanas, las monjas acompañan el canto de los salmos con instrumentos de percusión y, en ocasiones, con danzas.  Mientras cantaba la hora sexta con ellas, me daba vueltas en la cabeza el atentado de Francia y, en general, el problema de la violencia terrorista. Después tuve ocasión de hablar sobre ello con un experto congoleño. Hay un componente de irracionalidad que dificulta cualquier estrategia. Quizá la más efectiva a largo plazo sea multiplicar los lugares, como el monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, en los que personas de distintas razas, culturas y religiones vivan experiencias en común, demuestren que nuestra condición común de seres humanos está por encima de cualquier diferencia y nos impide la discriminación. Lugares así son laboratorios del tipo de humanidad intercultural que estamos viviendo cada vez con más intensidad.

jueves, 14 de julio de 2016

Las ocasiones perdidas

Parece el título de una película antigua. Podría haber usado otro título para expresar lo mismo: “Las oportunidades encontradas”. ¿Por qué estoy ahora en Gabón y no en mi país natal o en cualquier otra parte del mundo? ¿Qué hubiera sido de mi vida si en un momento determinado no hubiera sentido la vocación misionera? En cada encrucijada de la vida elegimos una opción y desechamos otras. Elegir el celibato significa renunciar a formar una familia propia. Casarse con una determinada persona implica dejar fuera otras posibles relaciones. El estudio de la teología me hizo renunciar a alguna de mis pasiones: la arquitectura y la música. Cuando recorremos nuestro itinerario vital caemos en la cuenta de las muchas ocasiones perdidas: personas con las que podríamos haber intimado, trabajos que podríamos haber hecho, decisiones que tendríamos que haber tomado… El recuerdo de lo que podría haber sido puede sumergirnos en un mar de nostalgia e incluso de frustración y tristeza. Nuestra vida hubiera sido diferente si en determinadas encrucijadas hubiéramos escogido una dirección distinta a la que, de hecho, tomamos. Pero, al mismo tiempo, las decisiones tomadas se convierten en oportunidades. Cada opción nos abre un abanico de posibilidades que tenemos que explorar. Somos los que somos por haber seguido con decisión un determinado camino. La indecisión permanente nos paraliza. Las personas que dedican demasiado tiempo a sopesar los pros y contras de una decisión acaban perdiendo todas las oportunidades.

A medida que pasa el tiempo uno descubre que las “ocasiones perdidas” permanecen siempre en estado latente, que no desaparecen del todo. Son potencialidades que muestran hasta qué punto la vida humana es moldeable y elástica. Incluso después de haber tomado una dirección en la vida podemos aprovechar algunos elementos de las direcciones que abandonamos. No se trata de conducir una “doble vida” o de servir a “dos señores” –por usar la expresión de Jesús en el evangelio– sino de aprovechar al máximo los regalos que la vida pone a nuestro alcance. A veces, lo que dejamos de jóvenes reaparece cuando somos adultos de una forma nueva, no incompatible con la dirección fundamental de nuestra vida. Algunas personas cuando se jubilan de su vida profesional encuentran el tiempo y las ganas para cultivar algunas aficiones que dejaron en el momento de estudiar una carrera o emprender un trabajo. Relaciones que habíamos abandonado en nuestra juventud vuelven a cruzarse en nuestro camino al cabo de muchos años. Es como si la vida nos diera una segunda oportunidad, como si nunca perdiéramos del todo las posibilidades que se nos presentan.

miércoles, 13 de julio de 2016

No todo es igual

Vivimos en sociedades cada vez más plurales. Cuando yo era niño era muy raro ver a alguna persona de raza negra en el ambiente en que yo vivía. Hoy cualquier ciudad europea es, en mayor o menor grado, un caleidoscopio de razas, culturas y lenguas. Y lo mismo sucede en las comunidades religiosas. Aquí en Gabón, por ejemplo, hay misioneros claretianos de siete nacionalidades. Viven y trabajan juntos. Como es natural, esta diversidad es a menudo fuente de malentendidos y aun de conflictos. A veces, usando las mismas palabras nos estamos refiriendo a realidades distintas. No es un mero problema lingüístico sino cultural, de mentalidad. Por eso, hemos comenzado nuestra asamblea anual reflexionando juntos sobre cuatro principios de discernimiento que el papa Francisco presenta en la exhortación Evangelii gaudium (nn. 221-237). Son aplicables a diversas situaciones. Creo que, en conjunto, nos ayudan a desentrañar lo más importante en situaciones de diversidad y aun de conflicto. No se trata de lograr un imposible equilibrio entre dos polos opuestos o un compromiso (como se dice ahora en el campo de la política) sino de buscar siempre el bien mejor. Aunque todo puede ser valioso, no todo es igual. Aquí van, de forma telegráfica, los cuatro principios.
  • El tiempo es superior al espacio. La tentación de todos nosotros es acotar nuestro pequeño espacio –lo que controlamos– y vivir solo el presente, el famoso cortoplacismo. Este principio nos empuja, más bien, a trabajar a largo plazo, sin obsesionarnos con los resultados inmediatos. Las grandes obras requieren tiempo. Una planta no crece más rápido porque cada día tiremos de las hojas hacia arriba. Quienes no entienden este principio siempre buscan soluciones inmediatas, atajos, rebajas. Por el contrario, quienes ven la sabiduría que encierra, apuestan por la educación porque educar significa sembrar semillas en el presente para cosechar frutos en el futuro.
  • La unidad prevalece sobre el conflicto. Hoy somos muy sensibles a todo tipo de diversidad: cultural, política, lingüística, sexual, etc. No es fácil convivir con personas muy diferentes a nosotros. Es frecuente que surjan conflictos. El conflicto no se debe disimular, pero tampoco podemos quedar encerrados en él. La realidad nos empuja a la unidad, a buscar una nueva síntesis que, teniendo en cuenta la riqueza que cada uno aporta, se abra a la comunión. El objetivo último no es, pues, respetar la diferencia sino lograr que esa diferencia enriquezca el conjunto, contribuya a una unidad superior. La diferencia sin reconciliación es la excusa para perpetuar el conflicto.
  • La realidad es más importante que la idea. Nos gusta imaginar, soñar, planificar. Se suele decir que sin utopías no se avanza en la vida. Pero el riesgo de quedarnos en las nubes y de no pisar tierra es muy real. Una idea para que sea fecunda necesita encarnarse. A veces nos preguntamos por qué la gente no nos sigue. Una de las respuestas es: porque no pisamos tierra, no abordamos las cuestiones reales que preocupan a las personas, nos perdemos en un mar de palabras y conceptos. Este es uno de los grandes riesgos de las reuniones, congresos, encuentros, etc. Por eso suelen servir para muy poco.
  • El todo es superior a la parte. No se trata de defender una suerte de totalitarismo en el que el individuo quede anulado. Significa que los intereses particulares, por legítimos que sean, no pueden prevalecer sobre los intereses del conjunto. El modelo no es la esfera, en la que cada punto es equidistante del centro, sino el poliedro, que refleja la confluencia de todos los elementos parciales sin diluir su originalidad.

Estos principios pueden sonar a música celestial, pero cuando se los toma en serio ayudan mucho a lidiar con la diversidad, a distinguir entre lo importante y lo secundario, a dar más importancia a los procesos de largo alcance que a las acciones inmediatas, a aterrizar las propuestas para no ser víctimas de un nominalismo hueco, a no dejarse llevar por los intereses mezquinos, a buscar siempre la unidad: “Que todos sea uno, como tú y yo, Padre, somos uno”. 
Creemos en un Dios que es uno y diverso. Creados a su imagen, estamos llamados a vivir la unidad en la diverisdad o la diversidad en la unidad.

martes, 12 de julio de 2016

Orar y cenar, dos verbos eclesiogenéticos

Anoche entendí un poco mejor cómo se hace la Iglesia. Recordé los varios textos de san Pablo en los que él habla de las primitivas comunidades cristianas que se reunían en casa de algunos personajes. Nosotros, los misioneros de Gabón, nos reunimos anoche en casa de monsieur Michel y madame Irène, dos profesores universitarios jubilados que se han convertido en catequistas de los que quieren convertirse al cristianismo. En el pequeño jardín de su casa han construido una gruta con la imagen de la Virgen. En torno a ella nos reunimos para cantar las vísperas. Era hermoso contemplar a una veintena de misioneros claretianos y un número parecido de laicos rezando juntos al aire libre, al amparo de la templada noche tropical. Los africanos saben cantar. Los salmos resbalaban cadenciosamente. Sin prisas, con un sentimiento de gratitud y alabanza. Al acabar la oración, la señora de la casa nos dirigió unas palabras de acogida. En atención al superior general, las tradujo también al inglés. Después nos sentamos en torno a varias mesas redondas para compartir la cena. Cada uno se fue sirviendo con libertad. Hubo tiempo para recordar los orígenes de la misión claretiana en este país y muchas anécdotas de nuestros misioneros, tanto en la zona de Franceville como en la capital. Llevamos aquí más de 40 años.

El título de esta entrada es deliberadamente rebuscado. Nadie en su sano juicio utiliza la palabra “eclesiogenético”. Sin embargo, creo que expresa bien lo que experimentamos anoche. La iglesia se hace en torno a la oración en común (con la eucaristía como cumbre), en torno a la mesa compartida (como signo de comunión), en formación constante y lanzada al testimonio y al servicio (como expresiones de la misión evangelizadora). En África, muchos matrimonios cristianos y sus “casas” son los verdaderos evangelizadores de las jóvenes generaciones. Reproducen lo que sucedía en la iglesia primitiva. Me pregunto si en la vieja Europa no habrá llegado la hora de recuperar esta evangelización "casa por casa", de poner en práctica el modelo de la parroquia entendida como comunidad de comunidades, dando fuerza a esa pequeña célula que es la familia entendida como iglesia doméstica.

lunes, 11 de julio de 2016

Dos horas de paciencia y otras dos de celebración

Escribo desde la rabia. O quizá mejor desde la tristeza. Llegué a Libreville, la capital de Gabón, el sábado a las 6,30 de la tarde. Esta era la cuarta vez que visitaba el país. Iba con mis papeles en regla. Pasado el control de pasaportes, un policía me dice que el jefe quiere verme, que espere. Nunca habían tenido conmigo una deferencia de este tipo. Pasa el tiempo y nadie me atiende. Al cabo de media hora, me quejo lo más amablemente posible. Me dicen que siga esperando, que el jefe está a punto de llegar. Pasada una hora, me llevan a un cuarto minúsculo donde un tipo –el supuesto jefe de la cuadrilla– me dice con aire de suficiencia que me falta una carta del obispo autorizando mi ingreso en el país. Le respondo que esto no es necesario y que ya presenté todos los documentos requeridos en la embajada de Gabón en Roma. De lo contrario, no me habrían dado el visado que figura en mi pasaporte y por el que pagué las tasas correspondientes (bastante altas, por cierto). Elevo un poco el tono de voz. Me voy quedando solo. Ya prácticamente no hay pasajeros en el recinto del aeropuerto. El jefe desaparece. Pasa hora y media. Un claretiano gabonés que me espera a la salida consigue entrar. Se extraña de mi retraso. Se dirige a los policías pidiendo explicaciones. Estos insisten en que todavía hay que cubrir algunas formalidades. Me vuelven a pedir el pasaporte. Hacen fotocopias. Yo estoy a punto de estallar, pero me contengo para evitar lo peor. Al cabo de dos horas –dos larguísimas horas– me devuelven el pasaporte y me dicen que ya puedo irme. Uno de los policías me pregunta con fingida amabilidad si estoy bien. Les digo con toda franqueza que no, que quiero irme cuanto antes y que me han hecho perder un tiempo precioso.

Afuera es ya noche cerrada. Nos espera –a mí y al superior general de los claretianos, que inicialmente consiguió librarse de la retención, pero después fue requerido cuando supieron que viajábamos juntos– un pequeño grupo de cristianos con un ramo de flores. Han aguardado estoicamente dos horas extra. Al fin, me confirman mis peores presagios: la policía nos ha retenido simplemente porque quería sacarnos unos cuantos euros. Se extrañaron de que fuéramos capaces de resistir dos horas. No saben que no pasamos por esas prácticas. Es verdad que lograron amargarnos un viaje que había discurrido con total normalidad, pero, sobre todo, reabrieron la herida de la corrupción. Esta es una práctica que se da a todos los niveles y que recibe mil nombres: mordida, coima, recompensa, sobre, tangente… Los que tendrían que servir exquisitamente a los ciudadanos se aprovechan de ellos: desde el policía de tráfico hasta el funcionario de cualquier oficina del gobierno pasando por políticos locales, regionales y nacionales. Reconozco que estas prácticas me sacan de mis casillas. Despiertan en mí mis peores instintos agresivos, racistas, vengativos. Tengo que hacer un gran esfuerzo para contenerme. ¿Cómo vamos a construir una sociedad mejor chantajeando a los ciudadanos, utilizando los cargos públicos para el lucro personal? ¿Cuándo acabaremos con esta maldita plaga?

Ayer domingo pude vivir el reverso de la moneda. Presidí la eucaristía en la parroquia Notre Dame des Victoires. Además de una participación masiva, todo estaba preparado al detalle: desde los hermosos cantos de la coral hasta los grupos de lectores y acólitos, pasando por las ofrendas y los símbolos. Fue una misa a la africana que duró un par de horas. Nada que ver con las dos horas del sábado por la tarde. Después del pequeño viacrucis, vivimos la experiencia de la gloria. Quizá la vida humana es así: tiene su cara y su cruz, su viernes santo y su domingo de pascua. Todo es necesario para crecer: a veces en paciencia; otras en gratitud. ¡Benditas dos horas!

domingo, 10 de julio de 2016

El amor tiene más verbos que el rodeo

El tiempo romano ha durado poco. Regresé de África hace apenas una semana. Escribo de nuevo desde el continente negro. Llegué ayer a Libreville, la capital de Gabón, cuando el sol se estaba ya poniendo por el horizonte del océano Atlántico. Los atardeceres tropicales son muy cortos. Es como si la noche cayera en picado. El día comenzó a las 4 de la mañana en Roma. Luego, escala de tres horas en París y rumbo a África. Cada vez que sobrevuelo el inmenso desierto del Sahara me acuerdo de dos personajes que han influido en mi espiritualidad: Charles de Foucauld y Carlo Carretto. Los dos son hombres del desierto. En las inmensidades del Sahara se enfrentaron al Absoluto y acabaron seducidos. Dios los llevó al desierto para hablarles al corazón. Y ellos supieron responder con generosidad. 

Las lecturas del 15 Domingo del Tiempo Ordinario –y especialmente el evangelio– son tan jugosas que necesitaríamos todo el domingo para hacerlas nuestras. En el vídeo que pongo al final, Fernando Armellini nos ayudará a entender el trasfondo de la parábola del “buen samaritano”. Yo me limito, como suelo hacer cada domingo, a poner el foco en un solo punto. 

Del relato de Jesús me sorprenden los verbos. En el caso del sacerdote y del levita, todo se reduce a dos: dar un rodeo y pasar de largo. Son nuestros verbos cotidianos. Cada vez que percibimos una necesidad y no estamos dispuestos a atenderla hacemos lo mismo: damos un rodeo y pasamos de largo. Gastamos la existencia conjugando estos dos verbos que denotan insensibilidad, indiferencia, comodidad, cobardía, prisa, egoísmo… No afrontamos las cosas, no queremos complicarnos la vida, nos refugiamos en nuestra agenda. Alguien hará algo. 

El samaritano, por el contrario, tiene una gramática más rica. Jesús no ahorra detalles para describir su actitud. Emplea un mínimo de ocho verbos: lo vio (1), sintió lástima (2), se acercó (3), le curó las heridas con aceite y vino (4), se las vendó (5), lo montó en su cabalgadura (6), lo llevó a una posada (7) y lo cuidó (8). Aún podríamos añadir uno más: pagó la cuenta al posadero. Jesús está describiendo un amor que se despliega en los mil detalles de la vida concreta. Algo parecido hace san Pablo cuando habla de los rasgos del amor en su primera carta a los Corintios. El papa Francisco ha hecho un comentario detallado de este himno en la exhortación Amoris Laetitia. Lo aplica a los esposos, pero vale para todos: Nuestro amor cotidiano. Os invito a leerlo con calma.



Necesitamos personas que sepan conjugar estos verbos. Ver las necesidades de los demás, sentir compasión desde las entrañas, acercarse (no tener miedo al contagio), curar con el aceite del cariño y el vino de la alegría, vendar con ternura, acompañar, cuidar… ¿Es necesario hacer algún curso en alguna universidad para aprender a conjugar estos verbos? Los mejores hombres y mujeres los traen de serie y los van afinando con la práctica cotidiana. Los un poco ilustrados siempre corremos la tentación de practicar más el par de verbos levítico-sacerdotal: dar un rodeo y pasar de largo. Pero nunca es tarde para detenerse. Este domingo la palabra de Jesús es una invitación clara y delicada. 

No me olvido del vídeo de nuestro amigo Fernando Armellini. Algunos acabaréis aprendiendo italiano con sus explicaciones dominicales. O, por lo menos, un poco de exégesis, que nunca viene mal para enriquecer nuestra formación bíblica. 



Quizá este vídeo sin palabras ilustre con un ejemplo de hoy qué significa "ser humanos".