domingo, 7 de enero de 2018

El último de la fila

Se acaba el tiempo de Navidad con nieve en mi pueblo natal y temperatura suave en Roma. Son los contrates meteorológicos, puros reflejos de los contrastes que se dan en la vida de todos nosotros. Hay días de tormenta y de sol, momentos alegres y tristes, tiempos de avance y de retroceso. Todos le pertenecen a Él, que es quien guía nuestra vida. Sin tiempo de transición, tras la solemnidad de la Epifanía, celebramos hoy (aunque no en todas partes) la Fiesta del Bautismo del Señor. Para mí resulta muy significativa porque fui bautizado el día que se conmemoraba esta fiesta, aunque en 1958 cayó el 12 de enero. ¿Dónde fue bautizado Jesús al filo de los 30 años? Según la tradición, en un lugar llamado Betábara, el vado por el que también el pueblo de Israel, conducido por Josué, atravesó el río Jordán y entró en la Tierra Prometida. El gesto de Jesús se relaciona, pues, con el paso de la esclavitud a la libertad, con el comienzo de un nuevo éxodo hacia la Tierra Prometida. Pero Betábara es un sitio famoso por otra razón más geográfica que teológica. Los geólogos aseguran que este es el punto más bajo de la tierra, en torno a 400 metros por debajo del nivel del Mar Mediterráneo. Imagino a Jesús, el Señor, descendiendo a esta sima geológica para expresar visiblemente que ha decidido bajar a los abismos del dolor, el sinsentido y el pecado, que no es un Mesías que se pasea por las cumbres del poder sino un Siervo que se pone en la fila de los pecadores. ¡El último de la fila! Comenzando desde lo más bajo, se solidariza con todos los sufrientes de la tierra, no deja a ninguno fuera. El suyo no es un mesianismo de arriba abajo, sino de abajo arriba.

En el relato de Marcos que leemos este año se ve con claridad que, cuando Jesús entra en el agua del Jordán, experimenta su condición filial: “Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»” (Mc 1,11). Todos nosotros, incorporados a Jesús por nuestro Bautismo con agua y Espíritu, descubrimos también la importancia de ser hijos. Solo un hijo que se sabe querido por el Padre puede pasar por la vida desplegando amor. Me encanta el modo como Pedro resume la vida de Jesús desde esta clave en un texto que leemos en la segunda lectura de hoy: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,37-38). ¿No os gustaría que si algún día alguien escribe una biografía de vosotros pusiera como título algo tan simple y bello como “Pasó haciendo el bien”? Hay millones de personas en el mundo que hacen el bien por donde pasan. A veces, a través de obras significativas, pero, de ordinario, mediante una sonrisa, un saludo, una palabra de ánimo, una mirada de reconocimiento, una llamada telefónica. Frente a tantas personas tóxicas, ellas descontaminan nuestro mundo con sus gestos de bondad. ¿Por qué es posible vivir así? No solo porque poseen un carácter bondadoso. La razón más profunda hay que buscarla en su experiencia de Dios. Cuando uno se sabe amado, cuando siente que sobre él o ella Dios ha pronunciado las mismas palabras que sobre Jesús (“Tú eres mi hijo amado”), entonces, sin violencia alguna, sin artificio, exuda bondad, transparenta el amor que ha recibido.

Entro hoy en la década de los 60 (la llamada década prodigiosa) con el corazón agradecido. Un amigo mío me ha felicitado con parte de un poema de Miguel de Unamuno que ha circulado estos días por las redes sociales: “Agranda la puerta, Padre, / porque no puedo pasar. / La hiciste para los niños, / yo he crecido, a mi pesar. / Si no me agrandas la puerta, / achícame, por piedad; / vuélveme a la edad aquella / en que vivir es soñar”. Hago mías estas palabras de Unamuno para pedirle a Dios que me ayude a vivir soñando, que no me haga tan realista que no sepa ir más allá de mis narices, que me permita otear el horizonte sin dejar de trabajar por el pan de cada día, que me haga más niño. Aprovecho esta efeméride para daros las gracias a los muchos amigos que cada día os asomáis a este Rincón y compartís conmigo el interés por la vida, la pasión por explorar nuevas preguntas, el vértigo de la fe. Es maravilloso saber que uno no camina solo. Muchas gracias. Os dejo con el vídeo de Fernando Armellini que explica con detalle el sentido de la fiesta de hoy.


sábado, 6 de enero de 2018

Se llenaron de inmensa alegría

La solemnidad de la Epifanía del Señor me pilla otra vez en camino. Cerca del mediodía, viajaré de Lisboa a Roma; o sea, que iré de Occidente a Oriente, siguiendo un trayecto inverso al de los magos. Tal vez nos encontremos por el camino, aunque dudo de que ellos hayan sustituido los camellos por el avión, así que tendremos que saludarnos a distancia. Las lecturas de esta fiesta, que en muchos países se traslada a mañana domingo, están sobrecargadas de símbolos. El año pasado expliqué algunos. Siempre me ha atraído la estrella más que los regalos de oro, incienso y mirra. Hoy me detengo en un detalle que me ha llamado la atención: los magos, al ver de nuevo la estrella tras el paréntesis de su visita a Herodes, “se llenaron de inmensa alegría”. Para entender de alguna manera esa alegría profunda que uno experimenta cuando encuentra lo que busca, basta contemplar los rostros de los niños en la mañana de un día como hoy o en las cabalgatas de ayer por la tarde-noche. ¿Cómo es posible que en un ángulo del salón de casa, o al pie de la cama, aparezcan los regalos que uno había pedido a los Reyes en su carta? ¿Cómo se las habrán arreglado para llegar a las casas de todos los niños? No sé si en algún otro momento de la vida llegamos a sentir una alegría tan admirativa como la que experimentamos la mañana de Reyes cuando somos niños. No encuentro otro símbolo mejor para expresar la alegría de la fe.

Si uno es capaz de alegrarse ante un balón, un coche, una muñeca, un dispositivo móvil, una bufanda, un libro o un frasco de colonia… ¡cómo debería ser nuestra alegría cuando barruntamos la presencia de Dios en nuestra vida! Sería una participación en ese gozo del Padre Dios que se alegra más “por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento” (Lc 15,7). Las personas que alguna vez se han sentido perdonadas por Dios saben de qué se trata. Es como si la historia personal comenzara de nuevo, como si todas las piezas encajasen en ese inmenso puzzle que es la vida personal, como si no hubiera necesidad de aparentar nada porque todo se vuelve transparente. La experiencia de la fe es siempre una experiencia de gracia. Y donde hay gracia (cháris) hay siempre alegría (chára). ¡Hasta la etimología griega nos ayuda a descubrir la relación profunda entre la experiencia de sentirnos queridos por Dios y el gozo que brota de ella! No se puede creer en un Dios que solo produce resentimiento, amargura y frustración. Ese no es el Dios de Jesús. 

Epifanía es la fiesta de la manifestación de Jesús al mundo entero. Los magos representan ese mundo plural que se pone en camino y busca. La tradición ha querido que uno venga de Europa, otro de Asia y otro de África. Hoy tendríamos que añadir un par de magos más (uno americano y otro oceánico) para expresar a cabalidad la geografía de nuestro mundo. Paseando por las calles de Lisboa, contemplando una población multicultural, doy vueltas a estos pensamientos. Jesús es patrimonio de la humanidad. No ha nacido para unos pocos privilegiados sino para todos. Él es el portador de la verdadera alegría. ¿Qué nos impide disfrutar del encuentro con él? ¿Por qué nos hemos vuelto tan suspicaces en algunos casos y tan indiferentes en otros? ¿Qué extraña autosuficiencia nos impide acercarnos a él con la sencillez de los pastores (los marginados de su tiempo) y de los magos (los científicos de la época)? ¿No es un poco absurdo abrevar nuestra sed en charcos de experiencias efímeras cuando se nos regala un manantial limpio, fresco y abundante? No necesitamos creyentes talibanes, empeñados en convertir a los demás a base de anatemas o anuncios extemporáneos, sino hombres y mujeres alegres, cuyo rostro iluminado sea el mapa que nos muestra el camino hacia Belén




viernes, 5 de enero de 2018

Otra Carta a los Reyes Magos

Llueve sobre Lisboa. La temperatura ronda los 13 grados. Dispongo de tiempo –esta vez sí– para escribir con calma, antes de mi regreso a Roma. Aquí en Portugal, como en otros muchos países, no hay tradición de celebrar los Reyes Magos. Los niños reciben sus regalos el día de Navidad. Yo, sin embargo, no puedo renunciar a mis raíces, así que, con un poco de retraso, voy a escribir mi carta a sus graciosas majestades por si todavía disponen de tiempo para satisfacer mis peticiones. No es necesario que recuerde mi peculiar relación con ellos, porque eso ya lo hice en mi larga carta del año pasado. La historia no cambia en doce meses. Así que, sin muchos preámbulos, iré al grano. Por otra parte, tengo la impresión de que los tres reyes son también hijos de este tiempo digital. No les gusta mucho leer mensajes demasiado largos. La mayoría de las cartas se reducen a un escueto mensaje de Facebook o a un jeroglífico en forma de guasap. Yo, que soy deudor de la era Guttemberg, me extenderé un poco más, aunque no demasiado, en mi nueva


Carta a los Reyes Magos

Lisboa, 5 de enero de 2018

Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:

Este año he decidido dirigirme a vosotros por vuestro nombre. Os confieso que lo de “reyes magos” me parece una contradicción. O se es rey con todas las consecuencias, o se es mago. Juntar ambas funciones me parece un poco indecoroso, casi un ejercicio de intrusismo profesional. Así que, vamos a dejarnos de monsergas protocolarias y a llamarnos por el nombre que la historia o la leyenda nos han dado a cada uno de nosotros. Yo soy Gundisalvus y vosotros sois, mientras un estudio de alguna ignota universidad norteamericana no lo remedie, Melchor, Gaspar y Baltasar. Espero que, a pesar del mal tiempo pronosticado para este fin de semana, consigáis llegar a todos los hogares con la puntualidad y discreción que os caracterizan. Yo procuraré recibiros también con hospitalidad y mesura en mi retiro lisboeta.

El año pasado os escribí desde el Perú. Ahora lo hago desde un rincón que siempre me ha atraído: Lisboa, la ciudad de la luz. Hoy parece no hacer honor a su nombre porque el cielo está cubierto y no para de llover. Eso sí, se trata de una lluvia menuda que casa bien con el tiempo en el que estamos. Os aconsejo proveeros de buenos impermeables y de paraguas generosos. A Melchor, sobre todo, dada su edad, no le conviene resfriarse. No están los tiempos para jugar con la salud. Por otra parte, en estas fechas los servicios públicos están colapsados con la epidemia de gripe

Dado que el año pasado me trajisteis la estrella que os pedí, cosa que os agradezco de corazón, porque me ha sido muy útil a lo largo de 2017, este año quiero pediros tres regalos que considero imprescindibles. Os aseguro que no los quiero para entretenerme o matar el tiempo. Son de esos regalos que sirven para algo; o sea, que más parecen artículos de primera necesidad que regalos para almacenar en un lugar escondido o para exponer en público. Espero que no tengáis muchos problemas para encontrarlos, aunque me temo que no se venden en los grandes almacenes sino solo en tiendas muy especializadas. Del precio prefiero no hablar porque me parece de mal gusto mencionar estas menudencias. Los regalos tienen nombres muy precisos, aunque tal vez se comercialicen con otras marcas en algunos países. Se llaman sensatez (creo que en Cataluña le dicen seny y que últimamente parece escasear, si bien ha sido un producto muy abundante en otras épocas), humanidad (no os extrañéis de que pida esto en tiempos transhumanos y a veces inhumanos como los nuestros) y esperanza (este producto puede ser sustituido por genéricos como capacidad de soñar, alegría, o incluso resiliencia, que en las últimas temporadas ha tenido mucho éxito, aunque parece casi agotado).

Os pido sensatez en primer lugar porque estamos perdiendo el oremus. Tras años de una relativa paz social, al menos en la vieja Europa, por todas partes están rebrotando extremismos de naturaleza étnica, religiosa, política y cultural. Pareciera que no sabemos aguantar la paz y la tolerancia más de cuarenta años. Consumidas dos generaciones, enseguida nos dedicamos a abrir otra vez la caja de Pandora. Motivos no faltan. Siempre hay una causa que defender, un grupo al que atacar o un objetivo metafísico que conseguir. Olvidamos que nada es tan sacrosanto que exija perturbar una convivencia construida a base de renuncias mutuas y de poner el acento en la argamasa que nos mantiene ligados. El sueño de una Europa unida, tras siglos de violencia absurda y fratricida, comienza a descoserse por algunas costuras. Me parece que quienes alimentan estos movimientos xenófobos y supremacistas no son conscientes del alto precio que pagaremos si regresamos a los tiempos de la autoafirmación. ¡Incluso muchos entusiastas del Brexit están ya tomando conciencia del error que supuso un referéndum tan visceral y poco sensato como el que condujo al aislamiento británico! La sensatez que os pido puede servirnos para atemperar un poco la explosión de los sentimientos que estamos viviendo en los últimos tiempos, la manipulación de las emociones, los chantajes afectivos. Si no me traéis un poco de sensatez, no sé si volveré a escribiros el próximo año. Y que conste que esto no es una amenaza sino solo un desahogo sentimental, que para eso estamos en plena feria de las emociones.

El regalo de humanidad lo necesitamos más que el aire que llena nuestros pulmones. Comenzamos perdiendo los hábitos de cortesía y acabamos golpeando a las personas o incluso asesinándolas. En los últimos días me han alarmado las noticias que hablan de asesinatos en el ámbito familiar. A veces, el arma homicida no es un cuchillo o una pistola sino la indiferencia. Nos refugiamos en nuestros auriculares para no saludar al vecino, pasamos por delante del dolor como quien contempla una excrecencia, nos habituamos a los juegos violentos, al lenguaje agresivo, al insulto, a la descalificación y a la calumnia. Es como si el planeta Tierra no pudiera albergar a casi ocho mil millones de seres humanos y todos pugnáramos por asegurar nuestro puesto a base de codazos o pisotones. Si no me regaláis un poco de humanidad, me temo que voy a engrosar el grupo de personas que consideran que la compasión y la misericordia constituyen el pasatiempo de los débiles. Los fuertes luchan siempre por imponerse, caiga quien caiga.

El último regalo es el elixir de la esperanza. ¿Con qué cara me levanto cada día si no sé si esto tiene arreglo o no, si vamos hacia alguna meta o estamos girando sobre el mismo eje como una peonza? Necesito que me ayudéis a caer en la cuenta de que, mientras unos miles de indeseables están haciendo lo imposible por destruir este planeta (el “nuevo orden mundial” lo llaman), millones de hombres y mujeres anónimos están reparándolo y construyéndolo cada día. Mientras el espíritu del mal siembra cizaña, el ángel bueno inspira pensamientos y acciones cargados de verdad, bondad y belleza. Necesito que me ayudéis a no sucumbir a la desesperación viendo cómo muchos jóvenes no encuentran trabajo, otros sucumben ante la droga y ancianos sin recursos malviven con una pensión miserable. Necesito no perder los nervios ante dos locos de atar como Donald Trump y Kim Jong-un, que parecen jugar a ver quién la tiene más larga (la despensa nuclear, se entiende), como si el mundo fuera el patio de una escuela. Sin esperanza, sin capacidad de soñar un mundo diferente, no vale la pena seguir luchando. Espero que no hayáis agotado las existencias y que todavía podáis dejar unos gramos a la puerta de mi cuarto.

Prometí ser breve, pero me he alargado más de la cuenta. Os pido disculpas. Confío en que hayáis tenido la paciencia de leer mi carta hasta el final. Me contentaré con que toméis buena nota de mis peticiones. Si no es posible concederme las tres esta noche, las podéis ir repartiendo a lo largo del año. Al fin y al cabo, no voy a consumir los productos en un solo día. Ninguno de ellos tiene fecha de caducidad.

Me despido de vosotros agradeciéndoos de antemano vuestra gentileza y el hecho de desplazaros este año hasta Lisboa cuando la capital portuguesa no forma parte de vuestros itinerarios habituales.

Vuestro incondicional amigo,

Gundisalvus

jueves, 4 de enero de 2018

Como la lluvia suave

Pasan las horas. El cielo sigue encapotado. Y la lluvia continúa cayendo suave sobre las lomas que rodean el santuario de Fátima. Es como si no quisiera perturbar el bisbiseo de las oraciones, sino sumarse a ellas con delicadeza. Me protejo con el paraguas y me lanzo sendero abajo. A veces, la lluvia viene un poco racheada y me moja. No me preocupa. Es fina. La humedad se seca pronto. Todo tiene un color grisáceo. A algunas personas este clima les produce una honda melancolía. Sin sol no se activan sus ganas de vivir. A mí me encanta el espectáculo de este orvallo sostenido. Empapa sin arrasar. Tras meses de sequía, con decenas de muertos a causa de los incendios forestales, Portugal recibe la lluvia del invierno con gratitud. Es como recuperar al comienzo del año su vocación atlántica, la fortuna de ser un país humedecido por las brisas que vienen del océano. Poco a poco, el manto vegetal deja de ser parduzco y se vuelve verde. Donde hay agua, hay vida.

En este contexto, ¿cómo no acordarse de la palabra de Dios? Es inevitable evocar el conocido pasaje del profeta Isaías: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié” (Is 55,10-11). También la palabra de Dios se asemeja a una lluvia fina que desciende sobre nosotros cada día. A menudo, apenas nos damos cuenta de su impacto en nuestra vida. No desciende como granizo demoledor, sino como agua suave que va empapando nuestra tierra. Sin que lo notemos, va germinando nuestro suelo para que produzca convicciones más hondas, sentimientos positivos, actitudes auténticas y conductas coherentes. Hay algunas personas que me confiesan con mucha sinceridad que les aburre leer la Biblia. Las comprendo muy bien. Sin una mínima formación, hay textos que se nos caen de las manos. Nos parecen residuos de tiempos pretéritos que no significan nada para los hombres y mujeres de hoy, mitos precientíficos sin ningún interés. Pero se puede empezar con una pequeña dosis diaria. Uno puede descargarse gratis en su dispositivo móvil (teléfono o tableta) una aplicación sencilla; por ejemplo Palabra y Vida. Basta teclear estas palabras en el buscador para dar con ella. Ofrece el evangelio de cada día y un breve comentario. En un par de minutos uno puede abrirse a esta lluvia fina cotidiana.

Las personas que se dejan empapar cada día por la lluvia de la Palabra de Dios experimentan lo mismo que las plantas regadas mediante el sistema de gota a gota: con poca agua crecen mucho. Una pequeña dosis diaria de la Palabra de Dios hace madurar espiritualmente más que muchas lecturas, aparentemente más sustanciosas y sugestivas. Es el poder transformador que solo posee la Palabra de Dios. No torna sin haber realizado su misión. Al cabo del tiempo, las personas que más nos conocen se sorprenderán de los cambios que se producen en nosotros. No se trata de conversiones espectaculares sino de un “sexto sentido” que nos permite discernir las cosas desde la voluntad de Dios, de una mayor sensibilidad a las realidades del Espíritu, una dilatada capacidad de entrega y de servicio, una alegría serena y sostenida en el tiempo, una actitud compasiva hacia las personas sufrientes y de una mayor disponibilidad para hacer lo que el Señor nos va pidiendo. Salvo en casos aislados, la Palabra de Dios no actúa como una tormenta impetuosa sino como esta lluvia suave que observo en el entorno de Fátima. ¡Ojalá el año 2018 esté regado por ella!



miércoles, 3 de enero de 2018

Le llaman Jesús

Hoy he tardado unas horas en colgar mi entrada diaria en este Rincón. La razón es sencilla. He esperado a presidir la eucaristía en la capilla de las apariciones –la célebre capelinha– en el santuario mariano de Fátima.  La celebración ha comenzado a las 12,30. Estábamos presentes 52 claretianos y numerosos peregrinos de varias partes del mundo. La misa y las lecturas han sido en portugués; la homilía, en español e inglés. Es increíble el magnetismo de este lugar. A pesar de estar en pleno invierno y de padecer un día lluvioso y desapacible, los peregrinos siguen afluyendo. ¿Qué buscan? ¿Por qué vienen? ¿Qué se les ha perdido aquí a los coreanos, indios o brasileños? ¿Por qué la Madre sigue convocando a tantos hombres y mujeres de todas las edades? ¿Qué tipo de orfandad padecemos en nuestro mundo? ¿Por qué anhelamos algo diferente? Mientras celebraba, miraba de soslayo los rostros de las personas que tenía enfrente y a los lados. Trataba de adivinar lo que estaba sucediendo en su interior. Me he olvidado de que una cámara fija, suspendida en el techo, estaba retransmitiendo en directo la celebración. Mirando a las personas, caía en la cuenta de sus reacciones. Algunas personas –una mujer oriental que tenía a mi izquierda, por ejemplo– sonreía cuando hablaba en inglés. Parecía disfrutar de la celebración. Otras respondían con energía, como queriendo afirmar su fe. Quizás algunas estaban demasiado ensimismadas en sus preocupaciones como para seguir el desarrollo de la liturgia. Creo que todos nos sentíamos a gusto en la casa de la Madre.

Yo hubiera querido celebrar hoy, 3 de enero, la memoria libre del Santísimo Nombre de Jesús, pero los encargados de la liturgia del santuario han escogido la misa de la feria, así que reservo para este blog algunas reflexiones sobre el nombre del hijo de María. Parece que en el arameo de principios del siglo I, su nombre era Yeshua, que significa salvador. A nosotros nos ha llegado a través del griego Iesous y del latín Jesus. Me llama la atención que en las lenguas europeas no se use este nombre para las personas. Se considera demasiado sagrado como para aplicarlo a gente corriente, aunque hay excepciones. En español, por ejemplo, hay muchos varones que se llaman Jesús (lo cual llama la atención en ámbito anglosajón). Hay también mujeres –aunque son muchas menos– que llevan el femenino Jesusa. En italiano, sin embargo, nadie se llama Gesù. Se consideraría casi blasfemo, pero abundan los Salvatore, que, al fin y al cabo, es lo mismo. El nombre expresa la identidad y anticipa la misión; por eso, es tan importante escoger un buen nombre para los hijos. Me sorprenden los padres que no se toman en serio esta tarea o que escogen nombres un poco estrambóticos o grotescos. Es como si estuvieran condenando a sus hijos a no saber quiénes son y qué misión les aguarda en la vida. Los cristianos disponemos de un abundantísimo y bello catálogo de nombres como para no tener que depender de los usados por los últimos cantantes, deportistas o actores de moda. A veces, cuando he saludado a algunos jóvenes, me he preguntado qué secreto pecado habían cometido para que sus padres los hubieran castigado con nombres tan absurdos. En fin, aunque solemos decir que de gustibus non est disputandum, también solemos añadir que “hay gustos que merecen palos”. O, por lo menos no nos pongamos violentos– un poco de reflexión.

Os dejo con un poema y dos vídeos que a mí me gustan. El poema está escrito por el anciano obispo claretiano Pere Casaldáliga, que todavía vive en São Félix do Araguaia, en el Brasil. Es un canto emocionado al Jesús al que ha consagrado su vida. El primer vídeo reproduce un antiguo tema musical “Le llaman Jesús” de Palito Ortega, interpretado por el incombustible Raphael. En su momento, me encantó. Ahora me resulta un poco demodé. El segundo vídeo es una composición del grupo Ain Karem. Se llama simplemente “Jesús”. Tanto la melodía como el texto me resultan muy sugestivos. aunue las imágenes no son de calidad. Vale la pena verlos y escucharlos. Jesús siempre está ahí, haciendo honor a su nombre.

¡Señor Jesús!
Mi Fuerza y mi Fracaso
eres Tú.
Mi Herencia y mi Pobreza.
Tú, mi Justicia,
Jesús.
Mi Guerra
y mi Paz.
¡Mi libre Libertad!
Mi Muerte y Vida,
Tú,
Palabra de mis gritos,
Silencio de mi espera,
Testigo de mis sueños.
¡Cruz de mi cruz!
Causa de mi Amargura,
Perdón de mi egoísmo,
Crimen de mi proceso,
Juez de mi pobre llanto,
Razón de mi esperanza,
¡Tú!
Mi Tierra Prometida
eres Tú...
La Pascua de mi Pascua.
¡Nuestra Gloria por siempre
Señor Jesús!







martes, 2 de enero de 2018

La explosión de los sentimientos

Lisboa a comienzos del nuevo año sigue teniendo el encanto de siempre. La temperatura es suave. La gente ha vuelto ya al trabajo. Se lo he preguntado al taxista que me ha traído del aeropuerto a casa. Me ha dicho que hay que empezar cuanto antes, que ya ha habido muchos días de fiesta… para dar rienda a los sentimientos de alegría, tristeza, melancolía, soledad, entusiasmo y alborozo. Esto último es, naturalmente, fruto de mi cosecha. No atribuyamos a los taxistas lo que no han dicho. En tiempos de frío racionalismo he sido un defensor de nuestro lado emocional. Sigo creyendo que “lo afectivo es lo efectivo”. Durante años he dirigido talleres sobre los niveles de comunicación. Hemos aprendido a pasar del nivel de la mera cortesía (1) al de la información (2). Hemos trabajado también el nivel de la opinión (3) y hemos caído en la cuenta de la sutil barrera que lo separa del nivel de los sentimientos (4). No es lo mismo decir “yo creo que” que decir “yo siento que”. En el primer caso comunicamos opiniones, juicios, pareceres. En el segundo nos aventuramos a revelar algo de nuestro fondo emocional. La comunicación se vuelve más profunda y auténtica. Un sentimiento es una reacción emotiva, automática, ante un estímulo de la realidad. Es una fuerza increíble que puede construir y destruir. Si no pasa el filtro de la racionalidad para orientar su curso, fácilmente se convierte en un caballo desbocado que produce más mal que bien.

Las Navidades son una feria de sentimientos. Quizás los únicos que se sienten completamente a gusto, a su aire, son los niños. Es su fiesta. La desean a lo largo del año. Se establece una secreta complicidad entre ellos y el Niño de Belén, dejando fuera a los adultos, como si nosotros hubiéramos perdido la capacidad de captar su esencia y la hubiéramos reducido a un rito anual de cartón piedra. Nosotros, a diferencia de los más pequeños, nos debatimos entre una nostálgica (e imposible) vuelta a la infancia y un odio civilizado a unos días que nos desconciertan. Muchas amas de casa, que hacen llamadas telefónicas para felicitar a sus familiares y amigos, acaban hartas de preparar menús, organizar fiestas y lavar vajilla. Muchos jóvenes van de resaca en resaca, como si el único villancico adecuado a su estado de ánimo fuera ese de “Beben y beben y vuelven a ver los peces en el río…”. Bastantes adultos naufragan en sentimientos de tristeza que no saben exorcizar sino a base de champán y más horas de televisión y de sueño, aunque hayan dicho cientos de veces Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo. ¿Se puede ser feliz por imperativo del calendario o por el número de felicitaciones recibidas? ¿Y si todo fuera un despliegue de sentimientos fuera de control? ¿Y si faltara un mínimo de racionalidad para vivir estas fechas con emoción, sí, pero, sobre todo, con una clara conciencia de lo que celebramos?

Quizás estamos viviendo en los últimos años una eclosión sentimental que se manifiesta en el campo político, afectivo, artístico y deportivo. Nos parece que no hay nada más auténtico que un sentimiento en estado puro.  Cuanto más salvaje, mejor. Por eso decimos frases rotundas: “Yo me siento esto o lo otro”. Reivindicamos respeto para lo que sentimos y lo elevamos a la categoría de un dogma incuestionable. Creemos que nadie puede tocar nuestros sacrosantos sentimientos, aunque sean negativos o incluso perversos. Lo que proviene de las vísceras se ha elevado al grado supremo de verdad.  En caso de que alguien quiera introducir un poco de racionalidad, contraatacamos con otro sentimiento para añadir más leña emocional al fuego que ya arde: “Me siento incomprendido, agredido, etc.”. Es el chantaje de las emociones con el que pretendemos frenar en seco cualquier discernimiento objetivo y sensato. Este es unos de esos engaños homicidas a los que cíclicamente sucumbimos. Un sentimiento es una fuerza enorme, arrolladora. No es ni bueno ni malo (juicio moral), pero puede ser positivo (si me construye como ser humano)  o negativo (si me destruye) (juicio psicológico). Es como un barco que desarrolla una velocidad de muchos nudos. Todo depende de cómo manejemos el timón, de hacia dónde lo dirijamos. Un sentimiento sin control, por profundo y auténtico que parezca, acaba empotrando nuestra barca en los acantilados de los celos, el resentimiento, la soberbia o la melancolía. Bien gobernado, un sentimiento promueve lo mejor de nosotros mismos. Nos lleva a puertos bonancibles y a playas serenas. Nunca es tarde para aprender algunas normas elementales de navegación si no queremos repetir una y otra vez los mismos errores. No sé si esto tiene mucho que ver con la Navidad, pero es lo que me viene a la mente al comienzo del nuevo año. Por cierto, una vez más, feliz y sentimental (dentro de un orden) 2018.



lunes, 1 de enero de 2018

Vale más bendecir

No sé cuántos ríos de champán habrán corrido por el mundo en las últimas horas para brindar por el nuevo año 2018. Desde Sidney hasta Los Angeles se han multiplicado las fiestas y celebraciones. Yo he decidido empezarlo con María. Echando la vista atrás, caigo en la cuenta de que he escrito varias veces sobre ella en los últimos días. No se puede entender el misterio de la Navidad sin la presencia silenciosa de la madre. Por eso, en la liturgia cristiana, a los ochos días del nacimiento de Jesús, se celebra la solemnidad de María, madre de Dios. Ella es la que sabe acoger el Misterio, guardarlo en el corazón, convertirlo en tesoro, dejarse transformar por él. No siempre entiende lo que sucede, como les sucederá después a los discípulos de Jesús. Pero no se rebela. Calla, medita y espera. Solo las personas sabias saben esperar. Los demás no aguantamos el tiempo de Dios. Nos desesperamos. Queremos dominar el tiempo, ser sus dueños y controladores. María sabe que el tiempo le pertenece a Dios y que de Dios solo vienen bendiciones. De hecho, ella es “la bendita del Señor”, como la llama su prima Isabel.

El año comienza con una gran bendición. Dios “habla bien” (ben-dice) de cada uno de nosotros al comienzo de este 2018. Es como si, un año más, empezara el Génesis y Dios viera que todo está bien. Esta actitud positiva de Dios nos contagia a nosotros. No sabemos lo que va a depararnos este nuevo año, pero la liturgia nos invita a vivir todo como una bendición, nunca como una maldición. Por eso, Pablo insiste en que convirtamos esto en una actitud permanente: “Bendecid y no maldigáis” (Rm 12,14). Incluso cuando tendríamos motivos para actuar de otro modo, la Palabra de Dios es tenaz: “No devolváis mal por mal ni injuria por injuria sino todo lo contrario: bendecid, ya que vosotros mismos habéis sido llamados a heredar la bendición” (1 Pe 3,9). Siempre me ha llamado la atención la facilidad con la que en Latinoamérica se habla de bendiciones. Es frecuente que la gente te diga: “Que Dios le bendiga”. Otras veces, si saben que eres sacerdote, suelen repetir: “Bendígame, padre”. En Europa hemos perdido la cultura de la bendición. Nos parece inútil. No creemos en la eficacia de nuestro bien-decir, quizás porque no creemos mucho en la eficacia del bien-decir de Dios. Necesitamos mucha humildad para dejarnos transformar por el poder de la Palabra. 2018 puede ser un año en el que aprendamos a quejarnos menos y a ver siempre el lado positivo de la vida.

El año se abre también con la LI Jornada Mundial de la Paz. Este año el mensaje del papa Francisco está dedicado a los Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz. Nos abre los ojos sobre un problema que es tan antiguo como la humanidad. Siempre los hombres y mujeres han emigrado por razones bélicas, económicas, etc. ¿Cómo afrontar este fenómeno con humanidad? Nos invita a conjugar cuatro verbos en relación con las personas que se ven obligadas a salir de sus países en busca de una vida mejor: acoger, proteger, promover e integrar. Me siento un poco mal escribiendo estas cosas después de una fiesta serena y entrañable. Brindar por el nuevo año cuando millones de personas se enfrentan a él en la indigencia o la incertidumbre me produce un sentimiento de malestar. La felicidad nunca es plena cuando “los nuestros” –es decir, cualquier ser humano– no puede vivir con dignidad. Jesús, José y María también fueron refugiados.  Experimentaron en carne propia el desgarro de salir de su país y buscar refugio en otro. Por eso, hoy les pido que intercedan por los millones de personas que están viviendo en esta situación. 

A los amigos del Rincón no os deseo solo un próspero Año Nuevo, sino, ante todo, la bendición de Dios para este nuevo año.