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domingo, 3 de mayo de 2026

No compliquemos lo sencillo


Como si hubiera adivinado la confusión en la que hoy vivimos, antes de presentarnos una hoja de ruta clara para conducirnos en la vida, Jesús nos advierte: “No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1). Así comienza el Evangelio de este V Domingo de Pascua. Es una variante joánica de sus repetidos “No tengáis miedo” que encontramos en los evangelios sinópticos. 

¿Por qué podría turbarse nuestro corazón? Cada uno libramos nuestras propias batallas interiores, pero hay un denominador común: nuestro corazón se turba cuando no vemos con claridad qué camino escoger en la vida. Algunos nos dicen que no nos dejemos engañar por la patraña de las religiones; otros insisten en que el único camino razonable es el que marca la ciencia; los más poéticos nos invitan a dejarnos guiar por lo que sintamos en el corazón… 

Lo que Jesús nos dice es de una sencillez y claridad extremas: “Creed en Dios y creed también en mí”. Habla como hablaría un niño, sin perderse en explicaciones innecesarias. Por si la fe en Dios y en él pudiera parecer un fenómeno elitista, añade que “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”. La experiencia de Dios no es igual para todos. Como cantaba el poeta zamorano León Felipe: “Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo / de luz el sol... / y un camino virgen / Dios.”


¿Cuál es ese “camino virgen”? O, por decirlo con las palabras del apóstol Tomás: “¿Cómo podemos saber el camino?”. Aquí es donde el relato del Evangelio de Juan incrusta la respuesta de Jesús que se ha convertido en una especie de carta de identidad y que ha recibido infinitos comentarios a lo largo de los siglos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). El mismo Jesús que otras veces se presenta como “luz”, “agua viva”, “buen pastor, “puerta” o “pan vivo”, ahora dice que Él es el camino que conduce al Padre. Por si hubiera alguna duda, lo aclara: “Nadie va al Padre sino por mí”. No hay otra forma de conocer la verdad de Dios y de saber que es vida si no a través del “camino de Jesús”. 

Recuerdo que la única vez que viajé a Taizé (Francia), en el ya lejano abril de 1980, me impresionaron unas palabras del hermano Roger Schutz, prior de la comunidad monástica: “Tú que buscas a Dios, ¿lo sabes? Lo esencial es la acogida de su Cristo”. Aquí reside el secreto para todos los que, de múltiples maneras, buscamos a Dios y deseamos encontrar el camino apropiado: “Lo esencial es la acogida de su Cristo”. No podemos ver al Padre, pero podemos ver su reflejo en el hombre Jesús porque –como Él mismo dice– con la fuerza de su testimonio: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. O de otro modo: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí”.


Los corazones sencillos entienden esto a la primera: Dios es el Padre de todos y Jesús es el camino que nos lleva a Él. Por eso, creer en Jesús es creer en Dios. ¿Por qué esta verdad diáfana, dadora de sentido y de vida, ha dejado de ser clara para muchas personas de nuestro tiempo? ¿Qué nos impide acoger con humildad la revelación de Jesús? ¿Por qué otras palabras (las provenientes de algunos científicos o filósofos ateos, las que difunden ciertos medios de comunicación social o las que nos decimos a nosotros mismos de manera obsesiva) nos resultan más convincentes que las palabras de Jesús? Este es el drama de nuestro tiempo. 

Estamos empeñados en buscar “otros” caminos que parecen más razonables y despreciamos el “camino” que es Jesús. Podemos rodear este drama de todos los circunloquios intelectuales que queramos, pero, al final, la cuestión es esta: ¿Quién nos merece más confianza: el evangelio de Jesús o los discursos de los hombres? ¿Hemos encontrado en nuestra vida algún camino más luminoso y liberador que el camino de Jesús? 

La carta de Pedro (segunda lectura) nos advierte con claridad que este Jesús es la “piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios”. La historia se repite a lo largo del tiempo. Jesús sigue siendo rechazado, pero también creído. Él no nos echa en cara nuestra incredulidad, sino que nos invita a no tener miedo y a confiar en Él. 



sábado, 2 de mayo de 2026

El coraje de seguirlo


Está lloviendo a intervalos durante la mañana. Tras varias semanas de sol intenso, es bueno celebrar el día de la comunidad de Madrid con agua generosa. Los jardines y parques agradecen este regalo de primavera. 

Con la lluvia de fondo, pienso en la pasada Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Hoy se habla mucho de la necesidad de crear una cultura vocacional en la que comprendamos que la vida es vocación y en la que todos podamos preguntarnos qué quiere Dios de nosotros. Tengo un buen número de amigos y amigas laicos que en los últimos años han (re)descubierto la belleza y fuerza de su vocación laical. No todos la expresan a través del matrimonio. 

Desde hace décadas se dice que estamos viviendo en la Iglesia la “hora de los laicos”. Hasta podríamos decir que hay una verdadera primavera de la vocación laical. Este es un signo hermoso de la vitalidad de la Iglesia. Cada vez conozco a más laicos con deseos de formarse, de comprometerse en la evangelización y, en muchos casos, de vivir su vida familiar como una expresión de la Iglesia doméstica. 

¿No es este un fruto de la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios en la que todos los bautizados somos llamados a seguir a Jesús, vivir el Evangelio y ser misioneros? ¡Ojalá quienes se bautizaron de niños y quienes lo han hecho de adultos sigan viviendo con alegría su vocación laical en un contexto tan desafiante como el nuestro!


¿Qué pasa con las vocaciones a otras formas de vida consagrada o al ministerio sacerdotal? El descenso numérico con respecto a hace cinco décadas es evidente. Hoy son pocos los jóvenes que se sienten llamados a ingresar en una orden monástica, una congregación religiosa, una sociedad de vida apostólica o en un instituto secular. Y también son pocos los chicos que ven el ministerio sacerdotal como un camino personal de entrega a Dios y a la comunidad y de servicio al mundo. 

No voy a repetir aquí el catálogo de causas que ha sido analizado hasta la saciedad: desde el descenso demográfico en Occidente hasta la secularización de las familias, el deterioro de la imagen pública de esas vocaciones a causa de algunos escándalos o la propuesta de otros modelos vocacionales más atractivos y menos contraculturales. Y, sin embargo, a mayor número de vocaciones laicales, más necesidad de vocaciones sacerdotales y consagradas. 

Conozco adolescentes y jóvenes (por lo general, hijos o nietos de amigos míos) que son buenos estudiantes, generosos, sensibles, trabajadores, incluso piadosos, pero que ni por asomo piensan que Dios pueda llamarlos a estas vocaciones de testimonio y servicio. ¿O sí? 

Tal vez algunos de ellos se parecen a esa persona que –según el evangelio de Marcos– “se le acercó [a Jesús] corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»” (Mc 10,17). 

La respuesta inicial de Jesús parece obvia: “Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Es como si se limitara a recordarle el catecismo. La reacción del joven (en realidad, solo el evangelio de Mateo nos dice que esta persona era joven: Mt 19,16) la podríamos actualizar así: “Todo eso ya lo hago, Maestro. He crecido en una familia católica, frecuento un colegio religioso, formo parte de un grupo parroquial, soy voluntario de una ONG y hasta he participado en la JMJ”.


Lo bueno viene ahora, cuando Jesús le dice con cariño: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme” (Mc 10,21). La reacción del muchacho tipifica la reacción de muchos jóvenes de hoy cuando sienten el cosquilleo de la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada: “A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico”. Seguir a Jesús implica siempre –también en el caso de las vocaciones laicales– no poner la confianza en lo que tenemos: carrera, trabajo, relaciones, bienes materiales, etc. Cuando se habla de vocaciones a la vida consagrada este desapego es más explícito. 

En un contexto en el que se ensalza tanto el sexo, el dinero y la autonomía personal, es humanamente normal que muchos frunzan el ceño, den media vuelta y se vuelvan tristes a sus posiciones de siempre. Me parece que aquí es donde se juega el misterio de una vocación. Influyen las condiciones familiares y sociales, influye el momento cultural, influye la secularización galopante, influyen las redes sociales, pero lo que realmente determina la respuesta es el coraje de quien escucha la llamada de Jesús y se arriesga a dejarlo todo para ir tras Él. ¿Seguro que no hay jóvenes con este coraje en la actualidad? ¿O es que nosotros no sabemos hacerles la propuesta y acompañarlos?

viernes, 1 de mayo de 2026

Y en estas llegó mayo


Me gusta el mes de mayo. Los días son largos, la temperatura es cálida sin llegar a los extremos del verano, hay una explosión de hojas y flores en los parques y jardines y todos comienzan a soñar con las vacaciones mientras ultiman los trabajos del curso académico o laboral. Si a este tono primaveral le añadimos el toque litúrgico (mayo es un mes pascual) y mariano (en Europa, mayo es el mes de María), entonces la combinación es perfecta. Lo pensaba ayer, último día de abril, mientras me hacía diez kilómetros a pie por el centro de Madrid durante algo más de dos horas. 

Caminando por el paseo del Prado, subiendo la calle de Alcalá o deambulando por la remozada plaza de España, viendo a la gente pasear, conversar o tomar algo en las innumerables terrazas, sentía que el arte de vivir consiste a veces en algo tan sencillo como contemplar la naturaleza, disfrutar de una conversación y tomar una cerveza fría con un grupo de amigos. A esta sabia conclusión se llega después de siglos intentando fórmulas variadas. Solo los pueblos con una larga historia descubren que estas cosas sencillas son más humanas y placenteras que trabajar sin horario, multiplicar los viajes o idear abstrusas interpretaciones acerca del origen del mundo o el sentido de la vida.


Escribo con la ventana abierta para que me entre el reflejo del sol de mediodía. El termómetro marca 21 grados. No hay ruido de coches. Muchos madrileños han abandonado la ciudad para disfrutar de un largo fin de semana. Se oye el ladrido lejano de un perro callejero. Repaso mentalmente mis planes para estos días de asueto sobrevenido. Necesito descansar. 

Mientras en los juzgados se habla de corrupción y los periódicos editorializan el asunto según su tendencia, yo me prometo a mí mismo no dejarme contaminar por el exceso de bazofia. No soy indiferente a lo que se está cociendo en el mundo de la política, pero tampoco quiero que mi vida gire en torno a ella. 

¿Qué más tiene que suceder para que abramos los ojos y no repitamos errores? Es triste reconocerlo, pero tenemos los políticos que se corresponden con nuestra insensatez y nuestros votos. Es muy fácil dejarnos seducir y engañar. Casi siempre nos damos cuenta demasiado tarde, deudores como somos de la televisión y el marketing político. Nos encandila un ligero aumento de sueldo o de pensión, aunque luego la inflación y los impuestos se lo coman con nocturnidad y alevosía. 

En otros tiempos se protestaba. Hoy, anestesiados por la vida cómoda y las redes sociales, preferimos dejar que las cosas pasen, con la esperanza –a menudo vana– de que algún día cambiarán por arte de magia. Algunos trabajadores salen hoy a la calle “contra el precio de la vivienda y el auge de la ultraderecha”, pero más parece un rito de otros tiempos que una verdadera reivindicación de hoy. También los sindicatos padecen el desmantelamiento de las instituciones.


La única que se mantiene fiel a su cita y a su esencia es la primavera. Le da igual que gobierne la izquierda o la derecha, que suba el precio del petróleo o que Trump amenace con retirar las tropas de España e Italia. La naturaleza también cambia, pero sus ciclos no funcionan al ritmo de nuestros relojes. 

No sé si, tras la IA (Inteligencia Artificial), vendrá la NA (Naturaleza Artificial), pero mucho me temo que ese es el sueño de algunos desaprensivos que, sin haber leído el Génesis, todavía se empeñan en comer del árbol del bien y del mal (cf. Gen 2,17) y creer que no va a pasar nada. Cuando nos toque vagar desnudos fuera del paraíso, caeremos en la cuenta de nuestro estúpido error, pero en algunos casos será demasiado tarde. El orgullo suele ser ciego. 

Ahora me sorprende el canto de uno de los gorriones que revolotea por el pequeño jardín de nuestra casa. Me gustaría descifrar su trino. Aventuro una traducción que no ha pasado por el filtro de ningún traductor automático. Creo que lo que el gorrión canta es más o menos esto: “Mirad los pájaros del cielo como yo: no sembramos ni segamos, ni almacenamos y, sin embargo, el Padre celestial nos alimenta. ¿No valéis vosotros más que nosotros?”. ¿Dónde he leído yo algo parecido? 

Tengo la impresión de que este gorrión es una especie de psicoterapeuta a domicilio. ¡Manda narices! ¡Que tenga que ser un gorrión quien nos enseñe el camino de la vida! Y nosotros tan seducidos por las últimas aplicaciones de IA cuando tenemos desde hace siglos consejeros que revolotean a nuestro lado.