Pasar de los 7 u
8 grados de Roma a los 34 de Malabo es un salto agotador. Lo sobrellevo
como puedo. Tras varias horas de vuelo y escalas en Adís Abeba (Etiopía) y Duala (Camerún), llegué
ayer a la capital de Guinea Ecuatorial a primera hora de la tarde. Menos mal que reservé el billete con Ethiopian Airlines porque Iberia hace semanas que ha suspendido los vuelos a este país. Las más de
quince horas de viaje se me hicieron muy llevaderas porque, en contra de lo que
suele ser habitual en los últimos años, encontré personas con las que estuve
hablando casi todo el tiempo. Aclaro que ninguna de ellas era de China, aunque el avión venía con un nutrido numero de pasajeros chinos. En el tramo Roma-Adís Abeba coincidí en la fila
del avión con dos jóvenes sicilianos que viajaban a Etiopía para recorrer
el país en un mes sin más plan que su instinto aventurero. Su extroversión mediterránea hizo que habláramos de lo divino y de lo humano durante varias horas y con gran espontaneidad. En el tramo Adís Abeba-Malabo me tocó al lado del encargado
de relaciones exteriores y cooperación internacional de la Soberana Orden
de Malta. Nos pasamos también el viaje hablando de muchos temas
actuales. Todos estábamos muy acostumbrados a viajar, así que no nos
resultaba difícil entablar un diálogo interesante con personas desconocidas. El
viaje de ayer es como el reverso de la entrada que dediqué a la
epidemia de la soledad. Como se ve, todavía hay hermosas excepciones a
la indiferencia generalizada.
El caballero de
Malta y yo coincidíamos en que el futuro de la humanidad pasa por África. No en
vano, parece que todo comenzó también aquí. En Etiopía se enorgullecen de tener
algunos fragmentos óseos de Lucy, el homínido encontrado
en 1974 cerca de Adís Abeba. Puede tener hasta tres millones y medio de años de
antigüedad. Por eso, el lema turístico de Etiopía es “Land of origins” (Tierra de los orígenes). Es como si aquí se
conservaran las esencias de la humanidad, las semillas de una revitalización de todo el planeta.
De hecho, a pesar de los muchos problemas que padece el continente, por todas
partes se respira pasión por la vida. Libres de la sofisticación de Occidente,
todo (el amor y el odio, la belleza y la podredumbre, la vida y la muerte) se
presenta como en estado original, sin el papel celofán de los convencionalismos
sociales. Por eso, uno se siente más espontáneo, ríe más y se olvida de muchas
menudencias que, en condiciones ordinarias, nos atrapan. En fin, el sueño y el
calor no me permiten extenderme más. Tal vez desde Bata me sea más fácil
explorar otros rincones.
Faltan dos horas
para mi vuelo Roma-Adís Abeba. Hay gente en el aeropuerto de Fiumicino, pero no
se ven aglomeraciones. No son muchos los que vuelan a estas horas nocturnas. Regreso a África
después del viaje a Kenia del pasado mes de noviembre; pero esta vez a la región occidental. Mientras compruebo la temperatura en Malabo (29 grados a esta hora de la noche),
veo en Internet que buena parte de España está cubierta de nieve. Son los
contrastes de la vida. Yo llevo mucho mejor el frío que el calor, pero no está
en mi mano elegir el tiempo que hace. Mientras espero con paciencia el embarque,
me viene el recuerdo del P. Joan
Sidera, que murió ayer en Barcelona con 99 años y que ha sido enterrado
hoy. Le faltaba poco más de un mes para cumplir un siglo. Era el más anciano de
los claretianos. Fue compañero de muchos de los mártires que fueron beatificados
el pasado mes de octubre. Con él se cierra una etapa de nuestra historia. Tuve
oportunidad de acompañarlo el año pasado cuando celebró los 75 años de
ordenación sacerdotal. Pocos presbíteros llegan a ese aniversario. Desde que se
jubiló como profesor de química, dedicó más de 30 años a la investigación sobre
san Antonio María Claret. Se puede decir que nunca dejó de trabajar. Murió con
las botas puestas.
El P. Joan Sidera
era un hombre física y mentalmente fuerte. Pero no es suficiente esta fortaleza
para explicar su longevidad y su enorme capacidad de trabajo. Alguien que llega
a ese nivel necesita bastante más que una buena salud. Era un hombre de recia
espiritualidad, forjado en tiempos duros. Le resultaba difícil comprender la
blandura con la que a veces vivimos hoy la fe. Pero su capacidad crítica fue
cediendo paso a una gran ternura, escondida en los pliegues de su personalidad
austera. Una vez le oí decir a un gerontólogo que los mayores se dividen en dos
grandes categorías: los viejos cascarrabias (en realidad, utilizó una palabra
malsonante) y los ancianos venerables. El P. Sidera tal vez tuvo algo de la
primera categoría en algunas fases de su vida, pero la segunda acabó
imponiéndose. Fue un anciano venerable y sabio. Contemplando su trayectoria,
comprendo mejor que sicut vita finis ita;
es decir, que morimos como vivimos. Alguien que fue capaz de mantenerse
fiel a su vocación en tiempos de persecuciones no puede morir mal. Su muerte no
ha sido un accidente inesperado, sino la culminación de una vida entregada, una
verdadera eucaristía.
Necesitamos
personas así para seguir creyendo que la fe no es algo absurdo, que es posible
llegar hasta el final de la existencia sin perder la confianza en Dios, que uno puede ser científico (él era químico) y profundamete creyente. Creer
con cien años, después de haber vivido tanto, nos cura de las insolencias
juveniles, de la autosuficiencia adulta, nos devuelve la seriedad de la vida. Confieso que mis grandes maestros son los
niños y los ancianos. Lo repito con frecuencia. Algunos no me creen. Les parece una boutade, pero es la pura verdad. La razón es sencilla: son los
más sensibles al misterio de la vida, o sea, a Dios. Los adultos nos creemos más
racionales, más críticos, más entendidos, pero casi siempre dejamos escapar lo
esencial, se nos escurre entre las manos. Estoy seguro de que el buen P. Joan
debe de estar sonriendo al leer estas notas escritas como a hurtadillas, con
nocturnidad, en el anonimato de un aeropuerto. A él le pido que me acompañe en
esta nueva aventura que hoy emprendo. A Dios le doy gracias a Dios por el testimonio de fe y de entrega del P. Joan hasta el final.
Estoy ultimando los preparativos de mi viaje porque esta noche vuelo a Guinea Ecuatorial, con escala en Adís Abeba, la capital de Etiopía.
Tecleo esta entrada mientras imprimo algunos materiales que voy a necesitar. El
tema de hoy lunes, memoria de santa Águeda,
una mártir siciliana del siglo III, me lo brinda un artículo que acabo de leer
sobre la
soledad de muchas personas, sobre todo ancianas. Nuestro estilo de vida
moderno no facilita la atención a quienes viven solos sin desearlo. Se trata de
viudos y viudas, de personas divorciadas o solteras, de ancianos y también de algunos jóvenes
que no tienen con quien compartir su vida. Imagino lo que supone pasar las 24
horas del día sin hablar con nadie, sin que nadie te pregunte cómo estás. Hay algunos contemplativos, hombres y
mujeres, que llevan una vida de silencio completo, pero se trata de una
vocación libremente aceptada. La soledad no es aislamiento sino plenitud,
comunión profunda con todo y con todos. El caso de los solitarios a la fuerza
es distinto. Para ellos la soledad no es un tesoro sino una epidemia que los va
corroyendo lentamente. Los seres humanos somos seres sociales. Sin comunicación
acabamos por no saber quiénes somos. Hace menos de un mes escribí una entrada
sobre la
pastoral del teléfono. Me sorprendió el alto número de visitas, cuatro
veces más de las que registra una entrada de un día cualquiera. Eso me hizo caer
en la cuenta de que soledad y comunicación son dos asuntos a flor de piel.
Hace veinte años, cuando
hacía algún viaje en avión, era normal conversar con los pasajeros más
próximos. Todavía me comunico con una persona que conocí en un viaje de Roma a
Hong Kong. Diez horas de viaje dan para mucho. Hoy es casi imposible. En la
mayoría de los casos los pasajeros no pasamos de un breve saludo inicial. Cada uno
se coloca sus auriculares, crea su propio mundo (escuchando música, viendo
películas, jugando) y se olvida de quienes están a unos centímetros. No he
visto mayor proximidad física y mayor distancia emocional que en la cabina de
los aviones. Es una metáfora de lo que vivimos en otros ambientes. De tal
manera nos hemos vuelto celosos de nuestra privacy
que, al final, hemos construido un muro que nos impide relacionarnos con los
demás y nos va aislando en nuestra burbuja. Siempre he creído que hay cinco
relaciones que nos mantienen vivos: con nosotros mismos, con los demás, con el
mundo (naturaleza y sociedad), con el tiempo (pasado, presente y futuro) y con
Dios. Si las cortamos o amputamos, acabamos muriendo. Muchos hace tiempo que
empezaron cortando la última. Dios no les dice nada. Luego le tocó el turno al
tiempo. Viven un eterno presente porque no creen en ningún futuro de plenitud (Imagine there’s no heaven, que cantaba Lenon) y la tradición no les interesa en absoluto. Poco a poco, estamos cortando también con el mundo y con los demás. Al final, acabaremos prisioneros de nuestro
propio yo: un egocentrismo narcisista y suicida.
¿Cómo abrir espacios y
tiempos para el encuentro? Este es el reto de las familias, las comunidades
religiosas, las iglesias, los pueblos y las asociaciones de todo tipo. La
epidemia de soledad solo se cura con el bálsamo del encuentro. Si nadie me
escucha, acabo por no saber quién soy. Si no escucho a nadie, estoy practicando
un homicidio colectivo. No basta enviar media docena de guasaps, ni siquiera mensajes más largos a través del correo electrónico
o de Skype. Necesitamos vernos las
caras, mirarnos a los ojos, abrazarnos y vivir la aventura del encuentro
interpersonal. Hemos sido creados para el encuentro. Todo lo que lo anule o
minimice se volverá tarde o temprano en contra de nosotros. Por eso me alegro
cada vez que me entero de que algunas personas han puesto en marcha iniciativas
para favorecerlo. Por eso me encanta sentarme a una mesa, compartir un café, un
té o una jarra de cerveza, olvidarme de todo lo que tengo que hacer, y dejarme
llevar por la magia de la conversación. Por eso me gusta escuchar a los
ancianos, aunque a menudo repitan lo mismo. Cada vez me aburren
más las reuniones de trabajo (donde lo funcional prima sobre lo personal) y
añoro las conversaciones interminables que tenía en mis tiempos juveniles. Hay
que volver a poner de moda la escucha. Todo lo demás puede esperar.
Imaginemos que una agencia de turismo nos propusiera vivir un día entero con Jesús. ¿Nos gustaría hacer la experiencia? Para no dejarnos llevar por la mera imaginación, Marcos reconstruye en el evangelio de este V Domingo del Tiempo Ordinario una “jornada tipo” en la vida del Maestro. En realidad, es una jornada sabática un poco prolongada que se despliega en cinco escenarios: la sinagoga, la casa de Pedro, la calle, el campo y el camino. En cada uno de ellos Jesús desarrolla una actividad distinta y nos muestra las dimensiones esenciales de la vida de todo seguidor suyo. En la sinagoga, ora con el pueblo y enseña. En la casa de Pedro, cura a su suegra, come, descansa, lleva una vida de familia. En la calle, frente a la puerta de la casa de Pedro, acoge y cura a los enfermos que se acercan. En el campo (en un “lugar despoblado”, para ser precisos), Jesús ora en solitario. Y por el camino, se dirige a las aldeas cercanas para seguir anunciando la buena noticia del Evangelio. Esta secuencia resulta en sí misma muy iluminadora. Quienes nos reconocemos como discípulos suyos estamos invitados a hacer lo mismo con las variantes propias de cada estilo de vida. También nuestra vida cristiana se expresa en la participación en las celebraciones comunitarias (sobre todo, en la eucaristía del domingo); en una vida familiar basada en el servicio; en el trabajo (con una atención especial a los más necesitados); en el silencio y la oración personal; y en la evangelización a través de los medios que están a nuestro alcance.
Teniendo en cuenta los
acentos de la primera lectura (extraída del libro de Job) y de la segunda (tomada de la primera carta de Pablo a
los Corintios), quiero detenerme en dos de los cinco ingredientes que
constituyen la “jornada tipo”: la
curación de los enfermos y la
evangelización popular. Los otros tres (oración comunitaria, vida familiar
y oración personal) pueden ser abordados en otra ocasión. La enfermedad es una
experiencia que, tarde o temprano, nos
afecta a todos. Cuando la padecemos nosotros mismos o las personas queridas nos sentimos débiles e inseguros. Si la enfermedad es incurable, entonces solemos rebelarnos contra el Dios que permite este “descenso a los infiernos”. La vida se desmorona hasta el punto de
parecer absurda. Muchas personas pierden la fe. El libro de Job cuenta esta experiencia trágica. Yo no hice el servicio militar, así que no puedo refrendar
con mi experiencia las palabras con las que comienza la lectura del libro de
Job: “La vida del hombre en la tierra es
como un servicio militar” (7,1). Entiendo un poco mejor las comparaciones
siguientes: “Sus días son los de un
jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, espera el
salario” (7,2). Creo que no hay en toda la literatura universal ninguna
obra que exprese con tanto desgarro el drama del mal como el libro de Job. Tendría que ser lectura obligada para cualquier persona que necesite verbalizar su rabia. Sentí
algo parecido leyendo el De profundis
de Oscar Wilde. A veces, después de haberle pedido a Dios con palabras que nos
libre del mal −lo
hacemos a menudo en el Padrenuestro: “líbranos
del mal” −, solo nos queda expresar nuestra rabia con
gritos y finalmente con lágrimas: “Escucha mi súplica, Señor, atiende a mi clamor,
no seas sordo a mi llanto” (Sal
39,13). Las lágrimas son la expresión más profunda −o más elevada− de un sufrimiento que no encuentra explicación.
¿Cómo se comporta Jesús ante el sufrimiento de la
gente? A diferencia de lo que solemos hacer nosotros, él no se pierde en
especulaciones científicas, filosóficas o teológicas, no pierde el tiempo analizando las causas y las
consecuencias. Nunca culpa a nuestro Padre Dios del mal que existe en el mundo. Jesús se acerca a quien sufre y le ayuda a
luchar y a confiar en Dios. Es curioso el modo lacónico como Marcos
describe la curación de la suegra de Pedro. Todo se condensa en tres verbos: se acercó, la tomó de la mano y la levantó.
Cada uno de ellos señala las tres etapas que los discípulos de Jesús tenemos
que seguir en nuestra lucha contra el mal. En primer lugar, tenemos que acercarnos
a las personas que sufren, no huir −como hacemos a menudo− por temor a no saber qué hacer
o qué decir. Ese acercamiento es ya un signo de la cercanía de Dios. En segundo
lugar, somos invitados a tomar de la mano,
a tocar a las personas, a bendecirlas, a creer que la acción de Dios pasa a
través de signos visibles. Por último, como hizo Jesús, tenemos que levantar
a las personas caídas. El verbo griego escogido por el evangelista Marcos es egéiro, que en el Nuevo Testamento se
usa para indicar la resurrección, el paso de la muerte a la vida. ¿Cómo sabemos
que una persona ha superado la prueba del mal? La respuesta que ofrece el
evangelio de Marcos es también muy clara: cuando
se pone a servir a las personas, como hizo la suegra de Pedro. El servicio es la mejor forma de dar las gracias. Hasta que no estamos en condiciones de
entregarnos a los otros y de replicar la cercanía que nosotros mismos hemos
experimentado, la curación no es completa.
De entre los muchos
servicios que podemos prestar, hay uno que llega al corazón de las personas y las transforma: el anuncio del evangelio. Este es el
segundo punto que quiero subrayar hoy porque a él se refiere la segunda lectura
de este domingo. No se trata de algo
opcional sino de una consecuencia lógica de la experiencia vivida. Pablo lo
expresa con nitidez: “Anunciar la Buena
Noticia no es para mí motivo de orgullo, sino una obligación a la que no puedo
renunciar” (1 Cor 9,16). Cuando experimentamos en carne propia que hemos
sido curados por Jesús −no necesariamente de una enfermedad
física, sino de cualquier otro mal de los que afligen la vida humana (el
absurdo, la desesperanza, el temor, el egoísmo, la tristeza)− entonces nos sentimos impelidos
a compartir esta experiencia con otros. No es un ejercicio de burdo proselitismo,
sino una expresión de amor: “Quiero que también tú seas curado, quiero que
experimentes la fuerza de Jesús”. Esta no es una profesión remunerada, como
pueden serlo otros trabajos, sino un ejercicio
de gratuidad: “Lo que habéis recibido
gratis, dadlo gratis (Mt 10,8). A quien se toma en serio este encargo y lo
hace confiado en Jesús, no le va a faltar nada necesario, aunque a veces
experimente carencias y pruebas: “Cuando os
envié sin bolsa ni alforja ni sandalias, ¿os faltó algo? Contestaron: Nada”
(Lc 22,35). La experiencia de los primeros discípulos es la misma que siguen
teniendo los evangelizadores de hoy.
Como veis, amigos del Rincón de Gundisalvus, este domingo viene inundado de mucha luz.
Jesús nunca nos defrauda. Por eso, no me extraña que los discípulos le
transmitieran a Jesús las expectativas de la gente: “Todo el mundo te busca” (Mc 1,37). Estas mismas palabras, a pesar
de las apariencias, se pueden pronunciar hoy. Estoy convencido de que muchos hombres y mujeres que no acaban de encontrarse satisfechos en la vida cambiarían su percepción
si pudieran tener una experiencia de encuentro
con Jesús. Lo que ocurre es que no siempre dan con personas que los acompañen suavemente hasta el Maestro. Anteanoche,
mientras leía las últimas páginas de la conmovedora autobiografía de Stefan
Zweig, escrita poco tiempo antes de suicidarse junto con su esposa, pensaba que
tal vez este magnífico escritor austriaco no hubiera llegado al extremo del
suicidio si hubiera podido vivir toda su aventura personal con Jesús. Él era un
judío no practicante, pero, al fin y al cabo, judío. Esperaba en un mundo nuevo que nunca acababa de llegar. Aunque austriaco de nacimiento, se sentía citoyen du monde. El antisemitismo de Hitler y la violencia de la segunda guerra mundial frustraron todos sus sueños de una Europa racional y unida.Consideró que el suicidio era la respuesta más lógica y honrada a tanta frustración. ¿Qué sentido tiene vivir en un mundo que ya no cree en la humanidad? Solo con Jesús comienza ya aquí el mundo que soñamos. Es
todavía una semilla, pero contiene en sí misma toda la fuerza transformadora
del reino de Dios. Solo cuando pasamos “un día con Jesús” nos damos cuenta de
este tesoro inmenso y somos capaces de dar un nuevo sentido a nuestra vida, incluso en momentos de prueba y sufrimiento. Os dejo, un domingo más, con el vídeo de Fernando Armellini.
Recuerdo que el año pasado tal día como hoy escribí sobre el “rosco
de san Blas”. Era un homenaje al viejo santo armenio a partir de mis
recuerdos infantiles. Este año prefiero dejar a san Blas tranquilo. Tengo
encima de mi mesa un libro que me ha acompañado desde junio de 1982 y que me
está pidiendo a gritos que lo deje hablar. Tiene las tapas rojas con incrustaciones
doradas. Consta de 520 páginas ya amarillentas por el paso del tiempo. El título
es tan común que no dice casi nada: Poesías Completas. Lo que lo
convierte para mí en una pequeña joya es el nombre del autor escrito en el
lomo: AntonioMachado, un poeta andaluz enamorado
de Castilla. El libro fue uno de los regalos que recibí el día de mi ordenación.
Desde entonces me ha acompañado en todos mis traslados. Se ha salvado de esa
selección natural que se produce cada vez que un misionero cambia de comunidad.
Lo considero un viejo amigo, un complejo vitamínico para momentos de fragilidad.
Lo he leído muchas veces a trozos, porque la poesía no se puede engullir de un tirón como
una novela. Al cabo de tanto tiempo he conseguido memorizar
muchas de sus piezas. Me ha echado una mano Joan Manuel Serrat con sus
canciones basadas en las poesías machadianas. Siempre es más fácil recordar un
texto cantado que leído.
Hoy me detengo en una de
las poesías más conocidas, la XXIX, extraída de sus Proverbios y cantares.
Dudo que haya alguna persona hispanohablante medianamente instruida que no la
conozca, al menos los versos “Caminante,
no hay camino / se hace camino al andar”. Transcribo el original español y
una versión italiana:
ESPAÑOL
ITALIANO
Caminante, son tus
huellas
el camino, y nada
más;
Caminante, no hay
camino,
se hace camino al
andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista
atrás
se ve la senda que
nunca
se ha de volver a
pisar.
Caminante, no hay
camino
sino estelas en la
mar.
Viandante,
sono le tue orme
Il
cammino e nulla più;
Viandante,
non esiste sentiero:
si
fa la strada nell’andare.
Nell’andare
si segna il sentiero
E,
voltando lo sguardo indietro,
si
scorge il cammino che mai
si
tornerà a percorrere.
Viandante,
non esiste sentiero,
solo
scie nel mare.
Antonio Machado parece un
escritor posmoderno avant la lettre,
un hombre que no cree ya en los caminos hechos, en las reglas inexorables de la
tradición. El camino es el que cada uno va haciendo a medida que anda. No hay
mojones fijos. Los únicos puntos de referencia son las propias huellas en la
tierra o las estelas de espuma blanca en el mar. Las primeras −las huellas− sirven para poco, ya que en la
vida no se puede dar marcha atrás: “Al
volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar”. Las
segundas −las estelas− son aún más inútiles porque se
disuelven en el agua del mar. No se puede confiar, pues, en ninguna referencia
externa. Debemos orientarnos por la brújula interna del propio corazón. Nos
guía el instinto de humanidad que todos llevamos de fábrica. Susanna Tamaro, una
escritora italiana de mi edad, dijo lo mismo con una novela que tuvo un gran
éxito y que yo leí con placer hace veinte años: Donde
el corazón te lleve. El título me suscita un haz de preguntas: ¿Adónde
nos lleva el corazón? ¿Tenemos dentro de él un GPS que nos señala la dirección
correcta en la vida, o vamos dando tumbos? ¿Da igual seguir cualquier senda?
¿Llevan todas al mismo sitio? Una vez más, pienso en Jesús. Él nos ha dicho que
“donde está tu tesoro allí está tu
corazón” (Mt 6,21). Eso significa que el GPS del corazón siempre apunta al “tesoro”
de nuestra vida, a lo que consideramos valioso, innegociable. ¿Cuál es nuestro
tesoro? ¿Es Dios? En ese caso, el mismo Jesús se presenta como el camino que
conduce a él: “Yo soy el camino” (Jn
14,6). No hay mejor GPS que Jesús mismo. Me permito transformar los versos del
admirado Machado, aunque siempre me produce un escalofrío alterar la obra de
los maestros: “Caminante, sí hay camino /
es Jesús nuestro radar”.
Os dejo con la versión
musical de Joan Manuel Serrat cuando era joven. Tiene una frescura contagiosa. Se la dedico a un gran amigo mío que hoy
cumple 55 años. Un hombre enamorado de la música que −como el viejo poeta
sevillano− nunca persigue la gloria ni pretende dejar en la
memoria de los hombres su canción, aunque ha compuesto muchas. Pero, sobre todo, es un caminante que se deja guiar en el fondo
del corazón por el GPS de Jesús en medio de las pruebas y encrucijadas de la vida. ¡Felicidades, amigo! ¡Queda mucho por andar!
Hacía mucho tiempo que un libro no me sacudía tanto como El mundo de ayer de Stefan Zweig.
Admiro tanto el contenido como la forma. Incluso la traducción castellana me
parece óptima. Comparto al cien por cien lo que el mismo Zweig escribe acerca
de cómo tiene que ser un libro para que resulte interesante: “En una novela, una biografía o un debate
intelectual me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco
claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura. Sólo un
libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta
el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo.
Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de
descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes
secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto,
demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos”. Zweig consigue
mantener el interés en cada frase. Mientras leo, tengo la impresión de que no
sobra nada. Aspiro a escribir así. Mi origen castellano me empuja a ser sobrio.
No he olvidado una anécdota que solía contar la escritora Carmen Martín Gaite,
a quien también admiro. Decía que había aprendido a decir mucho con poco (non multa sed multum) escuchando a los pastores y campesinos de Castilla. Una vez, siendo niña,
salió a dar un paseo por el campo con su padre. Sin saber cómo, perdió a su
padre de vista. Se sintió acongojada. Al toparse con un pastor que cuidaba a su
rebaño, le preguntó si había visto por casualidad a su padre. Con el paso del
tiempo, la respuesta que el pastor le dio a la niña Carmen le parecía a la adulta Martín
Gaite un ejemplo soberbio de precisión y brevedad. La frase estaba formada por nueve monosílabos
y una palabra bisílaba: “Si pasó no lo
sé, mas yo no lo vi”. No se podía
ofrecer más información con tan pocos vocablos.
Tengo un amigo periodista
que siempre se queja de la verborrea que observa en muchas homilías dominicales.
Su juicio es implacable. ¿Por qué hay sacerdotes que hablan durante veinte
minutos cuando todo se podría resumir en cinco y resultaría más incisivo? Vivo
en un país, Italia, en el que se cultiva el arte de la palabra. Desde los niños
a los adultos, todos hablan mucho y bien, aunque a veces se tenga la sensación
de que la abundancia de palabras es una forma de ocultar la ausencia de pensamiento:
“Il pensiero può mancare, la parola mai”
(“puede faltar el pensamiento, pero nunca la palabra”). Cuando por curiosidad
escucho durante algunos minutos algunos programas radiofónicos o televisivos en
los que se habla, se habla, se habla… enseguida tengo que abandonarlos porque
me producen tal saturación que hasta me cambia el humor. ¿No podríamos hablar
menos y pensar y hacer más? ¿No podríamos hablar menos y gozar del silencio? En el caso
de la liturgia cristiana me parece evidente. Aborrezco las celebraciones en las
que todo se explica y se comenta, en las que no hay tiempo para “escuchar” el
silencio.
Escribo estas cosas en el
día en el que, coincidiendo con la fiesta
de la Presentación del Señor, la Iglesia celebra también la Jornada
Mundial de la Vida Consagrada. Los Misioneros Claretianos tenemos cuatro
Institutos dedicados a profundizar en la teología de esta forma de vida en la
Iglesia: Madrid (España), Roma (Italia), Manila (Filipinas), Bangalore (India). Próximamente abriremos el
quinto en Abuja (Nigeria). Estamos comprometidos con la formación de los
hombres y mujeres que han recibido el don de vivir hoy el mismo estilo de vida
de Jesús mediante la profesión de los votos de castidad, pobreza y obediencia,
la vida en común y una misión al servicio de la Iglesia y del mundo. En
realidad, los religiosos somos una pequeñísima minoría en la Iglesia. Creo que
no llegamos al 0,01% de todos los cristianos. Hemos recibido infinidad de
carismas, pero hay un rasgo en común: quisiéramos
que nuestra vida fuera nuestra palabra. O, dicho en cristiano: que nuestra
vida consagrada a Dios fuera más elocuente que cualquier otra palabra que
podamos pronunciar. En un mundo saturado de palabras, enfermo de verborrea, es
necesario que unos cuantos miles de personas se esfuercen en hablar, sobre todo, con
los hechos. Y algunos de ellos, quienes han recibido el don de la
vida contemplativa, con el silencio hecho forma de vida.
Aunque aquellos días de octubre la agenda estaba repleta de compromisos, tuve tiempo para escribir algunas notas el
día después. Hoy vuelvo a recordar la beatificación de 109 mártires
claretianos que tuvo lugar en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona el 21 de octubre. No es un asunto pasado sino actual. Precisamente hoy, 1
de febrero, celebramos la memoria litúrgica de los beatos Mateu Casals (sacerdote), Teófilo Casajús (estudiante), Ferran Saperas (hermano) y sus 106 compañeros mártires.Es la
primeravez que lo hacemos. A cien
días de su beatificación, libre ya de las tensiones propias de aquellas jornadas de
octubre, me pregunto qué significa celebrar un martirio. Para muchas personas
se trata de un merecido homenaje a unas decenas de personas que fueron fieles a
sus convicciones. Así se expresan algunas de las autoridades civiles que hablan
en el vídeo que he colgado al final de la entrada de hoy. Aprecian la
coherencia de unos cuantos jóvenes y adultos en tiempos revueltos, como los que
se dieron durante la persecución religiosa que tuvo lugar en la guerra civil
española (1936-1939). Otras personas subrayan la solidez de sus creencias y
actitudes, que contrastan mucho con la liquidez de las nuestras ochenta años
después. No faltan quienes insisten en un rasgo que ha sido común a todos los mártires
cristianos desde el principio: el perdón. Es como si todos se hubieran puesto
de acuerdo para hacer suyas las palabras de Jesús en la cruz: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que
hacen” (Lc 23,34). Creo que, siendo realistas, no faltarán tampoco personas
a las que estos testimonios no les digan nada.
Un martirio es una
realidad tan exuberante y tan “fuera de lugar”, si se me permite esta
expresión, que no hay forma de despacharlo con cuatro palabras. Los mártires
son, ante todo, testigos. Confiesan, con palabras y con gestos, que hay una realidad que los supera y por
la que merece la pena dar la vida. Esa realidad es tan valiosa, tan absorbente,
que ninguna otra (libertad, seguridad, honor, placer) se la puede comparar. Para
los mártires cristianos esa realidad es Dios. En condiciones normales, los
mártires expresan su fe mediante un amor hecho de gestos cotidianos: orar,
servir a los demás, cumplir el propio deber, etc. Pero a veces se dan
circunstancias en las que la normalidad, y hasta la rutina, son sustituidas por
la anormalidad de la persecución y
las amenazas. Llegados a ese extremo, los mártires no hacen sino llevar también
al extremo su fe, su esperanza y su amor. Así que, en pocas palabras, los
mártires son creyentes que creen, esperan y aman “hasta el extremo”. Condensan
en pocas horas o minutos la carrera de la vida, aceleran su llegada a la meta. Esta
aceleración no es el resultado de una anomalía psíquica o de meras
circunstancias externas. Es el fruto de la acción del Espíritu Santo en ellos.
Solo movidos por el Espíritu de Jesús pueden configurar con él incluso en una
muerte violenta.
Hay días en los que me
dejo llevar por algunos temas deliciosamente frívolos. Si las entradas del Rincón de Gundisalvus abordaran siempre cuestiones
trascendentales, me quedaría sin lectores en una semana. Pero hay días −hoy es uno de ellos− en los que
cualquier frivolidad resulta insultante. En los 109 mártires no veo solo a un
grupo grande de hermanos míos. Veo a los millones de hombres y mujeres que, a
lo largo de la historia, han sido víctimas de la violencia y de los que nadie
hace memoria porque han sido sepultados por una capa de olvido. Leyendo la
trilogía sobre el cónsul Publio Cornelio Escipión o la autobiografía de Stefan
Zweig, por citar solo un par de libros recientes, caigo en la cuenta de que la historia
humana está regada con sangre, tanto en el siglo III antes de Cristo como en el
siglo XX e incluso en nuestros días. ¿Quién enjuga tantas lágrimas? ¿Adónde van
a parar tantas vidas masacradas por otros seres humanos? ¿Quién va a hacer
justicia? La beatificación de unos pocos mártires me recuerda que para Dios no
hay ni una sola vida despreciable, que ninguna se pierde para siempre. Me
vienen a la memoria las palabras del Apocalipsis: “(Dios) les enjugará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni
pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado” (21,4). Mirando a mis
109 hermanos beatos veo a todos los millones de hombres y mujeres que, muertos
a manos de otros seres humanos, viven en Dios. La memoria de los mártires nos
hace mirar al futuro porque “todo lo
antiguo ha pasado”. Los mártires son adelantados de los tiempos nuevos.
Os invito a ver este vídeo de media hora que recuerda lo celebrado el pasado día 21 de octubre de 2017.