jueves, 21 de diciembre de 2017

María nos visita

Hoy comienza el invierno a las 17:28 (hora de Europa central). Durará 88 días y 23 horas. En el hemisferio sur da comienzo el verano. Precisamente hoy, a cuatro días de la Navidad, la liturgia nos presenta el evangelio de la visita de la joven María a su prima Isabel. El texto no indica con precisión dónde vivían Zacarías e Isabel. Se limita a decir que en una ciudad de Judá, en la región montañosa. La tradición, con algunas oscilaciones, ha identificado esta ciudad con la actual Ain Karem, una pequeña localidad situada a unos seis kilómetros al oeste de Jerusalén. Su nombre significa fuente del viñedo. María llegó aquí desde Nazaret. Cubrió los 160 kilómetros que separan ambos pueblos con presteza, según el evangelio de Lucas, movida por su afán de servir a su prima Isabel. Es este el primer mensaje que transmite este bello rincón: María es una experta en el servicio. También  hoy ella sigue poniéndose en camino para ayudar a quienes experimentamos necesidades. Una antigua oración se dirige a María en estos términos: "Acuérdate,¡oh piadosísima, Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu auxilio haya sido abandonado de Ti".

Acostumbrado a la aridez de Judea, el peregrino se sorprende de la belleza suave de Ain Karem. Sin ningún esfuerzo imagina a María subiendo la ladera que conduce al lugar donde hoy se alza la iglesia de la Visitación. La imagina yendo a la fuente que está en el valle. La imagina, sobre todo, cantando el Magnificat, ese bello cántico que Lucas pone en labios de María y que el peregrino encuentra escrito en muchos idiomas, en un muro situado a la derecha de la iglesia. Desde Ain Karem se entiende mejor cómo es el Dios en el que María cree. Es un Dios que se fija en los pobres y que mantiene su misericordia de generación en generación. En el lugar hay dos iglesias superpuestas, diseñadas por el terciario franciscano A. Barluzzi y decoradas con frescos de C. Vagarini. Los de la iglesia superior representan el concilio de Éfeso (donde se proclamó la maternidad de María), las bodas de Caná, María protectora de las huestes cristianas en la batalla de Lepanto y Duns Scoto defendiendo la Inmaculada Concepción. Son testimonios que confirman el hecho de que todas las generaciones han llamado bienaventurada a esta mujer a la que Isabel saludó con palabras que, desde entonces, todos los cristianos repetimos: Bendita tú entre las mujeres.

En vísperas de la Navidad, vuelto a Roma tras una semana fuera, caigo en la cuenta de que María sigue visitándonos a cada uno de nosotros. Quizás es esta una de las funciones más bellas de la Virgen: visitar a sus hijos e hijas dispersos por el mundo. Las llamadas apariciones tendrían que ser interpretadas como visitaciones. Es como si María prolongara en la historia la primera gran visita a su pariente Isabel. María nos visita cuando nos sentimos solos, desorientados, preocupados, enfermos, moribundos. Pero también cuando experimentamos el lado amable de la vida, cuando disfrutamos del milagro de levantarnos cada mañana y celebramos cada pequeño paso. En realidad, las visitas de María son siempre anticipos de la Navidad porque ella trae en su seno a Jesús. Cada vez que ella se acerca a nosotros nos está acercando a Jesús. Creo que hoy es un día muy adecuado para meditar sobre estas visitas que nos producen tanta alegría. En todos los creyentes se acumulan los espacios y tiempos en los que hemos sentido muy cercana la presencia de María. Cuando ella está surge en nuestro interior una alegría profunda, contagiosa, que no es comparable a la euforia que nos producen otras experiencias humanas. ¡Ojalá sea esta alegría el mejor anticipo de la Navidad que está a punto de llegar!

domingo, 17 de diciembre de 2017

En todo, "gaudete"

Parece que no es de buen gusto hablar de la alegría cuando estamos circundados de desgracias. Pero, imperturbable al desánimo, cada año el Tercer Domingo de Adviento nos lanza el mismo mensaje: “Alegraos en el Señor” (Gaudete in Domino). De ahí el nombre de este domingo. Por si no fuera suficientemente claro, el apóstol Pablo añade: “Os lo repito, alegraos en el Señor”. Suena a imperativo categórico cuando, en realidad, se trata de un indicativo cristiano: “Tenéis muchos motivos para alegraros en el Señor”. Las palabras del apóstol son una invitación a tomar conciencia de las muchas cosas que funcionan bien en nuestra vida, de los infinitos dones que hemos recibido, de la gracia que nos envuelve. Hace muchos años, un amigo mío inglés me envío una felicitación de cumpleaños con este escueto mensaje que recuerdo de memoria: “See grace beneath the surface of life”. Mi amigo me invitaba a prestar atención a la gracia que está siempre actuando “bajo la superficie de la vida”. Quienes tienen esta capacidad de ver en profundidad siempre están alegres. Quienes nos movemos en ámbitos más superficiales batallamos cada día para no dejarnos dominar por la tristeza. Motivos no faltan.

Las personas alegres miran al pasado (para agradecer todo lo recibido), contemplan el presente (para no pasar por alto “el pan nuestro de cada día”), pero, sobre todo, lanzan la mirada al futuro. Visualizan, imaginan lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman. La promesa de un futuro de plenitud arroja tanta luz sobre la niebla del presente que permite disipar las tristezas que a menudo empañan una vida serena y feliz. Jesús es esa luz que disipa la niebla. Y Juan, el precursor, es “el testigo de la luz”, como lo presenta el evangelio de este domingo. Imagino que entre los amigos del Rincón hay muchos conductores. ¿Cómo os sentís cuando tenéis que guiar vuestro vehículo por una carretera cubierta de niebla espesa? Uno va con cien ojos. Es difícil calcular las distancias. El cuerpo se tensa. En cualquier momento puede presentarse un peligro. No es fácil reaccionar. Cuando, por fin, la niebla se disipa y aparece el sol es como si volviéramos a nacer. Respiramos. La conducción se torna placentera. Comenzamos a cantar.

Hoy vivimos un tiempo un poco neblinoso. No vemos con claridad muchas cosas. Llevamos décadas diciendo que estamos viviendo el ocaso de las ideologías. A veces perdemos de vista el horizonte. No sabemos si nos dirigimos a algún sitio o simplemente vamos conduciendo hasta que el vehículo se quede sin combustible. Nos da la impresión de que estamos rodeados de peligros. Nos ponemos tensos. Hasta nos parece que tal vez no ha merecido la pena ponernos en camino. ¡Qué hermoso es contemplar entonces a Jesús como luz! Esta es la experiencia maravillosa que nos propone el tiempo de Adviento y, con mucha más fuerza, el tiempo próximo de Navidad. Quien se encuentra con Jesús experimenta una alegría que nada ni nadie le puede arrebatar. Es una alegría que no depende de las vicisitudes del camino. Aunque vuelva otra vez la niebla, llevamos incorporado un GPS que nos va mostrando el camino. La conducción se torna más segura. Sí, tenemos muchos motivos para vivir la alegría. No es una obligación sino un fruto de la experiencia de un encuentro. La alegría del Señor es nuestra fuerza. ¡Ojalá podamos experimentarla en este domingo!

sábado, 16 de diciembre de 2017

Te doy mi palabra

Soy un enamorado del lenguaje. Creo en su poder transformador. Si se banaliza, se convierte en parole, parole, parole… puro flatus voci. Si se carga de verdad, es una bendición. Sirve para engatusar y emocionar, para amenazar y consolar, para desorientar y aconsejar, para frenar y estimular, para maldecir y bendecir. Una frase corta (“Te odio”) puede matar a una persona. Es más dañina que una bala. Pero otra frase corta “(“Te amo”) puede ponerla en pie. No hay medicina más eficaz. Porque la palabra humana es un arma de doble filo, necesitamos aprender a usarla bien. Cada día nos estamos entrenando un poco. Las personas que saben desarrollar el poder creador de la palabra construyen el mundo. Las que utilizan la palabra como una bomba de odio y rencor lo destruyen. Las malas palabras son como una guerra mundial a trozos. Quienes han recibido el carisma de la bendición, quienes pronuncian palabras afirmativas, transforman más el mundo que quienes se dedican a construir carreteras o poner inyecciones porque la palabra es creadora de identidad, llega al corazón de las personas, penetra en el santuario de la conciencia.

El capítulo 3 de la carta de Santiago es una pequeña joya. Os invito a leerlo entero en el enlace anterior. Nos regala pistas para el buen uso de la palabra. Comienza reconociendo una verdad como un templo: “Todos fallamos muchas veces: el que no falla con la lengua es varón cabal, capaz de frenar todo el cuerpo” (v. 3). Después sigue describiendo los efectos de la lengua para llegar a una conclusión un poco desalentadora: “La lengua nadie la logra domar: mal infatigable, lleno de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor y Padre, con ella maldecimos a los hombres creados a imagen de Dios” (8-9). Examinando el lenguaje de los políticos, por ejemplo, uno cae en la cuenta de las distorsiones y manipulaciones de las conciencias que pueden hacer mediante un uso torticero de la palabra. Es increíble cómo algunos, aunque vendan humo, consiguen enardecer a las masas. Otros, aunque canten con claridad las verdades con claridad meridiana, no son escuchados, quizá porque cada uno escuchamos lo que queremos oír. O porque la mentira es a menudo más empalagosa que la verdad. Sin embargo, solo la verdad nos hace libres. Conviene no olvidarlo nunca, sobre todo en momentos de confusión personal o delirio colectivo.

Todo esto viene a cuento para acentuar solo una cosa: la hondura de la expresión “Te doy mi palabra”. Cuando decimos esto no estamos afirmando que le estamos entregando a nuestro interlocutor un vocablo sonoro y eufónico, sino que nos estamos entregando nosotros mismos. La palabra es lo más valioso que tenemos: es expresión de nuestra propia identidad. Te doy mi palabra equivale a decir: puedes contar conmigo, fíate de mí, estoy a tu lado, no te voy a fallar. Los hombres y mujeres cabales son personas “de palabra”; es decir, confiables. Por el contrario, cuando decimos de alguien que no es hombre o mujer “de palabra”, queremos decir que no nos podemos fiar. Faltan menos de diez días para la Navidad. El miércoles escribí que sin Adviento no hay Navidad. ¿Cómo transformar estos días en una preparación para acoger a la Palabra “hecha carne” (Jn 1,14). La Navidad es el saludo de Dios al mundo. Él nos dice con toda verdad: “Te doy mi Palabra”; es decir, te doy todo lo que soy y tengo: mi propio hijo. Por eso, podéis fiaros de mí. No soy un Dios arbitrario que juegue al escondite: ahora sí, ahora no. Os he dado mi Palabra. El pacto no se rompe porque “la palabra de Dios permanece para siempre” (Is 40,8; 1 Pe 1,25). Todavía hay tiempo para acoger con serenidad y gratitud este mensaje.

viernes, 15 de diciembre de 2017

El "tercer rey"

El martes pasado asistí a una interesante conferencia en la embajada de España ante la Santa Sede, ubicada en el magnífico Palacio de España de Roma. En realidad, se trató de tres miniconferencias de unos veinte minutos cada una. El motivo era la presentación de la novela histórica “El tercer rey”, escrita por el jesuita Pedro Miguel Lamet. El pasado 8 de noviembre celebramos el quinto centenario de la muerte del Cardenal Cisneros, cuyo nombre de pila era Gonzalo, si bien, cuando con el correr del tiempo entró en la Orden franciscana, lo cambió por el de Francisco en honor a su santo fundador. Cisneros nació en Torrelaguna (Madrid), aunque su familia procedía de Cisneros (Palencia). Murió en Roa de Duero (Burgos) a la nada despreciable edad de 80 años, en un tiempo en el que la expectativa de vida de los varones era muy inferior. Este hombre original, al que muchas personas han conocido solo a través de la serie Isabel, fue muchas cosas: buscador, abogado, prisionero, franciscano, confesor de la reina Isabel, consejero, arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal, tercer Inquisidor General de Castilla, político, guerrero, regente (por dos veces), fundador de la Universidad Complutense, promotor de la famosa Biblia Políglota Complutense y muchas más cosas. Es difícil encontrar un personaje con tantas aristas. Pedro Miguel Lamet no ha tenido que inventar nada para hacer atractiva la vida del “tercer rey”. Os recomiendo la novela.

Un blog como éste no es el lugar más adecuado para contar, siquiera sintéticamente, la vida de este interesante personaje, pero sí para abrir el apetito. Mientras recorría los nobles salones de la embajada española, imaginaba a Francisco (Gonzalo) Jiménez de Cisneros transitando por las calles de Roma, ciudad en la que vivió varios años y en la que se ordenó sacerdote en torno a 1460. Imaginaba su figura ascética, sus ganas de hacer carrera. Lo imaginaba luego en la corte de Isabel de Castilla, tratando de poner orden en una nobleza levantisca. Lo imaginaba con su carácter rectilíneo en contraste con el más templado del jerónimo Hernando de Talavera, primer arzobispo de la Granada reconquistada a los moros. Lo imaginaba, en fin, ninguneado por el emperador Carlos I y muerto quizás de pena. Es imposible trazar un juicio objetivo sobre un personaje tan complejo, tan lleno de contrastes y quizás de contradicciones. Pero hay algo que, en el contexto actual, conviene rescatar: cuando ejerció de político buscó el bien común y no su lucro personal, lo que no deja de convertirlo en una rara avis en la fauna de los personajes que merodeaban por la corte. ¿Un “tercer rey” que siguió viviendo como un asceta? Parece imposible. Solo un hombre de grandes convicciones y hábitos abnegados pudo mantenerse libre.

Hoy los políticos suelen tener mala prensa. Se los asocia casi siempre a clientelismo, incapacidad, corrupción, etc. Esta imagen negativa no favorece que personas capaces y honradas se atrevan a comprometerse en un campo esencial para la vida en sociedad. Me he encontrado a pocos jóvenes bien preparados que quieran asumir una profesión “de alto riesgo”… moral. Prefieren orientarse hacia la actividad privada. Es comprensible. Sin embargo, necesitamos recuperar lo más noble de la política. Necesitamos contar con personas de altas miras, como el Cardenal Cisneros, que no busquen su provecho personal sino el bien común. Se suele decir que un político mediocre tiene como horizonte máximo las siguientes elecciones; un estadista apunta, al menos, a una generación. Hay cambios que solo son eficaces cuando se los plantea a largo plazo. En la crisis democrática que padecemos, sueño con una generación de jóvenes políticos (ellos y ellas) que aporten ideas nuevas, integridad moral, capacidad de entrega y ganas de no repetir los errores de siempre. Creo que una de las primeras cosas que hay que cambiar es el sistema clientelar de muchos partidos. Los políticos tendrían que deberse más a los ciudadanos que a las formaciones en cuyas filas militan. En fin, que no estaría mal una generación de jóvenes Cisneros, pero sin el extremismo y la intransigencia que en ocasiones caracterizaron al viejo cardenal. 




jueves, 14 de diciembre de 2017

Sin Adviento no hay Navidad

Otra vez me toca escribir una entrada en el aeropuerto. Voy a acabar fijando aquí mi segunda vivienda. Como es costumbre a estas alturas de diciembre, todas las tiendas están decoradas con motivos navideños. Este año noto más creatividad que en años anteriores. Parece que corre un poco más el dinero. Hay personas a las que les encanta este ambiente un poco postizo creado a base de bolas de colores, árboles falsos y luces intermitentes. Y hay personas que odian todo este montaje. Yo me sitúo en un punto medio. Ni me entusiasmo ni lo odio, pero reconozco que, a base de tanto cartón piedra, se ha esfumado el verdadero motivo por el que celebramos la Navidad. Y, con él, la verdadera alegría. No me extraña que un porcentaje alto de personas sienta ansiedad ante los días que se avecinan. En vez de ser días portadores de alegría y paz, que son los valores que se proclaman a diestro y siniestro, parecen  sumirnos en la tristeza. Algunas personas viven experiencias de tensión y conflicto, aun en el seno de las propias familias, precisamente cuando se supone que están celebrando el deseado/temido  encuentro anual. Ya es un tópico referirse a las discusiones con el cuñado o la suegra a propósito de herencias, ideas políticas o rencillas del pasado. Es como si al descorchar el cava o la sidra saltasen también todos los rencores acumulados durante el año.

¿Por qué suceden estas cosas? No quiero jugar a psicólogo de familia, pero, más allá de las razones individuales, hay algo que nos afecta a todos: desde hace mucho tiempo estamos celebrando la Navidad sin vivir el Adviento. Cuando se elimina de un plumazo la espera, cuando no experimentamos en carne propia la necesidad de “redención” (utilizo deliberadamente esta vieja palabra de la dogmática cristiana), no tenemos nada que celebrar. Experimentamos entonces un vacío mortal que el comercio se encarga de rellenar con la lista de productos navideños que cada año se incrementa un poco y que parecen conectar con nuestros deseos superficiales de felicidad, amistad, fiesta, etc.  Pero el resultado es engañoso. A mayor consumo, mayor vacío. Y a mayor vacío, más tristeza y soledad. Son los “efectos colaterales” de una Navidad que no responde a una búsqueda personal de sentido, que no tiene nada profundo que ofrecer, sino que ha degenerado en una fiesta de invierno envuelta en papel celofán. El Misterio se ha quedado reducido a pasatiempo. 

Y, sin embargo, la liturgia cristiana nos ofrece un hermoso camino de preparación a lo largo de las cuatro semanas de Adviento. Conecta nuestra búsqueda personal con la multisecular espera del pueblo judío, alimenta la utopía de un mundo distinto según el plan de Dios, nos invita a recorrer la “vía del desierto” y a acompañar a María y a José en su viaje a Belén para, en la sencillez de una posada popular, acoger el Misterio del Dios hecho ser humano. Cuando uno se toma en serio las etapas previas, cuando procura unir el ritmo personal y la liturgia, llega a la Navidad con un secreto deseo de contemplar el Misterio, con una alegría profunda y discreta que no necesita de muchas alharacas para expresarse. ¡Qué pena que desperdiciemos este tesoro que la Iglesia nos ofrece y quedemos subyugados por la publicidad de un gordinflón coca-colero (léase Papá Noel, a quien no le tengo la menor simpatía) que acaba ocupando casi todo el espacio! Soy testigo de que algunas personas que se toman el Adviento en serio, que van encendiendo cada semana la vela que marca el comienzo de una nueva etapa, llegan a la Navidad con otro espíritu. Quien espera, encuentra; quien busca, halla. Ne sono assolutamente convinto, que dirían mis amigos italianos. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Nosotros somos todos

Según el refranero popular, “Por Santa Lucía -cuya memoria celebramos hoy- se iguala la noche con el día”, aunque hay también otras versiones del tipo: “Por Santa Lucía mengua la noche y crece el día”. En la memoria de esta mártir cristiana, a caballo entre el siglo III y el IV, este Rincón alcanza las 600 entradas. Poco a poco, nos encaminamos hacia el millar. Quizás entonces sea el momento oportuno de empezar un nuevo proyecto. De momento, este Rincón de Gundisalvus permanecerá abierto siete días a la semana para hablar “del più e del meno”, como se dice en italiano; es decir, de todo un poco. Le pido a santa Lucía que nos siga manteniendo la vista para ver lo que está pasando en nuestro mundo, no cerrar los ojos a la realidad (por dura que sea) y, sobre todo, encontrar caminos de futuro. Si algo nos recuerda el Adviento es que la esperanza es la actitud con la que los creyentes miramos la realidad.

Ayer, en el aula magna de la Universidad Urbaniana de Roma, tuve la oportunidad de escuchar la conferencia del profesor Enrico Giovannini, economista y estadístico italiano, que fue ministro de Trabajo y de Políticas Sociales en el efímero gobierno de Enrico Letta (2013-2014). Habló sobre los objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Confieso que es un tema que me apasiona. El profesor Giovannini, con precisión de estadístico, nos fue presentando la grave situación en la que se encuentra el planeta. Después, de manera muy sintética, abordó los 17 objetivos para transformar nuestro mundo. Si tenéis tiempo y ganas, os invito a entrar en los enlaces anteriores porque brindan información de primera mano sobre lo que se pretende y sobre el modo de lograrlo, teniendo como horizonte el año 2030. No disponemos de mucho tiempo. Según el presidente francés Macron, “estamos perdiendo la batalla”. Muchos gobiernos no han tomado en serio los compromisos y los ciudadanos seguimos muy centrados en nuestras pequeñas batallas individuales. Nos falta conciencia colectiva. No podemos luchar contra el calentamiento global sin prestar atención a los índices de pobreza y al tipo de desarrollo tecnológico porque, en realidad, “todo está conectado”. El papa Francisco lo ha subrayado con claridad en la encíclica Laudato si’ al hablar de una “ecología integral” (nn. 137-162).

Sé que para muchas personas estos temas parecen incidir muy poco en sus preocupaciones y estilos de vida. Los jóvenes, como por instinto de conservación, son mucho más sensibles. Lo confirman todas las encuestas sobre valores juveniles. Es como si ellos tuvieran un radar especial para detectar que los profundos cambios que se están produciendo en el planeta les van a afectar muy negativamente, a menos que actuemos con inteligencia, determinación y celeridad. El profesor Giovannini insistió en que, más allá de los gestos que los ecologistas presentan como saludables y sostenibles (ahorrar agua y luz, cultivar plantas en casa, reciclar materiales, utilizar transporte público, etc.), lo verdaderamente urgente, ya desde la educación primaria, es un cambio de paradigma. Se trata de comprender que “el mundo es nuestra casa”. No tiene sentido preocuparse solo por mi pueblo, mi ciudad o mi país. Todos estamos conectados y nos estamos influyendo mutuamente para bien y para mal. La contaminación no se detiene ante las fronteras políticas. 

En este sentido, hay que modificar el significado del pronombre “nosotros”. Muchos lo restringen a su familia, a su comunidad, a su pueblo y, a lo sumo, a su país. Naturalmente, cuando el “nosotros” lo entendemos en sentido restrictivo (étnico, cultural, sexual, religioso, político), en seguida nos oponemos a “los otros”. De ahí a los enfrentamientos y tensiones no hay más que un milímetro. La pasión por el poder nos domina. La historia humana es una sucesión de luchas entre “nosotros” (los cristianos, los musulmanes, los comunistas, los fascistas, los independentistas, los constitucionalistas, los conservadores, los liberales, los europeos, los africanos…) y “ellos” (todos los que no pertenecen a nuestra familia, tribu, religión, etnia, cultura, etc.). Hasta que no lleguemos a comprender y a vivir que el “nosotros” está constituido por todos los seres vivos que habitamos el planeta Tierra (seres humanos, animales y plantas) y que no podemos concebir la vida por exclusión sino por relación, no habrá una vía clara de desarrollo sostenible. El planeta seguirá amenazado y nosotros con él.

Mientras escuchaba las palabras del profesor Giovannini, coetáneo mío, pensaba en las hermosas lecturas del profeta Isaías que se nos ofrecen en este tiempo de Adviento, en las que se habla del banquete que Dios ofrece a todos los pueblos en Sión, de la reconciliación de todos los seres vivientes, de la belleza de una creación redimida. Si algo puede aportar la fe cristiana es una visión de los seres humanos como familia de Dios, un rico concepto de catolicidad que abraza a todos y todo. No hay nada más alejado de la fe católica (es decir, universal) que los particularismos del tipo que sean (políticos, económicos, étnicos y culturales). Hasta que yo no sienta que los emigrantes subsaharianos o centroamericanos, por poner solo dos ejemplos, son de “los nuestros”, pertenecen a la familia humana, no voy a moverme para encontrar una solución al drama que viven. Voy a pensar que hay dos mundos: el nuestro y el de ellos. Es un tremendo error que pagaremos caro. En realidad, solo hay un planeta para todos: nosotros somos todos. Parece que Donald Trump no está por la labor. Y tampoco otros muchos millones de seres “satisfechos”. Cuando nos demos cuenta, quizá será demasiado tarde. Nosotros seremos también víctimas de nuestra visión miope y de nuestra insolidaridad. 

martes, 12 de diciembre de 2017

Más libros, más libres

El año pasado, tal día como hoy, me confesé guadalupano de corazón. Renuevo esta declaración a la vez que felicito a todos los amigos de México, y de América en general, que hoy celebran la fiesta grande de Nuestra Señora de Guadalupe. Pero hoy quiero hablar de libros. Soy un lector anárquico. Solo he seguido al pie de la letra un consejo en materia de libros: el que me dio mi profesor de Literatura en sexto curso de bachillerato. Recuerdo que me dijo -en realidad, nos lo dijo a todos los alumnos de la clase- que hiciéramos un esfuerzo por leer el mayor número posible de los grandes clásicos porque después, una vez iniciados los estudios universitarios, nos centraríamos en nuestras materias y perderíamos el interés por otras cosas.  Leí proporcionalmente más literatura entre los 15-18 años que en las décadas posteriores. Eso me permitió adentrarme en un mundo fascinante que ha influido en mí más de lo que yo mismo me atrevo a confesar. En los últimos años leo poca literatura, aunque siempre aprovecho los largos viajes para devorarme algún libro. Prefiero acercarme a ellos en formato de papel, pero no hago ascos al libro electrónico; de hecho, me es mucho más cómodo cuando estoy fuera de casa, que es más de la mitad del año.

Hoy quiero hablar de libros porque se acaba de clausurar en Roma una exposición titulada Più libri, più liberi. En español también se puede jugar con el sustantivo “libro” y el adjetivo “libre”. El italiano añade una vocal -la “e”- para modificar el significado; el español se limita a cambiar la “o” por la “e”. Creo que la lectura ensancha el horizonte personal, pero dudo de que nos haga automáticamente más libres. De hecho, conozco a algunos ávidos lectores que parecen leer solo para confirmar sus convicciones y opiniones. Siguen siendo esclavos de sus puntos de vista. Por otra parte, no es una cuestión de cantidad (más-menos libros) sino de asimilación. Uno puede leer mucho y no asimilar nada. No hay nada más peligroso que un lector que no sabe lo que lee. Erudición sin sabiduría sirve para poco. Creo que los profesores hablan de “lectura comprensiva”. Muchos se quejan de que los alumnos de hoy leen poco y comprenden menos. Quizás se puede aplicar también a muchos lectores. La lectura nos hace más libres cuando comprendemos lo que leemos, nos dejamos cuestionar, entramos en una relación crítica con los libros y tomamos nuestras propias decisiones.

Hay un dicho clásico que nos previene contra las lecturas exclusivas: Temo al hombre de un solo libro. Si siempre leemos las mismas cosas (esto puede aplicarse también a los periódicos y revistas), si no nos adentramos en territorios comanche para explorar nuevos paisajes, confrontarnos con otras ideas, nunca vamos a crecer. Nuestra libertad se quedará en pantalones cortos. 
Creo que hoy es un día adecuado para hacer un pequeño experimento en este Rincón. Os invito a señalar en el recuadro de los comentarios algún libro que haya sido significativo para vosotros, alguno del que guardéis un buen recuerdo. No importa si no pertenece a los “grandes” de la literatura universal. A veces, los libros que más nos llegan son los más desconocidos. Esperemos que todos podamos enriquecernos un poco con vuestras aportaciones. Hoy tengo más ganas de leer que de escribir, jajajaja. ¡Ánimo!




Dinos un libro que haya sido significativo para ti, please.