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sábado, 28 de mayo de 2016

Los cardos de la mediocridad

Amedeo Cencini es un sacerdote psicólogo muy conocido en Italia. Acaba de aparecer en español un libro suyo que remueve las conciencias. Su título es muy largo: ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales? Por si no fuera suficiente, le añade un subtítulo explicativo: Análisis y propuestas para la formación. Hay muchas cosas que me han llamado la atención, pero quizá la que más me ha hecho pensar ha sido una que Cencini resume así: “Los vergonzosos y despreciables abusos sexuales de algunos son efecto de la mediocridad general de todos en diferentes niveles”. Esta es una afirmación grave que se aplica al caso de los abusos sexuales pero puede extenderse a otras esferas de la vida social y eclesial; sobre todo, a la incultura de la corrupción. 

Llevamos años despertándonos con nuevos casos de corrupción que salpican a personajes conocidos de la vida social. Nos rebelamos contra ellos, expresamos nuestra rabia, pedimos que las personas involucradas sean juzgadas, que devuelvan lo que han robado, que se apliquen medidas ejemplares… Es una reivindicación justa y comprensible. Pero lo que más nos cuesta es reconocer que tal vez esos casos conocidos de corrupción no son más que la punta del iceberg de una mentalidad corrupta que afecta a una gran mayoría. En otras palabras: que la mediocridad general, la falta de escrúpulos, la cultura del triunfo, del enriquecimiento fácil, es el caldo de cultivo donde algunos más aprovechados se lucran. No es comparable la corrupción de un político elegido democráticamente, de un banquero o de un gran empresario con las pequeñas trampas que hace un profesional autónomo o un trabajador contratado, pero, en el fondo, nacen de la misma raíz: la falta de honradez y de responsabilidad social. Cuando la cultura del triunfo se coloca como aspiración suprema, no importan los medios para ganar más. Los listos y aprovechados encuentran en este ambiente su clima ideal. ¿Qué hacer?

Recuerdo que en un viaje que hice a la India hace diez años me quedé sorprendido por un discurso que el presidente de entonces, Abdul Kalam -ingeniero aeroespacial de profesión, musulmán de religión, formado en el colegio católico de St. Joseph's en Tiruchirappalli (estado de Tamil Nadu)- dirigió al parlamento de su país. No me acuerdo de las palabras textuales, pero, hablando a los niños, les dijo más o menos lo siguiente: “Vosotros estáis hartos de un país corrupto como el nuestro. Es muy probable que las generaciones de vuestros abuelos y de vuestros padres no cambien ya. Están demasiado marcadas por esta forma de entender la vida. Pero os pido a vosotros, niños, que cuando lleguéis a casa y observéis que vuestros papás no dicen la verdad o engañan, les digáis: el presidente Kalam nos ha dicho que si queremos hacer un país diferente, tenemos que ser honrados y decir la verdad. Basta de corrupción. Creo en el futuro, creo en una generación de personas honradas. Vosotros sois mi esperanza”.

¿Cuántas personas adultas podrían hablar en nuestro contexto occidental con la sinceridad y la grandeza moral del presidente Kalam? La mediocridad general, la falta de fuertes ideales y principios éticos, es el terreno en el que crecen los cardos de la corrupción, los abusos de todo tipo (incluyendo los laborales y sexuales), la explotación. No basta cortarlos, porque volverán a crecer mañana. Hay que roturar el terreno y luchar con fuerza en favor de una cultura de la verdad. Sin verdad y honradez no hay futuro.

miércoles, 2 de marzo de 2016

"Corruptio optimi pessima"

No me ha dado ahora por escribir en latín. Aunque quisiera, no podría hacerlo con soltura. Pongo como título esta conocida frase latina de san Gregorio Magno –que podría traducirse por “la corrupción de los mejores es la peor de todas”– para referirme a un asunto que indigna a los ciudadanos: la corrupción. Para la mayoría de mis compatriotas (el 77,9%), la mayor preocupación actual es el paro. Le sigue la corrupción, que ha pasado de un 38,8% (en diciembre de 2015) a un 39,2% (en enero de 2016). Creo que a esta subida ha contribuido el conocimiento de los numerosos casos que afectan, sobre todo, a los partidos políticos. Pero sin olvidar que también existe corrupción en la Iglesia. Cuando los que están llamados a liderar la sociedad o la iglesia son corruptos, la suya es la peor de todas las corrupciones.

Es cierto que las circunstancias ejercen sobre todos nosotros una gran presión. Si te mueves en un clima de honradez es más fácil ser honrado. Si, por el contrario, respiras al aire putrefacto de la corrupción, es probable que acabes cayendo en ella. Por eso es tan importante crear ambientes transparentes. Pero el nivel más profundo –como siempre– está en la conciencia. Este asunto me ha parecido misterioso desde que era niño. ¿Por qué algunos se dejan corromper con facilidad y otros tienen una enorme capacidad de resistencia?  ¿Se debe a los valores respirados e inculcados en la infancia? ¿Tiene que ver con alguna predisposición genética? ¿Se aprende a ser honrado? ¿Por qué el dinero es tan atractivo para la mayoría de las personas?

En esta Cuaresma presto atención a las palabras del papa Francisco en su bula Misericordiae vultus. Refiriéndose a la corrupción, escribe: 
“Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia” (Misericordiae vultus, 19).
El papa Francisco propone cinco antídotos:

  • Prudencia para saber ponderar las circunstancias, saber dónde nos metemos, acrisolar los criterios y calcular nuestras fuerzas.
  • Vigilancia para detectar como por instinto las personas, ambientes y ocasiones que nos pueden seducir y tratar de evitarlos.
  • Lealtad para ser fiel a las propias convicciones, obligaciones, y a los compromisos adquiridos.
  • Transparencia para dar cuenta escrupulosa del manejo del dinero, sin dilaciones ni subterfugios.
  • Coraje para denunciar los casos conocidos y de esta manera evitar que crezca la espiral de la corrupción.

Por mi parte, añadiría un antídoto que he percibido en las personas honradas: la alegría y la tranquilidad que proporciona el ser una persona de una pieza, sin dobleces y, por tanto, sin temor. Cuando es feliz con lo que es y tiene se inmuniza contra la tentación de tener más (nunca ser más) mediante el recurso a la corrupción en cualquiera de sus múltiples variantes.